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martes, 11 de octubre de 2011

"ESCUCHAMOS RUGIDOS BAJO EL MAR" - EL HIERRO

Los submarinistas de La Restinga, al sur de El Hierro, saben que pasa algo anormal. "Hace unos días estábamos a unos 30 metros cuando escuchamos un ruido extraño. Trrrrrrrrrrr. Así durante unos segundos. Como si se rompiera la roca. Se escuchan rugidos bajo el mar. Es muy raro", explica Beatriz Delgado Cánovas, una geógrafa madrileña que hace tres años vino a la isla a quedarse. Son los crecientes temblores de El Hierro, bastantes más de 8.000 que han crecido en intensidad desde el pasado viernes. Animados por los científicos que analizan la crisis sísmico-volcánica, los buzos buscan ahora rastros de salida de gases y miden la temperatura del agua. Hasta ahora, sin indicios anormales.
Joseba, un bilbaíno que lleva dos años como monitor de buceo en la isla, cuenta que durante el día en unos 45 minutos de inmersión han escuchado siete veces el rugido. "Suena como si un barco estuviera realizando una maniobra extraña justo encima de ti. Lo que tranquiliza es que los peces están muy tranquilos. En una de esas veces estábamos fotografiando un mero y ni se inmutó. Fue impresionante", explica. Joseba cuenta que hoy la temperatura en el Mar de las Calmas es de 24 grados, "lo normal en esta época".
El testimonio de los submarinistas -una de las actividades de creciente interés turístico en la isla- son una prueba única de cómo El Hierro nota día a día la escalada de temblores. No solo aumenta el número de seísmos y su intensidad, sino que la isla se ha expandido en algunas zonas unos cuatro centímetros y el flujo de dióxido de carbono (CO2) del subsuelo se ha triplicado en dos meses, aunque aún sigue lejos de niveles de erupción (el CO2 se escapa del magma y medir cuánto sale del subsuelo es una forma indirecta de medir la fiebre del subsuelo).
Los siente Tomás González, el guarda de la Ermita de Nuestra Señora de los Reyes, "morada de la virgen desde 1577", una construcción encalada y sencilla en un rincón de la isla, en medio de un pinar. Tomás ha colocado jarrones de cristal pegados sobre una endeble estantería. Él demuestra la efectividad de este sismómetro de bajo coste: con un simple roce, los jarrones tintinean. Esta mañana, los jarrones han cantado a las 10.38, 10.39 y 11.11. Tres temblores sentidos en solo 20 minutos.
Los testimonios de la gente coinciden con las gráficas de energía liberada que muestra el Instituto Geográfico Nacional (IGN) y que sufrió un aumento espectacular el pasado viernes, casi coincidiendo con la decisión del Gobierno canario de poner el semáforo volcánico en ámbar, en situación de preemergencia.
Crece el nerviosismo entre los vecinos
La gente en la isla sigue tranquila pero crece el nerviosismo. Cuatro peregrinos que pasaban unos días en la ermita han sido desalojados. Mima y doña Jovita, del pueblo de Frontera, han dejado el lugar al que habían ido a rezar unos días a toda prisa, sin llevarse siquiera la fruta.
Edgar, un venezolano que atiende la gasolinera de Valverde, explicó la noche del viernes que las colas para repostar combustible habían crecido. "El temor es que nos obliguen a cerrar", explicaba.
Sin embargo, muy poca gente abandona la isla. En el puerto de La Estaca, en la taquilla de la naviera Armas solo han acudido unas 15 personas para sacar un billete para el ferry del día siguiente. Allí explican que es más de lo normal, porque lo más frecuente es sacar el billete el mismo día.
En El Hierro, una isla de 10.000 habitantes con solo dos semáforos y ni un ascensor, todo el mundo se conoce. El cierre del principal túnel que cruza la isla es un engorro considerable, ya que ahora hay que usar una carretera de montaña. Pero las molestias del día anterior, cuando de noche ordenaron evacuar a unas 50 personas por miedo a posibles desprendimientos, se han visto amortiguadas.
En la residencia de estudiantes habilitada para los desplazados de esta tarde solo quedaba una familia de origen saharaui. Corretean por los pasillos los niños y una de las hijas. Salma Mint, explica que habían ido allí porque con el cierre del túnel temían que se hiciera muy difícil pasar de un lado a otro de la isla.

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