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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




viernes, 14 de octubre de 2011

UNA REFORMA URGENTE Y NECESARIA - CATOLICA NO MUNDANA

Un alto en el camino para contemplar:
 Las maravillas que Dios creo
(Poner volumen alto)


Prefecto de la Congregación para el Clero en el Vaticano,
Cardenal Mauro Piacenza
Entrevista exclusiva completa concedida a ACI Prensa en la ciudad de Los Ángeles (EEUU, 11 de Octubre 2011)
Ver más abajo otra importante e imperdible entrevista al Cardenal:

"El sacerdocio católico, entre la crisis de fe y los ataques del Maligno"

 “me colma de alegría escuchar cómo el Santo Padre invoca continuamente tal reforma como una de las más urgentes y necesarias en la Iglesia. ¡Pero recordemos que la reforma de la que se habla no es "mundana" sino católica!”
“Un clero no secularizado, que no sucumbe a las modas pasajeras ni a las costumbres del mundo”.
“confiando más en el Señor que en nuestras pobres fuerzas humanas. ¡Así viene el rescate!, si el sacerdote es aquello que debe ser: hombre de Dios, hombre de lo sagrado, hombre de oración”.
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ACI Prensa: Una conjunción de hechos y de sobreexposición en la prensa secular ha creado una "crisis", por así decirlo, de la imagen del sacerdote católico. ¿Cómo rescatar esta imagen para el bien de la Iglesia?
Cardenal Piacenza:
En la teología católica, la imagen y la realidad no están nunca separadas. La imagen se cura curando la interioridad. Debemos curar primero que nada "por dentro". No debemos preocuparnos mucho por "aparecer por fuera" sino por "ser realmente". Es fácil individualizar las reglas que mueven lo externo y los consiguientes intereses entrecruzados.
Nosotros no debemos nunca escondernos, pero, donde sea necesario, debemos reconocer con humildad y verdad los errores, con la capacidad de reparar, ya sea humanamente, ya sea espiritualmente, confiando más en el Señor que en nuestras pobres fuerzas humanas. ¡Así viene el rescate!, si el sacerdote es aquello que debe ser: hombre de Dios, hombre de lo sagrado, hombre de oración y, por ello, totalmente al servicio de los otros hombres, de su fe, de su bien auténtico e integral, ya sea espiritual o material, y del bien de la comunidad en cuanto tal.
ACI Prensa: ¿Cómo hacer enteder a tantos católicos desilusionados que ven el llamado "escándalo sexual" de la Iglesia, que esto no define para nada ni el sacerdocio ministerial ni la Iglesia?
Cardenal Piacenza:
Es humanamente comprensible, como el Santo Padre ha referido en la entrevista durante el vuelo del último viaje apostólico a Alemania, que algunos puedan pensar que no pueden reconocerse en una Iglesia en la cual suceden ciertos actos infames. Sin embargo, el mismo Benedicto XVI, en aquella ocasión, invitaba con claridad a ir hasta el fondo de la naturaleza de la Iglesia, que es el Cuerpo viviente de Cristo resucitado, que prolonga en el tiempo su existencia y actuar salvífico.
El horrible pecado de algunos no desligitima el buen proceder de muchos, ni tampoco cambia la naturaleza de la Iglesia. Ciertamente debilita enormemente su crediblidad y, por ello, estamos llamados a obrar incesantemente por la conversión de cada uno y por aquella radicalidad evangélica y fidelidad, que siempre deben caracterizar a un auténtico Ministro de Cristo. Recordemos que para ser verdadermante creíbles es necesario ser verdaderamente creyentes.
ACI Prensa: Algunos creen que esta "crisis" es todavía un argumento más para las "reformas exigidas" sobre el modo de vivir el sacerdocio. Se habla, por ejemplo, de sacerdotes casados como una solución tanto a la soledad de los sacerdotes como a la falta de vocaciones sacerdotales. ¿Qué cosa significa verdaderamente la "reforma del clero" en el pensamiento y el magisterio del Santo Padre Benedicto XVI?
