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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




lunes, 19 de marzo de 2012

SAN JOSE DURANTE LAS APARICIONES DE GARABANDAL


Esta preciosa historia sucedió el día 18 y 19 de marzo de 1962, día de SAN JOSÉ, patrón de la Iglesia universal, durante las apariciones de la Sma. Virgen en Garabandal:
El Padre Silva, que vestía de paisano, recibió un fuerte empujón de otro sacerdote a causa de su mal comportamiento durante un éxtasis de Jacinta. Se arrepienten ambos y se confiesan. Lo relata el sacerdote que le empujó:
El día 18, segundo domingo de Cuaresma, llegaron a San Sebastián de Garabandal dos sacerdotes con un muchacho joven. Uno de los dos sacerdotes era el P. José Silva, el de la "Ciudad de los Muchachos" de Orense, de donde venían; vestía de americana y pantalón.
Durante todo el tiempo anduvieron detrás de las niñas, atosigándolas, hasta el punto de que el señor Brigada de la Guardia Civil tuvo que llamarles la atención varias veces. El brigada también desconocía que fuesen sacerdotes.
Cuando se produjo el éxtasis de Jacinta, en casa de Conchita, se pegaron materialmente a la niña, sujetándola y poniéndole materialmente las orejas en la boca, por lograr entender algo de lo que decía.
Se les llamó la atención por parte de los padres de las niñas, y al ver que no hacían ningún caso, y que una vez casi las hicieron caer a tierra, no pude contenerme y le di un fuerte empujón al que iba a la derecha de la niña, que resultó ser el P. Silva, creyéndole un seglar cualquiera, aunque no sé si no hubiera hecho lo mismo en aquel momento aunque le hubiese visto con sotana.
En el acto se volvió Jacinta, y me puso el crucifijo en la boca; seguidamente hizo lo mismo con el que yo había empujado. La niña continuó su marcha, pero nosotros dos nos miramos y comprendimos. Nos dimos un abrazo y juntos fuimos ya hasta la iglesia. Allí los dos lloramos; yo le pedí que me confesara. Habíamos quedado solos, apoyados en el muro del atrio.
Me dijo que no tenía licencias, pero yo insistí vivamente, asegurándole que tenía verdadera necesidad. Me oyó en confesión y me preguntó por qué había hecho aquel acto:
-- le contesté que en aquel momento sólo había pensado en defender a una niña que estaba viendo a la Santísima Virgen. Me dio la absolución.
Luego fue él quien me pidió que le confesara, pues decía tener mucha necesidad, por haber abusado de su condición sacerdotal para ir delante de todos los que seguíamos a la niña, cuando tal condición le obligaba a ir detrás del último.
Me dio las gracias por el empujón, y me dijo que hasta ese momento él no se había dado cuenta del verdadero mensaje que estas niñas nos vienen a dar.
 La Hora Santa:
El Padre Silva me pidió, por favor, si podía despertar al señor párroco, para decir él la misa de alba. No tardaría mucho en despuntar el nuevo día, 19 de marzo, fiesta de San José.
No pudimos conseguir nada, por la prohibición del obispado de admitir a celebrar misa a los sacerdotes forasteros; pero sí pudimos comulgar y hacer la hora santa más hermosa que se puede uno imaginar.
Fue fantástico. Aquel hombre dijo cosas maravillosas, y dio las gracias a las niñas, a sus padres, a todos, porque le habían hecho vivir una emoción que nunca hasta entonces hubiera pensado que podría existir.
¡Rezamos un santo rosario! Casi todos con los brazos en cruz.
Ya en el día siguiente, 19, Loli en éxtasis se acercó al mostrador de la taberna de su casa, tomó un lápiz del cajón y, apoyando una estampa sobre la pared de la cocina, escribió en ella lo que le decía la Visión:
