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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




martes, 26 de febrero de 2013

EL SECRETO DEL PAPA BENEDICTO XVI



Benedicto XVI será recordado más por las homilías que por las encíclicas. Y por sus gestos audaces, a contracorriente. Como cuando en Madrid, frente a un millón de jóvenes y justo en el medio de un violento temporal... 
Nadie lo ha dicho, una semana atrás, en el diluvio de homenajes que se desató por el séptimo cumpleaños de Benedicto XVI como Papa: el elemento que más ha develado el sentido profundo de su pontificado ha sido un temporal.

Era una noche tórrida en Madrid, en agosto de 2011. Frente al Papa Benedicto, en la explanada, un millón de jóvenes, con una edad promedio de 22 años, desconocidos. Imprevistamente un remolino de agua, de relámpagos y de viento se abate sobre todos, sin ninguna posibilidad de cubrirse. Vuelan por el aire manojos de focos, vuelan lejos carteles, también el Papa se moja. Pero él se queda en el lugar, frente al explosivo regocijo de los jóvenes por el inesperado espectáculo no programado que brinda el cielo.

Cuando cesa la lluvia, el Papa pone al costado el discurso escrito y dirige a los jóvenes pocas palabras. 

Invita a mirar no a él, sino a ese Jesús que está presente en la hostia Consagrada sobre el Altar. Se arrodilla en silencio y en actitud de adoración. Lo mismo ocurre en la explanada: todos se arrodillan sobre la tierra mojada, en medio de un silencio absoluto, durante una buena media hora.
Una gran Catequesis del Papa Benedicto XVI que muestra el camino a los jóvenes y a todos: El valor de la EUCARISTÍA en nuestras vidas. La importancia de hablar con Jesús, escucharlo, recibirlo y adorarlo.
En Madrid no fue la primera vez que Benedicto XVI se arrodilló delante de la hostia Sagrada, en prolongado silencio. Ya lo había hecho en Colonia, en el año 2005, poco después de haber sido elevado al papado, allí también en la vigilia nocturna con miles de jóvenes, ante el asombro de todos.

Al evaluar este papado, pocos han comprendido la audacia de estos gestos contracorriente. Pero cuando Benedicto XVI los cumple y los explica, lo hace con la actitud apacible de quien no quiere inventar nada propio, sino simplemente ir al corazón de la aventura humana y del misterio cristiano.

También Rafael, hace cinco siglos, en ese sublime fresco de las Salas Vaticanas que es la "Disputa del Santísimo Sacramento", puso la hostia consagrada en el centro de todo, sobre el altar de una grandiosa litúrgica cósmica que ve interactuar al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, a la Iglesia terrenal y celestial, al tiempo y a lo eterno.
Fresco de Rafaél: "La disputa del Santísimo Sacramento"
 Cuando Benedicto XVI convocó su primer sínodo, en el 2005, lo dedicó justamente a la Eucaristía, y quiso que se proyectara durante todo el encuentro ese fresco de Rafael, en una pantalla colocada frente a los obispos allí congregados de todo el mundo.

De Joseph Ratzinger se han discutido las doctas exposiciones en la universidad de Ratisbona y en el Collège des Bernardins de París, en el Westminster Hall de Londres y en el Parlamento Federal de Berlín. Pero un día se descubrirá que el mayor distintivo de este Papa son las homilías, al igual que antes de él lo han sido para San León Magno, el Papa que detuvo la invasión de Atila.

Las homilías son las palabras de Benedicto XVI que no se tienen en cuenta. Las pronuncia durante la Misa, "peligrosamente cercano", entonces, a ese Jesús que está vivo y presente en los signos del pan y del vino, a ese Jesús que – él predica incansablemente – es el mismo que explicó las Sagradas Escrituras a los caminantes de Emaús, en forma tan parecida a los hombres extraviados de hoy, y que se les reveló al partir el pan, como en el cuadro pintado por Caravaggio que está en la National Gallery de Londres, y que desaparece en el momento que es reconocido, porque la fe es así, no es nunca visión geométricamente cumplida, sino que es juego inagotable de libertad y de gracia.
Caravaggio: "Los discípulos de Emaus"
A la fe nula o escasa de tantos hombres de hoy, en las Misas banalmente reducidas a abrazos de paz y asambleas solidarias, el papa Benedicto XVI le ofrece la fe sustancial en un Dios que se hace realmente próximo, que ama y perdona, que se hace tocar y comer.