Cardenal Piacenza:
Quien argumenta eso, si lo siguiera, crearía un crack inaudito. Los remedios sugeridos agravarían terriblemente los males y seguirían la lógica inversa del Evangelio. ¿Se habla de soledad? ¿Pero por qué, Cristo es acaso un fantasma? ¿La Iglesia es un cadáver o está viva? ¿Los santos sacerdotes de los siglos pasados han sido hombres anormales? ¿La santidad es una utopía, un asunto para pocos predestinados, o una vocación universal, como nos lo ha recordado el Concilio Vaticano II?
No se debe bajar el tono sino más bien elevarlo: ese es el camino. Si el ascenso es arduo se debe tomar vitaminas, nos debemos reforzar y, fuertemente motivados, se sube con mucha alegría en el corazón.
Vocación significa "llamada" y Dios sigue llamando, pero es necesario poder escuchar y, para escuchar, es necesario no tener tapadas las orejas, es necesario hacer silencio, es necesario poder ver ejemplos y signos, es necesario acercar la Iglesia como el Cuerpo, en el que ocurre siempre el acontecimiento del Encuento con Cristo.
Para ser fieles es necesario estar enamorados. Obediencia, castidad en el celibato, dedicación total en el servicio pastoral sin limites de calendario u horario, si uno está realmente enamorado no se perciben como constricciones sino como exigencias del amor que constitutivamente no podría no donarse. No son tantos "no" sino un gran "sí" como aquel de la Santa Virgen en la Anunciación.
¿La reforma del clero? Es lo que invoco desde cuando era seminarista y luego un joven sacerdote (hablo de los años 1968 -1969) y me colma de alegría escuchar cómo el Santo Padre invoca continuamente tal reforma como una de las más urgentes y necesarias en la Iglesia. ¡Pero recordemos que la reforma de la que se habla no es "mundana" sino católica!
Creo que, en una síntesis extrema, se puede decir que el Papa valora mucho un clero cierto y humildemente orgulloso de la propia identidad, completamente ensimismado con el don de gracia recibido y por el cual, consiguientemente, es clara la distinción entre "Reino de Dios" y mundo. Un clero no secularizado, que no sucumbe a las modas pasajeras ni a las costumbres del mundo.
Un clero que reconozca, viva y proponga el primado de Dios y, de tal primado, sepa hacer descender todas las consecuencias. Más simplemente la reforma consiste en ser lo que debemos ser y buscar cada día llegar a ser lo que somos. Se trata entonces de no confiar tanto en las estructuras, en las programaciones humanas, sino y sobre todo en la fuerza del Espíritu.
ACI Prensa: Se habla con frecuencia también del "sacerdocio femenino". De hecho existe en Estados Unidos un movimiento que pretende y exige el sacerdocio y la ordenación de obispas mujeres, y que afirman haber recibido tal mandato de los sucesores de los Apóstoles.
Cardenal Piacenza:
La Tradición Apostólica, en este sentido, es de una claridad absolutamente inequívoca. La gran e ininterrumpida Tradición eclesial siempre ha reconocido que la Iglesia no ha recibido de Cristo el poder de conferir la ordenación a las mujeres.
Cualquier otra reivindicación tiene el sabor de la auto-justificación y es, histórica y dogmáticamente, infundada. En cualquier sentido, la Iglesia no puede "innovar" simplemente porque no tiene el poder para hacerlo en este caso. ¡La Iglesia no tiene un poder superior al de Cristo!
Donde vemos comunidades no católicas guiadas por mujeres, no debemos maravillarnos porque donde no es reconocido el sacerdocio ordenado, la guía obviamente es confiada a un fiel laico y, en tal caso, ¿qué diferencia hay si ese fiel es hombre o mujer? La preferencia de uno sobre otro sería sólo un dato sociológico y por tanto mutable, en evolución. Si fueran solo hombres entonces sería discriminador. El asunto no es entre hombres y mujeres sino entre fieles ordenados y fieles laicos, y la Iglesia es jerárquica porque Jesucristo la ha fundado así.