-- La Virgen felicita al Padre José.
Según declaró después el Padre José Silva, él no había dicho a nadie, ni cómo se llamaba, ni que era sacerdote. Fue para él una grandísima emoción.
Algunos detalles de cómo pudieron hacer la Hora Santa.
El P. Silva le habló a Conchita de hacer una hora santa, y la niña preguntó:
-- ¿Y eso qué es?
Entonces el Padre se lo explicó, y se acordó hacerla a primera hora.
Dice D. Juan Álvarez Seco que estaba allí:
Faltaba la llave de la iglesia. Don Valentín dormía en casa de la señora Primitiva, Tiva, y el señor Matutano, de Reinosa, y un servidor, fuimos a pedírsela; para que nos conociera, le hablé yo, pero no quiso darnos la llave. Regresamos a casa de Conchita, y entonces Maximina dijo:
-- Podemos acercarnos a la iglesia, por si acaso estuviese abierta.
Fuimos una veintena de personas, con Conchita y María Dolores. Encontramos abierta la puerta del templo; pero nos faltaba la llave de la sacristía, para tener la del sagrario, que se guardaba allí, cuando ¡he aquí que el P. Silva encuentra el sagrario abierto, y la sacristía cerrada!
Pudimos hacer la hora santa; a ratos, con los brazos en cruz. Comulgamos después casi todos.
Atestiguo que aquello fue maravilloso.
El P. Silva nos dijo que "lo de Garabandal era todo verdad".
Maximina cuenta lo ocurrido en una carta:
Estuvieron unos Padres, o sea, dos. Hicieron el domingo a las tres de la mañana, una hora santa. Dijeron que si alguno de los presentes quería explicar los misterios del rosario y el primero lo explicó el señor Matutano: ¡lloraba la gente como nada! 
Hablaron muchísimo los Padres. Y decía uno: "Desgraciado del que esté palpando esto de las apariciones y no lo medite". Y añadía: "Yo lo juro ante Dios, que creo que esto es cierto". Muchísimo hablaron."
Aquellas jornadas cuaresmales de 1962 tuvieron la dicha de tener la presencia de la Santísima Virgen María que por medio de las niñas videntes, con sus rezos y cánticos, fueron vividas con gran emoción.
Del 24 y 25 de marzo de 1962, día de la Encarnación, dice Simón, padre de Jacinta:
Las tres niñas, Conchita, Loli y mi hija, que hasta entonces sólo "rezaban" el rosario, aquel día se pusieron a cantarlo, y lo cantaron todo. Al comienzo de la aparición, éramos muy pocos los que íbamos con ellas; pero empezó a salir gente de las casas y, al final, yo creo que estaba ya todo el pueblo.
Yo sentía una alegría inmensa, pues conozco bien a mi hija y sé lo vergonzosa que es, y por eso pensaba dentro de mí:
-- Algo muy grande tiene que estar viendo, para cantar como canta.
Fue tan grande mi gozo o emoción en ese día, que, de no ver a la Virgen, no lo cabía mayor.
Dice Maximina en una carta:
Pero lo más grande fue el domingo, día de la Encarnación.
Empezaron a las nueve y media de la noche y terminaron a las doce. Casi no puedo explicárselo cómo fue.
Empezaron el Rosario cantado; luego dijeron que decía la Virgen que cantara toda la gente. Mire, cantábamos todos con una emoción bárbara; no se lo pueden figurar.
Fuimos cantando al cementerio:
Allí, de rodillas, rezaron un misterio; era a la puerta, cuando en esto Conchita que estira un brazo, con el crucifijo en la mano, a través de las rejas de la puerta, y parecía que le estaba dando a besar. Conmovía. Hasta a los corazones más duros.
Luego volvimos otra vez por el pueblo, cantando hasta terminar. Se cantó la Salve, el "Cantemos al amor de los amores", y luego otros cantares que discurrían ellas estando en éxtasis; y decían ellas:
-- ¡Ay, qué contenta está la Virgen, porque hay mucha gente! ¡Cómo sonríe y cómo nos mira a todos!