Ésta era también la fe de los primeros cristianos. Benedicto XVI lo ha recordado en el Angelus de dos domingos atrás. Dijo que el nacimiento del domingo como "día del Señor" fue un gesto de audacia revolucionaria, precisamente porque extraordinario y conmovedor fue el acontecimiento que lo originó: la resurrección de Jesús y sus apariciones posteriores, en su condición de resucitado, entre los discípulos cada "primer día de la semana", es decir, el día del comienzo de la creación.
"El pan terrenal que se convierte en comunión con Dios, dijo el Papa en una homilía, quiere ser el comienzo de la transformación del mundo, para que se convierta en un mundo de resurrección, en un mundo de Dios".
FUENTE: Esta nota fue publicada en L'Espresso n. 18 del 2012, página 26. puesto a la venta el 27 de abril, en la página de opinión que lleva por título “Settimo cielo”, a cargo de Sandro Magister.


“En la vejez seguirá dando fruto”

BENEDICTO XVI Y EL GRANO DE MOSTAZA


A lo largo de la historia de la Iglesia, Dios ha llamado siempre a hombres sencillos que, sumergiéndose personalmente en el Evangelio, pudiesen renovar la Iglesia desde dentro.

El Papa Benedicto XVI no quiere en absoluto volver atrás, sino ir en profundidad como el grano de mostaza que crece sólo desde la profundidad de la tierra.

Dijo el Papa Benedicto XVI:

“Estoy ante la etapa final de mi vida, y no sé lo que me espera. Pero sé que existe la luz de Dios, que Él ha resucitado y que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad. Que la bondad de Dios es más fuerte que todo el mal de este mundo. Y esto me ayuda a caminar con seguridad”.


“Las grandes cosas comienzan siempre en un grano de mostaza"


