BIENVENIDO

“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




jueves, 5 de diciembre de 2013

INMACULADA CONCEPCIÓN - 8 DE DICIEMBRE DE 2013

¿Quién es esa mujer? ¿La iglesia, María, o bien las dos juntamente? Intentaremos esbozar una respuesta, haciendo una síntesis concisa de los argumentos presentados por las diversas orientaciones de lectura exegética. Prescindiremos, sin embargo, de las cuestiones introductorias que todavía se siguen discutiendo y que se refieren al autor del libro (¿el nombre de Juan responde al del apóstol, o se trata de un pseudónimo?), a su unidad estructural, a su estilo, a la fecha de su composición… Baste la siguiente indicación. Se admite bastante generalmente que el Apocalipsis vio la luz bajo el reinado de Domiciano, hacia el año 95. A pesar de las diferencias de lengua y de estilo, revela un parentesco innegable con los demás escritos de Juan, de cuya doctrina se muestra sensiblemente empapado.

1. CONTACTOS DE APOCALIPSIS 12 CON GÉNESIS 3,15.

Puede resultar sorprendente, pero hay que reconocer que entre los textos del NT, si exceptuamos la alusión probable de Rom 16,2O, solamente en Ap 12 hay evidentes alusiones a Gén 3,15.
Gn/03/15: “Yo pongo enemistad entre ti y la mujer…”, decía el antiguo oráculo del Génesis, conocido como el protoevangelio. La mujer no puede ser más que Eva, es decir. Ia mujer de la que el autor ha estado hablando hasta aquel momento. Lo exige el articulo determinado (la), que supone un vinculo con la narración precedente. “… Entre tu linaje y el suyo…” El linaje de la serpiente designa a los que han asimilado el engaño del seductor, haciéndose así hijos suyos, gregarios suyos, siguiendo sus instigaciones al mal (cf Sab 2,24; Jn 8,44). Por exclusión, el linaje de la mujer está constituido por aquellos que se mantienen fieles a los caminos de Dios. “… Él (el linaje) te aplastará la cabeza mientras tú te abalances a su calcañal”. Es sabido que, según el texto hebreo, el que aplaste la cabeza de la serpiente no será la mujer sino su linaje. ¿A quién hemos de ver en este linaje o descendencia, que ha de alcanzar la victoria definitiva? ¿A una colectividad (el linaje de la casa real de David), a un grupo, o bien a un individuo? Las respuestas se muestran vacilantes y, rigurosamente hablando, no entran dentro de los límites de nuestro tema. De todas formas, queda en pie el hecho de que la derrota de la serpiente es mortal, desde el momento en que se le aplasta la cabeza. Dios se pone de parte del hombre (“Yo pongo enemistad…”). Israel sabe que puede contar con las promesas de Dios, que no se arrepiente nunca de lo prometido.
/Ap/12/Gn/03/15: El c. 12 del Apocalipsis presenta muchos contactos con Gén 3,15. En efecto, al dragón se le califica como “la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el seductor del mundo entero” (v. 9). Se encuentra en abierta hostilidad contra la mujer. En primera instancia se presta a devorar a su hijo apenas lo haya dado a luz (v. 4). Fracasado este primer intento (vv. 5.12), se pone a perseguir a la mujer (v. 13), vomita tras ella como un río de agua (v. 15), se irrita contra su persona y finalmente “se va a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (v. 17).