El sacerdocio ordenado, propio de la Iglesia Católica y de las Iglesia ortodoxas, está reservado a los hombres y esto no es discriminaciòn de la mujer sino simplemente consecuencia de la insuperable historidad del evento de la Encarnación y de la teología paulina del cuerpo místico, en el que cada uno tiene su propio papel y se santifica y produce fruto en coherencia con el propio lugar.
Si luego se interpreta esto en clave de poder, entonces estamos completamente fuera de órbita, porque en la Iglesia solo la bendita Virgen María es "omnipotencia suplicante", como ningún otro lo es, que resulta así en ese aspecto más poderosa que San Pedro. Pero Pedro y la Virgen tienen roles diversos y ambos esenciales. Esto lo he escuchado mucho también en no pocos ambientes de la Comunión anglicana.
ACI Prensa: Desde el punto de vista de las cifras y de la calidad, ¿cómo aparece la Iglesia Católica hoy, en comparación con su pasado reciente, y cómo se ve en el futuro?
Cardenal Piacenza:
En general, la Iglesia Católica está creciendo en el mundo, sobre todo gracias a la enorme contribución de los continentes asiático y africano. Esas jóvenes Iglesias aportan su fundamental contribución en orden a la frescura de la fe.
En las últimas décadas –si se me concede la expresión- hemos jugado rugby con la fe, chocándonos, a veces haciéndonos también mucho mal, y al final ninguno ha llegado a ningún punto. Han habido y hay problemas en la Iglesia, ¡pero es necesario mirar hacia adelante con gran esperanza!
No tanto en nombre de un ingenuo o superficial optimismo, sino en nombre de la magnífica esperanza que es Cristo, concretizada en la fe cada uno, en la santidad de cada uno y en la perenne auténtica reforma de la Iglesia.
Si el gran evento del Concilio Ecuménico Vaticano II ha sido un viento del Espíritu que ha entrado por las ventanas abiertas de la Iglesia al mundo, es necesario reconocer que, con el Espíritu, ha entrado también no poco viento mundano, se ha generado una corriente y las hojas han volado por los aires. Hay de todo, nada se ha perdido, sin embargo es necesario, con paciencia, volver a poner orden.
Se pone orden afirmando sobre todo y con fuerza el primado de Cristo Resucitado, presente en la Eucaristía. Hay una gran batalla pacífica por hacer y es la de la Adoración eucarística perpetua, para que todo el mundo haga parte de una red de oración que, unida al Santo Rosario, vivido como rumia de los misterios salvíficos de Cristo, junto a María, generen y desarrollen un movimiento de reparación y penetración.
Sueño con un tiempo cercano en el que no exista diócesis en la que no haya una iglesia o al menos una capilla en la que día y noche se adore al Amor sacramentado. ¡El Amor debe ser amado! En cada diócesis, y mejor si también en cada ciudad y pueblo, deben haber manos alzadas al cielo para implorar una lluvia de misericordia sobre todos, cercanos y lejanos, y entonces todo cambiaría.
¿Recuerdan lo que sucedía cuando Moisés tenía las manos alzadas y qué cosa sucedía cuando las dejaba caer? Jesús ha venido para portar el fuego y su deseo es que arda en todo lugar para llegar a la civilización del amor.
Este es el clima de la reforma católica, el clima para la santificación del clero y para el crecimiento de santas vocaciones sacerdotales y religiosas, este es el clima para el crecimiento de famlias cristianas verdaderas iglesias domésticas, he aquí el clima para la colaboración de fieles laicos y clérigos.
Es necesario creer todo esto verdaderamente y en los Estados Unidos siempre ha habido y hay todavía muchos recursos prometedores. ¡Adelante!
Fuente: http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=34956



