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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




jueves, 10 de octubre de 2013

LA HORA DEL GETSEMANI - LOS CUADERNOS Parte 2

LA HORA DEL GETSEMANÍ DE MARÍA VALTORTA 


Y no sólo eso, sino que del casto amor con ella le habría concedido hijos bien amados 
para que el hombre y la mujer pudieran decir la palabra más dulce después del Nombre 
de Dios: “¡Hijo mío!”, y los hijos pudieran decir la palabra más santa después del 
Nombre de Dios: “¡Madre!”. 
¡Madre! Quien dice “madre” ya está orando. 
Decir “madre” quiere decir dar gracias a Dios por su Providencia, que da una madre a 
los hijos del hombre y hasta a los pequeños hijos de las fieras y de los animales 
domésticos y de los pájaros voladores y de los mudos peces, para que el hombre no 
conociera el terror de crecer solo y no cayera por falta de apoyo cuando aún era 
demasiado débil para conocer el Bien y el Mal. Decir “madre” quiere decir bendecir a 
Dios que nos hace conocer lo que es el amor a través del beso de una madre y de las 
palabras de sus labios. Decir “madre” quiere decir conocer a Dios que nos da un reflejo 
de su principal atributo, la Bondad, mediante la indulgencia de una madre. Y conocer a 
Dios quiere decir esperar, creer y amar. Quiere decir salvarse. 
Tener un hermano ¿no es como tener, para una planta, la planta gemela que sostiene en 
las horas de borrasca, trenzando las ramas, y que en las horas de alegría aumenta su 
floración con el polen de su amor? 
Por esto he querido que los cristianos se llamasen “hermanos” unos a otros, porque es 
justo, dado que venís todos de un Dios y de una sangre de hombre, y porque es santo, 
porque es un consuelo para los que no tienen hermanos de carne el poder decir al 
vecino: “Hermano, yo te amo. Ámame”. 
Tener un amigo sincero ¿no es como tener un compañero en el camino? Caminar solos 
es demasiado triste. Cuando Dios elige para la soledad de víctima a un alma, Él se hace 
su compañero, porque solos no se puede estar sin capitular. 
La vida es un camino abrupto, pedregoso, interrumpido frecuentemente por quebradas y 
corrientes vertiginosas. Víboras y espinas desgarran y muerden en los escollos del 
terreno. Estar solos significaría perecer. Por esto Dios ha creado la amistad. Entre dos 
crece la fuerza y el valor. También un héroe tiene instantes de debilidad. Si está solo 
¿dónde se apoya? ¿En las zarzas? ¿Dónde se agarra? ¿A las víboras? ¿Dónde se 
recuesta? ¿En el torrente vertiginoso o en el barranco oscuro? Por todas partes LA HORA DEL GETSEMANÍ DE MARÍA VALTORTA 