2. GÉNESIS 3.15 EN LOS SETENTA Y EN EL”TARGUM” PALESTINO

Con vistas a la reflexión que vamos a elaborar es importante ver cómo han releído Gén 3,15 la versión griega de los Setenta (s. III-II a.C.) y la aramea del targum de Palestina, quizá también anterior al NT.
a) La versión griega de los Setenta. Esta versión atestigua con claridad la expectativa de un mesias-persona. Efectivamente, en la parte final de Gén 3,15 traduce de este modo: “Él te aplastará la cabeza”. Hay que observar que se da aquí una disonancia respecto a la sintaxis a saber: el pronombre él (griego autós) es masculino, a pesar de que se refiere al sustantivo linaje o semilla, que en griego es neutro (ta sperma). Por tanto, el traductor debería haber usado el pronombre neutro autó (es decir, el linaje). La falta de concordancia entre el pronombre de tercera persona masculino él y el sustantivo neutro linaje confirma que para los judíos contemporáneos de la versión de los Setenta el mesías era un individuo, una persona singular, y no un pueblo en general.
b) La versión aramea del “targum” palestino. Traduce Gén 3,15 de manera parafrástica, es decir, no totalmente literal, sino con añadidos libres. La elaboración de este targum suena de este modo en la recensión llamada del pseudo-Jonatán: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre los descendientes de tus hijos y los descendientes de sus hijos. Y sucederá que, cuando los hijos de la mujer observen los preceptos de la ley (mosaica), te tomarán ojeriza y te aplastarán la cabeza. Pero cuando se olviden de los preceptos de la ley, serás tú el que les aceches y les muerdas en el calcañar. Sin embargo, para ellos habrá un remedio, mientras que para ti no habrá remedio. Ellos encontrarán una medicina (?) para el calcañar en el día del rey mesías” 130.
Lo que se deduce ante todo de la mencionada paráfrasis es lo siguiente. El linaje de la mujer se interpreta en sentido colectivo y personal al mismo tiempo; en efecto, los que observan (o dejan de observar) la ley de Moisés son los que se enfrentan con la serpiente. Estamos por tanto en el ámbito del pueblo de Israel, para el cual habrá una salvación irreversible en contra de las asechanzas de la serpiente con la aparición del mesías. Entonces, prácticamente, la mujer del Génesis y su descendencia llegan a identificarse con la comunidad de Israel en camino hacia la redención mesiánica. Más sencillamente, con el pueblo elegido junto con su mesías. No estamos lejos del mensaje de Ap 12, como diremos enseguida.

