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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




jueves, 10 de noviembre de 2011

San Pedro Julián Eymard - "Venga a nosotros tu reino."

  Además, hemos de consolar a nuestro señor Jesucristo, Él es­pera vuestros consuelos y los re­cibirá a placer. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a un siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Pe­did que Él lo sea todo; no solamente Salvador, lo cual supone gran mi­sericordia, sino también rey pacífico y absoluto. Consoladle de que le considere tan poco como rey en su reino. ¡Ay! Nuestro Señor ha sido vencido. En el cielo reina sobre los ángeles y sobre los santos como señor omnipotente, y es fielmente escu­chado. ¡Aquí en la tierra, no! ¡Los hombres que han sido por Él rescatados y que son hijos suyos han vencido a nuestro Señor! Ya no reina sobre las sociedades católicas. Hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por exten­der su reinado por todas partes.
            Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han ex­pulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazo­nes. Entre los paganos se acostumbra conferir a uno la dignidad real elevándole sobre escu­dos; proclamemos también rey a Jesús eucarís­tico, elevándole sobre nuestros corazones y sirviéndole con fidelidad y abnegación. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide...!; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!
            ¡Ay de nosotros! ¡Deberíamos morir de vergüenza al ver que Jesucristo anda de esta manera mendigando y que nadie le ofrece la limosna que pide! ¡Y cuántos desaires tiene que sufrir sin que lle­gue a conseguir nuestros corazones!
            Sobre todo anda solícito tras de los católicos, tras de las almas piadosas y tras los religiosos que se muestran reacios para entregarle sus corazones. Nuestro Señor lo quiere todo, y la razón y el interés que le mueven a llevar a cabo estas pesquisas tan apasionadas es sola­mente su amor. Entre los quinientos millones de católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? ¡Si por lo menos fueran en­teramente suyos aquellos que hacen profesión de piedad... sus hijos... sus religiosos... sus vírgenes! Ocurre que se le deja poner un pie en el corazón; pero en seguida tropieza con un obstáculo; se le concede una cosa y se le niega otra, ¡y nuestro Señor lo quiere todo y lo pide todo! ¡Espera y no se desanima!
            Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquellos que no le aman, por nuestros pa­dres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria. Así lo ha­cen los santos: imitad en esto a nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.
            ¡Ah!, que nuestro señor Jesucristo sea al fin rey, dueño y es­poso de nuestras almas, el dulcí­simo Salvador que tanto nos ama! ¿Será posible que no amemos a nuestro señor Jesucristo con el mismo amor con que amamos a nuestros padres, a nuestros amigos y a noso­tros mismos? ¿Pero es que estamos embobados?
            Claro que, si se pudiera hacer esto con rapidez, y con un acto sólo se pagase la deuda, aun se haría; pero es necesario darse siempre y nos faltan alientos para ello. Prueba palmaria que no ama­mos de verdad.
            ¿Qué tristeza tan grande causamos con ese proceder a Jesu­cristo! Se han visto morir de pena algunos padres por los disgustos que les han causado sus malos hijos. Si nuestro Señor no fuera in­mortal por naturaleza habría muerto mil veces de dolor desde que se quedó en el santísimo Sacra­mento. En el huerto de los olivos hubiera muerto, sin un milagro, en vista de los pecados que tenía que expiar. Aquí está siem­pre agonizante. Es glorioso en sí mismo; mas en sus obras y en su amor bien humillado está: "doliéndose grandemente en su corazón" (Ex.6,6).
            Consolad el amor de nuestro Señor. El hombre encuentra siempre alguien que corresponde a su amor. ¿Pero nuestro señor Jesu­cristo...?
            Consoladle por la ingratitud de todos los pecadores..., y más principalmente por vuestra pro­pia ingratitud. Llevad con Él las defec­ciones de sus infieles ministros y las de sus indignas esposas. Dí­cese que es esto tan honroso que hay necesidad de ocultarlo. Pensad en ello a sus pies y consoladle. Por sí solo, sin duda, Judas hizo derramar a Jesucristo lágrimas de sangre. ¡Oh, si nosotros conocié­semos bien los motivos que tiene Jesucristo para estar continuamente afligido, no go­zaría­mos un momento de alegría! Y el sacerdote no querría consagrarle si su naturaleza humana fuese todavía pasible. ¡Felizmente, sólo su amor lleva el peso de todos esos ultrajes, y la muerte no le puede ya he­rir!
            Lo que me aflige sobremanera es que las almas piadosas, esas esposas de Jesucristo que vi­ven en el mundo, consideren la perfección como reservada únicamente para el estado religioso: "No estoy obli­gado a eso -dicen-, no he hecho los votos que obligan a la perfección". Y es que no se tiene el valor de amar. Esta es la verdad. El amor es siempre y en todas partes el mismo, y vosotros podéis amar más en vuestro estado que un religioso en el suyo; su estado es más perfecto en sí mismo, pero vuestro amor puede superar al suyo.
            Adelante; haced que reine en vosotros Jesucristo. La exposi­ción pública del santísimo Sacra­mento es la última gracia; después de la exposición no hay más que el cielo o el infierno. El hombre se deja subyugar por lo que brilla; por eso nuestro señor Jesucristo ha subido sobre su trono, brilla ac­tualmente y se le ve; no hay, por tanto, excusa. ¡Ah! Si se le abandona, si se pasa por delante de Él, sin dar señales de conversión, nuestro Señor se retira y todo habrá concluido para siem­pre.
            Servid a nuestro Señor; consoladle, encended el fuego de su amor donde quiera que aún no haya prendido, y trabajad por establecer el reinado de su amor: "Venga a nosotros tu reino, reino de amor".

San Pedro Julián Eymard

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