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miércoles, 15 de septiembre de 2010

VISIONES DE JULIA KIM

El nombre original de Julia Kim es Hong-Sun Yoon: Julia es su nombre de bautismo y Kim es el apellido de su marido. Ella nació en Naju el 3 de marzo de 1947: su padre fue un maestro de escuela experto en literatura china. En 1950, cuando estalló la guerra de Corea, tanto su padre como su abuelo fueron asesinados por soldados comunistas, mientras su hermana menor moría por causa de una enfermedad. En medio de estas tremendas calamidades familiares Julia y su madre cayeron en una situación de extrema pobreza, no teniendo más remedio que trabajar para sobrevivir. Julia no pudo concluir su escuela primaria debido a la falta de recursos de su hogar, hasta que en 1972 se casa con Julio Kim, quien trabajaba en el departamento de agricultura de la ciudad de Naju. El matrimonio Kim tuvo cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Con el tiempo la salud de Julia se deterioró, pero escuchemos su propio testimonio.



JULIA KIM CUENTA SU VIDA

Dijo Julia: “El asombroso amor de Dios me salvó de la muerte y me dio una nueva vida”.
Este es el relato que ella misma hace de su vida:
Nací el 3 de marzo de 1947 en Naju como la primera hija de la familia. Hasta que tuve cuatro años mi vida fue una continua felicidad. Yo era la niña mimada de la familia. Los días felices se terminaron cuando estalló la guerra: mi padre y mi abuelo fueron muertos durante el conflicto, y pronto mi hermana menor murió también. Mi madre y yo éramos los únicos sobrevivientes: tuvimos que luchar en medio de una extrema pobreza y otras dificultades. En el año 1972 me casé con Julio Kim, que era el mayor de ocho hermanos. De repente me transformé en la madre de dos hermanos y dos hermanas. Tuve que abandonar mis estudios debido a la pobreza, aunque mantenía una gran ansiedad por seguir estudiando. En cambio, tuve que trabajar duro para financiar los estudios de mi cuñado.

Más adelante, cuando tenía cuatro meses de embarazo de mi tercer bebé y mientras hacía las tareas del hogar llevando a mi segundo bebé en mi espalda, comencé a sangrar. Fui inmediatamente a un ginecólogo que dijo que el niño en mi vientre estaba muerto y debía extraerlo mediante cirugía. Me negué a creer que el niño estaba muerto, mientras los doctores le preguntaban a mi esposo si quería que yo viva o muera. Cuando me ataron a la mesa de cirugía y empezaron a intervenirme, comenzaron mis sufrimientos. Tuve una segunda cirugía siete días después. Un día después de la segunda cirugía estaba prácticamente muerta, por lo que me llevaron a un hospital más importante. Tres días después recuperé la conciencia, pero seguía en un estado desesperante. Probé muchas cosas para mejorar mi salud, pero nada funcionó. El ginecólogo dijo que podría mejorar si tenía otro bebé: después de enormes dificultades volví a quedar embarazada. El trabajo de parto empezó en el noveno mes, pero el niño no podía nacer pese a mis esfuerzos. El doctor recomendó una intervención cesárea, pero mi suegra insistió en que debía tener un parto natural. Para obedecerla continué sufriendo terribles dolores por los próximos dos meses. Mi madre ya no podía verme en ese estado, por lo que me trajo algunas medicinas de un homeopático. Tomé las medicinas y pude dar a luz al bebé en el onceavo mes de embarazo. Perdí una enorme cantidad de sangre y estuve inconsciente.

Dos semanas después mi suegra vino a mi casa y me pidió que fuera a comprar arroz. Mientras estaba regresando a mi hogar con el arroz me encontré a mi misma sangrando nuevamente. Tremendos dolores siguieron esa noche, mientras mis pies se hinchaban. Lloré mucho mientras estaba sola. Un día, cuando el bebé tenía cuatro meses, estaba lavando ropa en un arroyo cuando de repente veo que el bebé estaba siendo arrastrado por la corriente. Me arrojé al agua y recogí al niño. De inmediato me vino una alta fiebre y terribles dolores en el vientre. El doctor dijo que era apendicitis y me envió a un hospital en Kwangju. Los análisis arrojaron que tenia inflamación en la pelvis, apendicitis, embarazo extrauterino y una alta fiebre. Estaba cercana a la muerte. Tuve deseos de ir al excusado, pero en lugar de ello me llevaron a la sala de operaciones y la cirugía empezó. Durante una semana, luego de la operación, yo estaba vomitando todo lo que comía. Las enfermeras se quejaban de que yo estaba exagerando y me pateaban en las piernas.