La comparación con el grano de mostanza no muestra solamente que las grandes realidades comienzan en lo pequeño, según aquel principio elemental que Pierre Teihard de Chardin, en su pensamiento sobre la evolución, ha llamado la ley de los orígenes invisibles; tal comparación pone más bien en evidencia el principio basilar operante en toda la historia de Dios con la humanidad que le pertenece y que el Papa Benedicto XVI ha definido “predilección por lo pequeño”.
En la incomensurable vastedad del cosmos y entre la infinita cantidad de planetas y galaxias, Dios ha elegido la Tierra, este pequeño grano de polvo, para su acción salvífica. Sobre esta pequeña tierra, Dios ha elegido de entre todos los pueblos a Israel, un pueblo prácticamente impotente en el plano político, como columna portadora de su historia con nosotros, los hombres. En Israel, Dios ha elegido el modesto lugar de Belén para acercarse como hombre a nosotros, los hombres. En Belén, Dios ha elegido a una mujer desconocida y poco importante, María, para poder entrar en nuestro mundo. A lo largo de la historia de la Iglesia, Dios ha llamado siempre a hombres sencillos que, sumergiéndose personalmente en el Evangelio, pudiesen renovar la Iglesia desde dentro.
El grano de mostaza no es sólo una comparación de la esperanza cristiana, sino que evidencia también que lo grande nace de lo pequeño no por medio de cambios revolucionarios y tampoco porque los hombres asumamos la dirección de ello, sino porque esto ocurre de modo lento y gradual, siguiendo una dinámica propia. Frente a esto, la actitud cristiana sólo puede ser de amor y paciencia, que es la forma cotidiana del amor. La comparación con el grano de mostaza nos conduce también al corazón del pensamiento teológico de Benedicto XVI, que es el amor: el amor de Dios por los hombres, inimaginable y sin embargo correspondiente al logos, y la respuesta humana a este amor divino que puede realizarse solamente en el amor a Dios y a los hombres.
A la luz del amor, en la comparación de Jesús del grano de mostaza, el acento no está puesto únicamente en la planta que se vuelve grande, sino en la semilla y, por lo tanto, en la esperanza en el tranquilo crecimiento en la paciencia, precisamente porque Dios mismo juzga y aprecia la paciencia como hermana particularmente sensible del amor y por este motivo hace continuamente surgir lo grande de lo pequeño. La comparación está destinada a despertar en nosotros la alegría por lo bello que está intímamente vinculada a la esperanza y nos conduce al misterio de Dios y de su historia salvífica, como subrayó Benedicto XVI en su encuentro con los artistas: “El camino de la belleza nos conduce, entonces, a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, Dios en la historia de la humanidad”.
Por el contrario, los hombres estamos siempre tentados de tomar lo particular por el todo, de intercambiar lo finito por lo infinito, y, en consecuencia, poner el acento, en la comparación de Jesús, en el crecimiento; quisiéramos, con nerviosa impaciencia, tener muy velozmente un gran árbol robusto y, si es necesario, contribuir a esto con nuestras manos, en nuestro esfuerzo de divisar de inmediato un resultado respetable, y en la pastoral corremos el riesgo de confundir la cura de almas con la preocupación por el número. Esta tentación podría derivar esencialmente del hecho de que el pensamiento teológico y la pastoral del Papa Benedicto XVI están constantemente expuestos a graves malentendidos, de los cuales podemos recordar brevemente aquellos expresados con más frecuencia.
Una crítica muy difundida considera que al Papa no le importa la gran Iglesia de pueblo – las “masas”-; él apuntaría más bien a la pequeña grey y se contentaría con ella. En esta crítica es cierto solamente que el Papa está convencido, en realidad, de que la verdadera renovación de la Iglesia no puede partir de las masas, sino sólo de los pequeños movimientos, como es testimoniado varias veces en la historia de la Iglesia y cómo hoy es visible, por ejemplo, en los nuevos movimientos eclesiales que no han sido proyectados por las instancias oficiales de la Iglesia y que precisamente por esto pueden ser considerados un don del Espíritu Santo en la situación de la Iglesia post-conciliar. A los ojos del Papa, sin embargo, cumplen su misión eclesial sólo si actúan como levadura en la Iglesia, haciendo visible que “hay una única Iglesia para todos, que no hay iglesias de élite ni iglesias de elección”: “La Iglesia no es un mercado en el cual cada uno busca su grupúsculo, sino una familia en la cual no me busco a mis hermanos sino que los recibo como don de Dios”. Con la comparación del grano de mostaza, el Papa subraya que la acción en la Iglesia debería tener como punto de referencia su misterio y no exigir tener de inmediato un gran árbol. La Iglesia es, al mismo tiempo, grano de mostaza y árbol, y el Papa lo subraya precisando que “tal vez nosotros deberíamos, la Iglesia debería, encontrarse frente a grandes pruebas (1 Tesalonicenses 1, 6) para aprender de nuevo de qué vive también hoy, vive de la esperanza del grano de mostaza y no por la fuerza de sus proyectos y de sus estructuras”.
Otra crítica más profunda y a menudo repetida sostiene que el Papa Benedicto XVI ha dado marcha atrás y quiere volver a antes del Concilio Vaticano II. Quien no confía ciegamente en los pocos medios de comunicación, que no ofrecen informaciones serias sino sólo entretenimiento, y presta atención en forma autónoma a lo que el Papa hace y dice, puede bien pronto darse cuenta de que el Papa no quiere absolutamente volver “atrás”, como hoy se le reprocha públicamente desde varios sitios, ya sea por ignorancia o por pertenencia a aquellos teólogos que, aún teniendo los conocimientos necesarios, tienen a menudo discursos populistas y sostienen intencionalmente lo contrario a nivel público, confundiendo la honestidad científica con la agitación en política eclesial. El Papa Benedicto no quiere en absoluto volver atrás, sino ir en profundidad como el grano de mostaza que crece sólo desde la profundidad de la tierra. Al Papa, por tanto, no le importan las reformas individuales, le importa que el fundamento y el corazón de la fe cristiana vuelvan a resplandecer. Aspira a una simplificación de la fe cristiana, como ha anunciado hasta ahora ejemplarmente en sus tres encíclicas.
Es tarea urgente de la actualidad elaborar estas y otras críticas y prejuicios, presentando la verdadera fisonomía del pensamiento teológico y del magisterio del Papa Benedicto XVI. En los últimos cinco años he tratado de afrontarlo lo mejor que he podido y en la medida en que mi cotidiano y minucioso trabajo de obispo me ha dejado tiempo para ello, persuadido de que forma parte también de la responsabilidad de un obispo local ayudar a los fieles a orientarse en la confusión de los actuales puntos de vista y en el ruido de las informaciones mediáticas, en la desinformación apuntada y en las deformaciones manipuladas. Con la publicación del presente libro, espero poder ofrecer a un círculo más amplio una ayuda para la orientación y el discernimiento de los espíritus. He asumido esta tarea no en último lugar por la convicción de que hay situaciones en la vida de la Iglesia en que la misión que Jesús ha confiado a Pedro durante la Última Cena, y que vale también para su sucesor, “confirma a tus hermanos” (Lucas 22, 32), debe ser aplicado también a la inversa y precisamente que un obispo local sienta como su deber sostener al Sucesor de Pedro en su importante oficio. A él me vincula sobre todo la irreductible esperanza de que no hay Pascua sin Viernes Santo, pero de que a cada Viernes Santo sigue la Pascua, y que en esto consiste el fundamento más profundo de la alegría cristiana. En esta alegre esperanza estamos bien aconsejados si en el actual Viernes Santo de la Iglesia dirigimos nuestra atención no sólo a los sonoros golpes de la destrucción, sino sobre todo a la silenciosa venida de vida nueva de la noche de Pascua, que trae en sí misma el desarrollo orgánico en el secreto del grano de mostaza.



A.M.G.D  y la  B.V.M
(A Mayor Gloria de Dios  y la  Bienaventurada Virgen María)
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