Presentamos nuestra traducción de la interesante entrevista que el Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, ha concedido recientemente al sitio Kath.net, en la cual se refiere a temas de gran importancia como la renovación del sacerdocio, la recuperación de su auténtica dignidad, la colaboración entre los fieles laicos y el clero, la crisis de las vocaciones, la sagrada liturgia, y la esencia del arte sacro.

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Con su libro “El sello – Cristo, fuente de la identidad del sacerdote”, publicado en el 2010, usted ha recordado la identidad del sacerdocio, declarando que cualquier discurso sobre una “nueva evangelización”, objetivo principal de la Iglesia, es vano si no se basa en la renovación espiritual del sacerdote. Concretamente, ¿cómo podría configurarse la renovación del sacerdocio? ¿Qué significa que el sacerdote es “signo de contradicción” en la sociedad actual, como dijo usted una vez? ¿De dónde debe partir la Iglesia y, en particular, cómo deberían intervenir los responsables de los seminarios?

Quien renueva continuamente a la Iglesia y, en ella, al sacerdocio, ¡es el Espíritu Santo! Fuera de una visión claramente pneumática y, por eso, sobrenatural, es imposible incluso sólo pensar en una renovación. Considero que este es precisamente uno de los principales caminos por recorrer: el de la recuperación clara de la dimensión vertical, espiritual del ministerio. En las décadas pasadas, demasiados “reduccionismos”, animados por la así llamada teología de la desmitificación, han tenido como resultado el de transformar el sacerdocio simplemente en un “super-ministerio” de animación y coordinación eclesial. El sacerdote es también aquel que anima la vida pastoral de una comunidad pero ejerce tal ministerio en virtud de una vocación sobrenatural y de la configuración a Cristo, determinada por el sacramento del Orden. Antes de todo “servicio ministerial”, él representa a Jesús Buen Pastor en el corazón de la Iglesia y, concretamente, en la comunidad a la cual es enviado.

Consecuencia de esto es que la renovación deberá pasar necesariamente por el primado de la oración, de la relación íntima y prolongada con Cristo Resucitado, presente espiritualmente en las Sagradas Escrituras, realmente en la Eucaristía, y con el cual el sacerdote está perennemente en relación en el servicio concreto de cada gesto ministerial. Primado de la oración significa también primado de la fe: la fe pura y sincera de los santos, capaz de desestructurar, precisamente por su sencillez, todo cálculo humano o razonamiento. Un sacerdote así, en un contexto cultural fundado en el eficientismo y el activismo, se convierte necesariamente en signo de contradicción; como el Señor Jesús ha sido y es todavía hoy “signo de contradicción”, así, a Su imagen, todo sacerdote está llamado a serlo, precisamente en virtud de la pertenencia a Cristo y a la Iglesia, y de la “novedad perenne” que la apostolica vivendi forma es para el mundo.

En el actual contexto secularizado, son signo de contradicción los sacerdotes santos, fieles, dedicados al propio ministerio porque dedicados a Dios y capaces, por eso, de conducir a las almas a un encuentro auténtico con el Señor. Sólo quien es todo de Dios puede ser todo de la gente.

En todo esto deben esencialmente ser formadas las nuevas generaciones de sacerdotes, evitando cuidadosamente caer en la tentación de quien quisiera “normalizar” el sacerdocio, pensando, de tal modo, hacerlo más aceptable a los jóvenes y a los hombres de nuestro tiempo. Esto, por el contrario, llevaría a la “desertificación” de las vocaciones. El futuro del sacerdocio, que está garantizado a nivel sobrenatural por la fidelidad de Dios a Su Iglesia, está también, en lo que nos concierne, en la motivada preocupación de su naturaleza auténtica, que es – las Escrituras lo testimonian y la gran Tradición eclesial y magisterial lo confirma – de origen exquisitamente divino.