Luego de volver a mi hogar los dolores se volvieron más fuertes aún. Aproximadamente un mes después de la cirugía algo salía mezclado con sangre y pus del lugar donde me habían hecho la cirugía. Rosa, mi hija mayor, lloraba sin consuelo y gritaba: mami, tus intestinos, ¿que podemos hacer?, mami, ¿que podemos hacer?. Nos abrazamos y lloramos juntas. Descubrimos que era la gasa que los médicos se habían olvidado de quitar de mi vientre durante la cirugía. Tuve que visitar la clínica de mi pueblo todos los días. Sangre y pus siguieron brotando durante tres meses. Fui nuevamente al hospital donde me habían hecho la cirugía: los médicos dijeron que debido a la gran inflamación había que realizar otra cirugía. Me negué, porque no tenía más dinero. Continué visitando la clínica de mi pueblo, mientras los dolores continuaban. Mi salud se siguió deteriorando, mientras los dolores se volvían insoportables. Me volvieron a hospitalizar, pero era muy tarde. El doctor dijo: hicimos lo mejor que pudimos, vaya a su casa y coma una deliciosa comida. Habían encontrado un cáncer expandido por todo mi cuerpo. Cuando el doctor trató de mostrárselo a mi marido yo me horroricé y lo detuve. Pensé que era mejor morir que dejar que mi marido vea el cáncer.

Después de escuchar la sentencia de muerte en el hospital, fui a mi casa pero no me rendí. No quería disgustar a mi madre que me tenía sólo a mi desde que ella tenía 27 años. Luché, pero ni siquiera me podía sentar o estar de pie. Las partes de mi cuerpo que tocaban el suelo se estaban endureciendo. Mi madre y mi marido se turnaban para hacerme masajes, pero mi cuerpo se estaba enfriando. No podía comer ni beber. Debido a problemas en mis venas no podían aplicarme inyecciones. A pesar de todo esto, ¡yo seguía viva!. Algunas mujeres pertenecientes a una iglesia presbiteriana me llevaron a su templo y me trajeron nuevamente a casa varias veces, a pesar de lo cual yo deseaba ir a una iglesia Católica. Un día dos mujeres presbiterianas me visitaron y consolaron. Cuando se iban pude escuchar que una de ellas le dijo a la otra: que mujer penosa. La vida es preciosa, pero ella ayudaría más a su familia muriendo. ¡Era lo correcto!. ¿Por qué no pensé en eso antes?. Preparé veneno y escribí siete cartas: a mi madre, marido, cuatro niños, y a quien fuera a ser la próxima esposa de mi marido.

Mientras pensaba en mi padre y en la forma de llevar adelante mi plan, mi marido llegó de repente a casa, más temprano que de costumbre, y dijo: ¡querida, vamos a una iglesia católica hoy!. De tal modo, fuimos a la iglesia católica de Naju, a ver al sacerdote. Yo le dije: Padre, si Dios existe, El es muy cruel. ¿Por qué tengo que beber yo esta copa amarga?, refiriéndome a mi muerte. ¿Qué hice para merecerlo?. Yo pensaba que era muy injusto, que yo había vivido una vida honrada a pesar de las muchas adversidades. Había ayudado a muchos mendigos, no había atacado a quienes me habían lastimado. En ese momento el sacerdote me dijo: “Señora, usted está recibiendo gracias por medio de su cuerpo. Ni siquiera yo he recibido esas gracias. Créame lo que le digo”. Cuando escuché estas palabras, yo creí y le respondí: “Amen”. En ese momento mi cuerpo, que había estado frío como una roca, se empezó a calentar y empecé a sudar en toda mi humanidad. El Espíritu Santo estaba trabajando en mi.