 
"La Pasión de San José"
 
Dice María:  

También mi José tuvo su pasión. Empezó en Jerusalén cuando vio mi estado. Duró varios días como para Jesús y para mí”.
Espiritualmente fue muy dolorosa. Tan sólo por la santidad del Justo, como era mi esposo, se mantuvo en tal forma, que fue plenamente digna y secreta, a tal grado que en el transcurso de los siglos ha sido muy poco tomada en cuenta.

¡Oh! ¡Nuestra primera pasión! ¿Quién pudo percibir su íntima y silenciosa intensidad? ¿Quién mi dolor al comprobar que el cielo todavía no había revelando a José el misterio? Que él lo ignorara, yo lo había comprendido al verlo respetuoso conmigo como siempre.

Si él hubiera sabido que llevaba en mí al Verbo de Dios, él habría adorado al Verbo, encerrado en mi seno, con actos de veneración que se deben a Dios, y que él no habría dejado de hacer, como yo no habría rehusado recibir, no por mí, sino por Aquél que estaba en mí y que yo llevaba, así como el Arca de la alianza llevaba el códice de piedra y los vasos del maná…

¿Quién puede decir con verdadera precisión el sufrimiento de José, sus pensamientos, la turbación de sus afectos? Como una pequeña barca en medio de un huracán, él estaba en el centro de ideas opuestas, en un conflicto de reflexiones, todas aplastantes y penosas.

Era un hombre, en apariencia, traicionado por su mujer. Veía desplomarse al mismo tiempo su buen nombre y la estimación del mundo, y por causa de ella se sentía señalado y causando lástima en su pueblo, veía su afecto y su estima hacia mí, caer muertos delante de la evidencia del hecho.

En esto su santidad resplandece todavía más alta que la mía. Yo le rindo este testimonio con afecto de esposa, porque quiero que amen a mi José, tan sabio y prudente, tan paciente y bueno, que no está separado del misterio de la Redención, sino más bien está unido íntimamente a él, porque se consumió en el dolor y se consumió a sí mismo, salvando para ustedes al Salvador a costa de su sacrificio y de su santidad.
Si hubiera sido menos Santo, habría actuado humanamente, denunciándome como adúltera para que fuera lapidada y el hijo de "mi pecado" muriera conmigo. Si hubiera sido menos santo, Dios no le habría concedido su luz como guía en esa durísima prueba. Pero José era santo. Su espíritu puro vivía en Dios. La caridad en él era encendida y fuerte. Por la caridad salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejando todo con pronta obediencia, salvó a Jesús en Egipto.

Breve en número, aunque tremendos en intensidad fueron los tres días de la Pasión de José. Y de la mía, de esta mi primera pasión. Porque yo comprendía su sufrimiento, pero no podía aliviarlo de ninguna manera, pues debía obedecer el decreto de Dios, que me había dicho: "¡Calla!".

Cuando llegamos a Nazaret, lo vi irse después de una seca despedida, encorvado como si hubiera envejecido en poco tiempo, ni tampoco vino a verme en la tarde como acostumbraba, entonces les digo, hijos, que mi corazón lloró con un dolor muy agudo. Encerrada en mi casa, sola, en mi casa donde todo me recordaba a José desposado conmigo en una inmaculada virginidad, he debido resistir al desaliento, a las insinuaciones de Satanás y esperar, esperar y esperar. Y orar, orar, orar. Y perdonar, perdonar, perdonar por la sospecha de José, por su ofuscación de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar para obtener que Dios intervenga en favor nuestro. Vivan también su pasión. Merecida por sus culpas. Yo les enseño cómo superarla y transformarla en alegría. Esperen sin medida. Oren sin desconfianza. Perdonen para ser perdonados. El perdón de Dios será la paz que desean, oh hijos."

Fuente: San José y la Sagrada Familia en los escritos de María Valtorta.


A.M.G.D

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