encontraría una nueva herida y un nuevo peligro. Pero he aquí al amigo. Su pecho es 
apoyo, su brazo soporte, su afecto descanso. Y el héroe recobra fuerza. El caminante 
vuelve a caminar seguro. 
Para valorar la amistad Yo he querido llamar “amigos” a mis apóstoles, y he apreciado 
tanto este afecto que en la hora del dolor he pedido a los tres más queridos que 
estuviesen conmigo en el Getsemaní. Les he rogado que velaran y oraran conmigo, por 
Mí... y al verles incapaces de hacerlo he sufrido tanto que me he debilitado aún más 
siendo, por ello, más susceptible a las seducciones satánicas. Una palabra, si hubiera 
podido intercambiar al menos una palabra con amigos solícitos y comprensivos de mi 
estado, no habría llegado a desangrarme, antes de la tortura, en la lucha por repeler a 
Satanás. 
Pero vida y afectos no deben volverse enemigos. Nunca. Si tales llegan a ser hay que 
romperlos. 
Los he roto, uno a uno. 
Ya había roto la agitación humana de desprecio hacia el Traidor. Y un nervio de mi 
Corazón se había lacerado en el esfuerzo. 
Ahora surgía el miedo de perder la vida. ¡La vida! Tenía treinta y tres años. Era hombre 
en aquel momento. Era el Hombre. Tenía por ello el amor virgen a la vida como lo 
había tenido Adán en el Paraíso terrestre. La alegría de estar vivo, de estar sano, de ser 
fuerte, bello, inteligente, amado, respetado. La alegría de ver y de oír, de poder 
expresarme. La alegría de respirar el aire puro y perfumado, de oír el arpa del viento 
entre los olivos y del río entre las piedras, y la flauta de un ruiseñor enamorado; de ver 
resplandecer las estrellas en el cielo como ojos de fuego que me miraban con amor; de 
ver platearse la tierra por la luna tan blanca y resplandeciente que cada noche vuelve 
virgen el mundo, y parece imposible que bajo su ola de cándida paz pueda actuar el 
Delito. 
Y todo eso tenía que perderlo. No volver a ver, no volver a oír, no moverme más, no 
volver a estar sano, no volver a ser respetado. Hacerme el aborto purulento que se 
esquiva con el pie volviendo la cabeza con repugnancia, el aborto expulsado de la 
sociedad que me condenaba para quedar libre de darse a sus vergonzosos amores. LA HORA DEL GETSEMANÍ DE MARÍA VALTORTA 


¡Los amigos!... Uno me había traicionado. Y mientras que Yo esperaba la muerte él se 
apresuraba a traérmela. Creía que iba a alegrarse con mi muerte... Los otros dormían. Y 
aún así les amaba. Habría podido despertarles, huir con ellos, a otro sitio, lejos y salvar 
vida y amistad. Y en cambio tenía que callar y quedarme. Quedarme quería decir perder 
los amigos y la vida. Ser un repudiado, eso es lo que quería decir. 
¡La Madre! ¡Oh amor de Madre! ¡Invocado amor inclinado sobre mi dolor! ¡Amor que 
he rehusado para no hacerte morir con mi dolor! ¡Amor de mi Madre! 
Sí, lo sé. Te llegaba cada sollozo, ¡oh Santa! Cada vez que te llamaba cada una de mis 
invocaciones atravesaba el espacio y penetraba como espíritu en el aposento en que tú, 
como siempre, pasabas tu noche orando, y en aquella noche, orando no con éxtasis sino 
con tormento en el alma. Lo sé, y me prohibía a mí mismo llamarte, para no hacerte 
llegar el lamento de tu Hijo, ¡oh Madre mártir que iniciabas tu Pasión, solitaria como 
Yo solitario, en la noche del Jueves pascual! 
El hijo que muere entre los brazos de su madre no muere: se adormece acunado por una 
nana de besos que continúan los ángeles hasta el momento en que la visión de Dios 
quita de la memoria del hijo el deseo de su madre. Pero Yo tenía que morir entre los 
brazos de los verdugos y en un patíbulo, y cerrar los ojos y los oídos al griterío de 
maldiciones y gestos de amenazas. 
¡Cómo te amé, Madre, en aquella hora del Getsemaní! 
Todo el amor que te había dado y que me habías dado durante treinta y tres años de vida 
estaban ante Mí y sostenían su causa y me imploraban que tuviera piedad de ellos, 
recordándome cada uno de tus besos, cada uno de tus cuidados, las gotitas de leche que 
me habías dado, mis piececitos fríos de niño pobre en el hueco tibio de tus manos, las 
canciones de tu boca, la ligereza de tus dedos entre mis abundantes rizos, y tus sonrisas, 
y tu mirada y tus palabras, y tus silencios, y tu paso de paloma que posa sus rosados 
pies en el suelo pero tiene ya las alas entreabiertas, preparadas para el vuelo, y ni 
siquiera hace que se plieguen los tallos, de tan ligero que es su caminar, porque Tú 
estabas en la Tierra para mi alegría, ¡oh Madre! pero siempre tenías las alas trémulas de 
Cielo, ¡oh santa, santa, santa y enamorada! 

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