3. UNA “MUJER” REVESTIDA DE LUZ, CORONADA POR UNA DIADEMA.

Los primeros trazos de la mujer-signo se describen de esta manera: “Una mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza” (v. 1). Los símbolos se sobreponen en niveles sucesivos, como revelan los términos mujer, sol-luna-estrellas, corona, doce.
a) La “mujer”. MUJER-AP: Estamos en presencia de una imagen sacada de la terminología bíblico-judía, en donde tanto la ciudad de Jerusalén como el pueblo elegido se representan a menudo bajo la personificación de una mujer. Es la mujer de la alianza. Hacia este terreno semántico nos había orientado discretamente Ap 11, 19: “Entonces se abrió el templo de Dios. el que está en el cielo, y se vio en su templo el arca de su alianza ”
b) “Sol-luna-estrellas”. Son las tres fuentes de la iluminación cósmica (cf Ap 6,12; 8,12). La luz, que es el manto de Dios (Sal 104,2), se centra por completo en la mujer.
El sol. En la biblia el sol es la característica más emblemática de Dios; es la criatura que mejor expresa su trascendencia. Además, el gesto de vestir, cuando tiene por sujeto a Dios, significa el amor, la ternura, la solicitud que él muestra: por ejemplo, con Adán y Eva después de la caída (Gén 3,21), con los lirios del campo (Mt 6,30)… Más frecuentemente, el objeto de esta atención tan solícita es Jerusalén-lsrael en cuanto esposa de Yavé. Como consecuencia del pacto nupcial, Dios la adorna con trajes finísimos y ornamentos preciosos (Ez 16,10-13a). Le dice el profeta: “Revístete de tu magnificencia, Sión” (Is 52,1). Y Jerusalén responde: “Exulto, exulto en Yavé y mi alma jubila en mi Dios, porque me ha puesto los vestidos de la salvación, me ha envuelto en el manto de la justicia” (Is 61,10). Volviendo a Ap 12,1, se diría que Dios muestra su cuidado amoroso por la mujer, dándole por vestido lo mejor que tiene, es decir, su sol (cf Mt 5,45). Por tanto, ella resplandece “hermosa como la luna, brillante como el sol” (Cant 6,10).
La luna. También para la mentalidad bíblica la luna es el astro que preside la división del tiempo en días, meses, años y estaciones… (Gén 1,14-19), se sabe, por otra parte cuánta importancia tenía el calendario lunar para la cronología tanto profana como litúrgica. Si la luna está bajo los pies de la mujer, esto significa que la mujer ejerce un dominio sobre el tiempo, es su patrona (cf Sal 110,1; Jos 10,24). Aun viviendo en el tiempo, la mujer-pueblo de Dios es superior en cierto modo a las vicisitudes de este tiempo y no permanece condicionada al mismo en sentido absoluto. Es como si el tiempo se hubiera detenido delante de ella. La alianza con Dios va más allá de las vicisitudes terrenas, vence al tiempo, es eterna (cf Sal 89, 37-38).
Las estrellas. También ellas guardan relación con la zona de la trascendencia de Dios (Is 14,13; Job 22,12). Hemos de añadir además que la luz alimentada del sol, de la luna y de las estrellas es en el pensamiento judío el distintivo de los justos que han alcanzado la glorificación en el cielo.
c) Una “corona”. Del factor luz pasamos al elemento corona, que subraya ulteriormente la connotación gloriosa de la mujer. La corona es símbolo del triunfo, de la victoria, como puede verse en el empleo metafórico de este vocablo en el NT en general y en el Apocalipsis en especial.
d) El número “doce”. La elección de esta cifra podría designar las doce tribus de Israel. La inspiración de fondo para este simbolismo es probable que provenga del pasaje tan conocido de Gén 37,9, en donde José cuenta a su padre y a sus hermanos que ha visto en sueños al sol, la luna y once estrellas que se postraban ante él, el sol y la luna (como entiende muy bien Jacob) representaban al padre y a la madre de José, mientras que las estrellas eran figura de sus hermanos. Las equivalencias simbólicas del marco de composición de Gén 37,9 alcanzan un enorme éxito en la literatura judía (algunos suelen citar para ello el Testamento de Neftalí 5,2-4, aunque no sea ésta la alusión mas pertinente).
Sin embargo, esta primera lectura interpretativa tiene que ser integrada por una segunda, a saber: la mujer es también figura del nuevo pueblo de Dios, que es la iglesia de Cristo. La extensión neotestamentaria de esta aplicación simbólica está justificada al menos por dos motivos: en primer lugar, poco antes la misma mujer se presenta como madre del Cristo-mesías, elevado al trono de Dios (v. 5), y de todos los que viven los mandamientos divinos, dando testimonio de Jesús (v. 17); en segundo lugar, al final del libro la mujer de Ap 12 asumirá el relieve de “mujer-esposa del Cordero” (Ap 21,2-9). Ella es “la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios… [y] tenía un muro grande y alto con doce puertas; sobre las puertas, doce ángeles y nombres escritos, los de las doce tribus de los hijos de Israel… El muro de la ciudad tenía doce fundamentos y sobre ellos doce nombres, los de los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21,10. 12.14). En esta mujer-esposa tenemos claramente la confluencia del pueblo de Dios de ambos Testamentos: de las doce tribus de Israel (v. 12) se pasa a los doce apóstoles del Cordero (v. 14). En algunos pasajes del NT la iglesia es considerada como el conjunto de las doce tribus de Israel (Mt 19,28, Lc 22,30, Sant 1,1). Sintetizando todo lo que hemos venido diciendo, en la mujer del Apocalipsis es posible comprender al pueblo de Dios de las dos alianzas: la iglesia del antiguo Israel, que se prolonga luego en la del nuevo Israel con Jesucristo y sus discípulos de todos los tiempos.
Pasando ahora a los versículos que se refieren al parto de la mujer, descubriremos otras razones de su valencia eclesial-comunitaria y comprenderemos más profundamente todavía por qué es al mismo tiempo gloriosa y perseguida.