Decidimos volvernos católicos y compramos muchos objetos religiosos en el comercio que estaba al lado de la parroquia. Yo puse una imagen de la Bendita Madre y una rosa sobre el mueble de mi dormitorio y encendí una vela: de inmediato empecé a rezar. Al tercer día, escuché la voz de Jesús: “Acércate a la Biblia. La Biblia es Mi Palabra viviente”. Yo abrí la Biblia inmediatamente y encontré Lucas 8:40-48. Era un párrafo acerca de una mujer hemorroísa, que había sangrado por doce años. Ella tuvo fe y le tocó la borla del vestido de Jesús, y fue curada. Cuando ella lo tocó fue curada inmediatamente, y Jesús le dijo: “Mujer, tu fe te ha salvado. Vete en paz”. También había una historia sobre la hija de Jairo. El Señor le dijo a Jairo: “No temas, solo ten fe, y tu hija vivirá”. Porque Jairo creyó en Jesús, su hija vivió nuevamente. Yo creí firmemente que estas palabras eran para mi, y con una gran fe respondí: ¡Amen!. En ese momento yo estaba totalmente curada de mi cáncer y de todas las demás enfermedades que había contraído. Me sentí como corriendo o hasta volando. Empecé a ir a la iglesia Católica y también abrí un salón de belleza, mi vida volvió a ser la que viví de niña, volví a sentirme feliz. Me uní al movimiento carismático y a la legión de María. Mi vida se llenó de gozo y amor.

Era diciembre de 1980. Durante una reunión de oración nocturna, el director de oración dijo: esta noche alguien va a recibir una gracia especial. Yo creí que a mi también se me iban a dar gracias. Hacia las tres de la mañana, el director le dijo al grupo: ¿qué desean?. De inmediato oré fervorosamente: Señor, yo quiero crecer espiritualmente. Quiero mi crecimiento espiritual. En respuesta, el Señor me mostró escenas sorprendentes. Yo estaba tan conmovida que sentí como si mi cuerpo se hubiera paralizado. Lo que el Señor me mostraba fue en respuesta a todo lo que me había ocurrido a lo largo de mi vida. Yo había sido golpeada duramente por un tío mientras trabajaba en su casa. Trabajaba en una fábrica mañana y tarde sin siquiera recibir paga. Fui golpeada por muchas mujeres que trabajaban conmigo porque no querían devolverme el dinero que les había prestado. Fui maltratada muchas veces porque mi padre no estaba vivo, y muchas otras cosas me ocurrieron que prefiero no recordar. Yo comencé a llorar amargamente, dándome cuenta de que, hablando humanamente, hubiera sido imposible para mi seguir viviendo mucho más. Pero fue el Señor el que me sostuvo. También oré por aquellos que me habían lastimado: Señor, ten piedad de tan numerosa cantidad de gente. Ellos no lo hicieron porque era yo, eran tus instrumentos para atemperarme. De tal modo, ellos son víctimas debido a mi. Yo no los podía ayudar por más que llorase, porque me di cuenta que ellos habían recibido daño por mi culpa. ¡Señor, perdona a esta pecadora!. Yo seguí pidiendo perdón.

Cuando estaba tremendamente arrepentida y pidiendo perdón, las puertas del Cielo se abrieron de repente y una brillante luz llovió sobre mi. También escuché estas palabras tres veces: “”La puerta del Cielo está abierta”. Yo me volví muy pequeña, una persona diminuta, y recé ansiosamente. Señor, abre mi corazón aún más. Ábrelo más, Señor. Hasta ese momento yo pensaba que había vivido una vida buena y que nunca había cometido ningún error. Ese orgullo fue reemplazado por el completo convencimiento de que yo era la más grande pecadora. Mi cuerpo se endureció nuevamente. Volví a casa ayudada por mis amigos. Mientras estaba acostada rezaba: Señor, si vivo o muero, te lo dejo a Ti. Me ofrecí totalmente al Señor.

Tres días después oí la voz del Señor nuevamente: “Hija, Dios ha trabajado en el corazón de su sierva. Levántate de inmediato. Yo me haré conocer a través tuyo, que no eres merecedora”. Cuando escuché estas palabras no tuve sorpresa alguna de que me pude parar de inmediato. Me di cuenta de que estaba curada nuevamente: me sentí como volando. El Señor me había resucitado después de tres días de haber muerto. El me levantó al tercer día de mi enfermedad y arrepentimiento. ¡Si, Señor!. Soy totalmente tuya. Usame de acuerdo a Tu Voluntad. Por los siguientes tres años, el Señor me permitió todo lo que yo quisiera, aún aquellas pequeñas cosas en que pensaba muy brevemente. En cada momento el Señor me mostró que no había nada imposible para Dios. El Señor también me deja ver en el interior de la mente de otra gente y entender la naturaleza de las enfermedades de los demás. Debido a esto yo sufrí dolores indecibles. El Señor me mostró a aquellos que estaban trabajando para Su obra y pensaban que estaban cerca de El mientras le infringían terribles dolores, Crucificándolo con enormes clavos. Recé mucho por ellos.