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El Santo Padre Benedicto XVI en su libro-entrevista con Peter Seewald, “Luz del mundo”, dice: “Es imaginable que el diablo no lograse soportar el año sacerdotal y entonces nos ha echado en cara la inmundicia. Quiso mostrar al mundo cuánta suciedad hay también precisamente entre los sacerdotes”. ¿Usted considera que es casualidad que, precisamente durante el año sacerdotal, en no pocos países del mundo haya estallado el escándalo de los abusos sexuales? ¿Y realmente ha perdido el diablo al final?

¡Usted sabe bien que la casualidad no existe! Existen, en cambio, las coincidencias y, más a menudo, las estrategias humanas, que se exponen a las instrumentalizaciones del maligno.

Hay que recordar, en primer lugar, que el demonio no venció durante el Año Sacerdotal cuando, como afirmó el Santo Padre, “nos echó en cara la inmundicia”, sino más bien cuando algunos ministros de Dios, llamados por vocación a anunciar el Evangelio y administrar los Sacramentos, abusando de la propia tarea, han herido de modo mortal jóvenes vidas inocentes. En esta perversión absoluta está la verdadera victoria del maligno, y el hecho de que tales terribles y atroces comportamientos hayan emergido durante el Año Sacerdotal no ha disminuido la verdad del sacerdocio sino que, permitiendo la necesaria penitencia y reparación por lo ocurrido, ha favorecido una conciencia más profunda de cómo el extraordinario Tesoro, donado por Cristo a Su Iglesia, es contenido en vasijas de barro.

Tal situación, que es dramáticamente inquietante, podría incluso volverse desesperante si no estuviésemos seguros de que el diablo, el cual vence por desgracia muchas batallas, ya ha perdido definitivamente su guerra ya que ha sido derrotado por la Muerte redentora de Nuestro Señor Jesucristo y por su gloriosa resurrección.

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Con frecuencia, particularmente en países de lengua alemana, muchos sacerdotes son expuestos a presiones por parte de laicos y consejos pastorales. Casi se tiene la sensación de que ciertos laicos quieren hacerse lugar en el espacio del altar para asumir funciones ministeriales. En no pocas diócesis de lengua alemana, sacerdotes que quieren ser fieles a la Iglesia se encuentran con frecuencia solos. A veces ni siquiera los obispos diocesanos ofrecen a sus sacerdotes el apoyo necesario. ¿Cómo es visto este problema en Roma? ¿Cómo deberían y podrían ser defendidos los sacerdotes en tal situación?

En primer lugar quiero afirmar con absoluta claridad y motivado convencimiento que la colaboración entre sacerdotes y laicos es tan necesaria cuanto sacramentalmente fundada. Es necesario vivirla dentro de algunos parámetros irrenunciables tanto desde el punto de vista teológico como bajo el perfil pastoral. Hay que recordar que al ministerio del testimonio están llamados todos los bautizados y no simplemente aquellos que han recibido algún ministerio eclesial. Los fieles laicos deben ser educados en este sentido permanente del apostolado, que debe vivirse sobre todo en el mundo, en sus concretas circunstancias existenciales, familiares, afectivas, laborales, profesionales, educativas y públicas. Los laicos realmente “comprometidos” son aquellos que se comprometen a dar testimonio de Cristo en el mundo, no aquellos que suplen la eventual carencia de clero, reivindicando porciones de visibilidad dentro de las comunidades.

Partiendo de esta claridad sobre la vocación universal de los bautizados, nada excluye que ellos puedan efectivamente colaborar en el ministerio de los sacerdotes, recordando siempre, sin embargo, que entre el sacerdocio bautismal y el ministerial existe, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, retomando el Concilio Vaticano II, una diferencia esencial y no sólo de grado (cfr. CCC, n. 1547).

También en este caso se trata de redescubrir la fe en la Iglesia, que no es una organización humana, ni mucho menos puede ser gestionada con criterios “empresariales” que obedecen a leyes humanas, como la presunta o real competencia o eficiencia y el necesario reparto del poder, y que están lo más lejos posible del auténtico servicio eclesial.

Considero que precisamente esta “reducción empresarial” del modo de pensar la Iglesia es una de las causas tanto de la así llamada crisis del número de las respuestas a las vocaciones, como de las polémicas que, en sucesivas oleadas, a veces también orquestadas, se desencadenan contra el celibato sacerdotal. Todo forma parte de aquella miope “estrategia de normalización” que busca, en última instancia, expulsar a Dios del mundo borrando de él aquellos signos que, objetivamente, remiten a Él de modo más eficaz; en primer lugar la vida de aquellos que, en la fidelidad y la alegría, eligen vivir en la virginidad del corazón y en el celibato por el Reino de los Cielos, testimoniando de ese modo que Dios existe, está presente, y que por Él es posible vivir.

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¿Cómo se explica la “crisis de las vocaciones” en las actuales sociedades occidentales?

La así llamada crisis vocacional, de la cual, en realidad, se está saliendo lentamente, está vinculada, fundamentalmente, a la crisis de la de en Occidente. Donde existe se debe admitir que, en realidad, la crisis de vocaciones es crisis de fe. Dios continúa llamando pero para responder es necesario escuchar y para escuchar se necesita el clima adecuado y no el alboroto absoluto. En los mismos ambientes está en crisis la santificación de la fiesta, está en crisis la confesión, está en crisis el matrimonio, etc. La secularización y la consiguiente pérdida del sentido de lo sagrado, de la fe y de su práctica, han determinado y determinan una importante disminución del número de los candidatos al sacerdocio. A estas razones exquisitamente teológicas y eclesiales se le agregan algunas de carácter sociológico: en primer lugar, el decrecimiento, único en el mundo, de la natalidad, con la consiguiente disminución del número de los jóvenes y, por lo tanto, también de las jóvenes vocaciones.

En este panorama representan una loable excepción, cargada de entusiasmo y de esperanza, los movimientos y las nuevas comunidades, en las cuales la fe es vivida de manera genuina e inmediata, y traducida en vida concreta, y esto abre el corazón de los jóvenes a la posibilidad de entregarse por completo a Dios en el sacerdocio ministerial. Tal vitalidad, en la diferencia de expresión y de métodos, debe ser de toda la Iglesia, de cada parroquia y de cada diócesis, porque sólo una fe auténtica, significativa para la vida, es el ambiente en el cual pueden ser escuchadas las muchas llamadas que Dios dirige, también hoy, a los jóvenes. El primer e irrenunciable remedio a la disminución de las vocaciones lo ha sugerido el mismo Jesús: “Rueguen al dueño de los sembrados que envía trabajadores para la cosecha” (Mt. 9, 38). Éste es el realismo de la pastoral de las vocaciones. La oración por las vocaciones, una intensa, universal y extendida red de oración y de Adoración Eucarística que involucre a todo el mundo, es la única verdadera respuesta posible a la crisis de las respuestas a la vocación. ¡Pero se necesita fe! Donde esta actitud orante es vivida en forma estable se puede afirmar que una auténtica recuperación está teniendo lugar y que, en cierto modo, la noche ha pasado y ya amanece. Quisiera que cada diócesis tuviese un centro de adoración eucarística, posiblemente perpetua, precisamente por estas intenciones: santificación del clero y vocaciones. ¡Éste es el plan pastoral más eficaz y realista que pueda haber! De allí se irradiará también una admirable fuerza de caridad en todos los ámbitos. ¡Hay que probar para creer!

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Desde 2003 hasta su nombramiento como secretario de la Congregación para el Clero por parte del Papa Benedicto XVI en el 2007, usted ha sido presidente de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia; desde el 2004 también Presidente de la Pontificia Comisión para la Arqueología Sacra. ¿Cómo juzga el estado actual del “ars sacra” que a menudo es confundido con el “ars religiosa”?