Cuando Jesús entró a Jerusalén montado en un asno, mucha gente le dio la bienvenida con palmas y poniendo sus vestidos al paso del asno. ¿Qué tal si el asno pensaba que toda esa gente le daba la bienvenida a él en lugar de al Señor?. ¿Qué le hubiera ocurrido a Jesús que estaba montado en el asno, si el asno empieza a saltar arriba y abajo con alegría y gozo?. Si, mientras trabajamos para hacer conocido al Señor, podemos fallar en la humildad y pensar que nosotros somos los que hacemos el trabajo. Entonces podemos hacer que el Señor caiga a tierra. El pensamiento de que esto podía ocurrirme a mi me hizo correr un frío por la espalda. Mientras participaba en el movimiento carismático mucha gente gustaba de mi y me hacía pararme en frente de la gente. Pero ahora yo deseo poder trabajar en humildad y a escondidas. Recé: “Señor, ya vi demasiado. Por favor no me muestres nada más. Si puede ser de alguna utilidad para la conversión de los pecadores que te están Crucificando, yo gustosamente viviré una vida de sufrimiento. Señor, yo no soy merecedora, pero, si esto puede ser aún de la más pequeña ayuda a tu obra, te ofrezco todos mis sufrimientos”. De este modo, me consagré a mi misma y mis sufrimientos para la conversión de los pecadores.

Desde entonces yo he recibido tremendos dolores en numerosas oportunidades. Tres años después yo me preparaba para la muerte nuevamente. Mientras me dirigía a orar la Hora Santa en Kwangju, yo recé: “Señor, soy tuya, si yo muero. Soy tuya, si yo vivo. Que se haga Tu Voluntad”. Durante la reunión yo sentí que estaba completamente curada. Desde entonces el Señor ha permitido más sufrimientos y me devolvió la salud según la necesidad.

Desde el 30 de junio de 1985 el Señor me ha dado las lágrimas de Su Madre, y lágrimas de sangre a través de la imagen que tengo en mi hogar. Más tarde también me dio aceite con fragancias desde la misma imagen de Su Madre. También nos ha enviado muchos mensajes que son necesarios para todos nosotros. El Señor también reveló cambios visibles en la Sagrada Hostia e hizo descender la Sagrada Hostia en la capilla en Naju en varias ocasiones, porque muchos niños no aceptan que el Señor viene a nosotros como nuestro Alimento por el amor que nos tiene. Yo, una pecadora, solo deseo y oro para que todos ordenen sus vidas de acuerdo con los mensajes de la Bendita Madre, se suban al Arca de Salvación de María, y sean salvados. Lo que deseo para mi misma es vivir en el anonimato, oculta, cuidando a los desamparados en este mundo.

¡Gloria al Único Señor!. Señor, mi Luz y mi Salvador. El amor es hermoso y dulce, pero también es sacrificio y sudor. Para hacer que una hermosa flor de amor florezca, quiero amar aún la fría amargura del invierno y ofrecer los dolores que me visitan sin cesar, imitando a los mártires. Yo quiero confortarte como un grano de trigo que cae al suelo y muere para producir muchos frutos.

Tenemos en el relato de la vida de Julia el testimonio de cómo Dios lleva a un alma al camino de la santidad. Si bien pasarán muchos años antes de que ella sea declarada santa aquí, después de que Dios recoja el alma de Julia para la vida eterna, se advierten en ella los signos de una conversión profunda, de una entrega que nos recuerda la vida de tantos mártires. Y así tenemos la posibilidad de ver la obra de Dios en esta alma en directo, ya que Julia está aún con vida y sigue luchando desde Corea en beneficio de la obra de la Salvación. Es un enorme regalo de Dios el que podamos conocer esta historia, y su significado es el de un nítido llamado a nuestra propia conversión, un llamado a seguir nosotros mismos el camino de la santidad. La pregunta que Dios te hace en este instante, a ti, es: ¿Por qué no tú?


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