El argumento es muy amplio y merecería ser afrontado con la amplitud apropiada ya que toda realización artística habla de la idea de hombre y de Dios que tenemos, como también todo “edificio iglesia” que se construye habla tanto de la idea de Iglesia que tenemos como, sobre todo, de la experiencia de Iglesia que vivimos. La Iglesia no es una realidad sociológica humana, no es una reunión de personas que creen en lo mismo. Es el Cuerpo de Cristo, nuevo Pueblo sacerdotal, Presencia divina en el mundo.

Toda auténtica expresión de arte sagrado y toda nueva iglesia deberían ser ante todo reconocibles como tales. Todo hombre, todo transeúnte, del niño al anciano, del culto al analfabeto, del creyente al ateo, debería poder decir inmediatamente: “¡Esa una obra de arte! ¡Esa es una iglesia!”. Esta última, además, debe ser monumental, es decir, debe hablarnos de la grandeza de Dios y debe, por lo tanto, ser diferente, también por proporciones, de cualquier otro edificio. Una iglesia, y todo el arte sacro, para ser tal, no deben obedecer tanto a la originalidad subjetiva del arquitecto o artista singular como a la fe genuina y sincera del pueblo, que en ella y a través de ella rezará. No son “monumentos” a la genialidad del individuo sino lugares e instrumentos de culto, dedicados a Dios, en los cuales y a través de los cuales encontrar a Dios y reunirse como Su Pueblo.

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En su opinión, ¿qué tan importante es la celebración de la liturgia para la esencia de la vida de la comunidad y también para la misión de una nueva evangelización de los países de antigua cristianización?

Varias veces el Santo Padre ha recordado que, con la Liturgia, vive o muere la fe de la Iglesia. Ella es, al mismo tiempo, un espejo en el cual se refleja la fe, y un alimento que constantemente la nutre, la purifica y la sostiene. El antiguo adagio “lex orandi, lex credendi” obviamente mantiene todavía hoy toda la propia validez y eficacia.

En no pocos casos, el mencionado intento de desmitificación ha implicado también a la Liturgia produciendo, como único y devastador efecto, el de reducirla nuevamente y paradójicamente a “ritos pre-cristianos”, simbólicamente interpretables y expuestos, por tanto, a toda posible deriva subjetivista y relativista. La Liturgia no es principalmente un actuar humano, en el cual los individuos pueden expresar libremente la propia emocionalidad subjetiva, o en el que sería necesario hacer o decir algo para participar; ella es principalmente acción de Cristo, el cual, vivo y presente en Su Iglesia, rinde culto al Padre, atrayendo, en esta acción humano-divina, a nosotros los hombres.

Cristo Resucitado es el verdadero protagonista de la historia y de la Liturgia, y toda acción humana que quiera ser realmente litúrgica debe obedecer a este imprescindible criterio y debe buscar orientar el corazón de los fieles hacia el reconocimiento del primado absoluto de Dios.
Haber reducido o banalizado la Liturgia es una responsabilidad gravísima, no independiente de la pérdida del sentido de lo sagrado, de la que Occidente es víctima y que se deriva, una vez más, de la desmitificación radical promovida por cierta teología, creyendo ser “científica”.

La respuesta a todo esto puede encontrarse, sin embargo, en el corazón del hombre, el cual, a pesar de todo, está hecho por Dios y es constitutivamente religioso, por lo tanto abierto a lo trascendente y al sentido de lo sagrado. Una Liturgia cristocéntrica, correctamente celebrada, eclesialmente significativa y que sea la realización de “Él [Cristo] debe crecer y yo, en cambio, disminuir” (cfr. Jn. 3, 30), de joánea memoria, contribuye ciertamente a la nueva evangelización de Europa y a la recuperación del sentido de lo sagrado, sin el cual incluso el necesario diálogo con las otras culturas y tradiciones religiosas sería imposible.

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Le agradecemos a su Eminencia por la entrevista e invocamos sobre usted la bendición de Dios
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Fuente: Kath.net


A.M.G.D

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El sacerdocio católico, entre la crisis de fe y los ataques del Maligno

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