4. EL PARTO DE LA “MUJER”, FlGURA DEL MlSTERIO PASCUAL DE CRISTO.

La escena de la mujer en dolores de parto es un medio expresivo bastante familiar en el AT y en el judaísmo. De manera plástica, incisiva, describe un sufrimiento desgarrador, típico por ejemplo del día de Yavé.
Ap 12 recibe este canon en los siguientes términos: `’Estaba encinta y gritaba con los dolores de parto y las angustias de dar a luz” (v. 2); “el dragón se puso delante de la mujer en trance de dar a luz, para devorar al hijo tan pronto como le diera a luz” (v. 4b); “Ella dio a luz un hijo varón, el que debía apacentar a todas las naciones con una vara de hierro; el hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono” (v. 5). Los dolores de la parturienta y el rapto de su hijo recién nacido no tienen que referirse al nacimiento de Jesús en Belén, sino al misterio pascual, es decir, a la “hora” de la pasión y resurrección de Cristo. Los motivos que nos orientan hacia esta hermenéutica del signo son de diversa naturaleza.
a) La muerte-resurrección de Cristo como “nacimiento”. En otros lugares del NT el paso de Jesús de este mundo al Padre se concibe al estilo de un nacimiento, de una generación mística. Véase en primer lugar a Juan, que tiene tantas semejanzas con la tradición del Apocalipsis. Pues bien, precisamente en el cuarto evangelio Jesús habla personalmente de la pena y de la alegría que siente la mujer cuando da a luz un niño, aplicando este lenguaje parabólico a la aflicción con que habrían de encontrarse los discípulos por causa de su muerte y al gozo que les inundaría al volver a ver al Maestro resucitado: “La mujer —son éstas las palabras de Jesús— cuando está de parto está triste, porque llegó su hora; pero cuando ya ha dado a luz el niño, no se acuerda más de la angustia, por la alegría de que ha nacido al mundo un hombre. Así también vosotros estáis ahora tristes; pero yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría” (Jn 16, 21-22). También la tradición de Lucas habla de la resurrección de Jesús en términos de generación. En efecto Lucas refiere el discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (He 13,16-40). En el curso de aquella homilía el apóstol citaba el Sal 2,7 (“Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy”), y lo actualizaba (He 13,32-34) en la acción de Dios (Padre) que resucita a Jesús (el Hijo), liberándolo así de las angustias de la muerte (He 2,24), de manera que no tenga ya que volver a la corrupción (Hch 13, 34).
b) Los salmos 2 y 110 reinterpretados en clave pascual. Ap 12,5a (“un hijo varón, el que debía apacentar a todas las naciones con un cetro de hierro”) es una cita del Sal 2,8.9 en los Setenta: “Pídeme y te daré en herencia las naciones… Ios regirás con cetro de hierro”). Además Ap 12,5b (“El hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono”) parece ser una reminiscencia libre del Sal 110,1: “Palabra de Yavé a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que haga a tus enemigos estrado de tus pies”. Sabemos que los salmos 2 y 110 son los que más se utilizan en el NT para anunciar la resurrección de Cristo; por consiguiente, el empleo simultáneo de los dos salmos mencionados en Ap 12, 5 confirmaría la óptica pascual del parto de la mujer que allí se describe. Aquel parto sería índice de la profunda angustia que invadió a la comunidad de los discípulos cuando su Maestro les fue arrebatado violentamente por el poder de las tinieblas (Jn 16,21a.22a; cf Mc 2,20; Mt 9,15; Lc 5,35; 22,53). Y en el rapto del niño recién nacido a la esfera celestial se despliega la energía divina que actúa en la pascua. Aquí (lo mismo que en He 8,9; 2Cor 13,2.4, y ITes 4,17), el verbo ser arrebatado se aplica a la fuerza de Dios que actúa por encima de toda influencia humana. Haciendo resurgir a Jesús de entre los muertos el Padre sustrae a la humanidad del Hijo de la condición débil y pasible de aquí abajo, para hacerla nacer, es decir, para renovarla radicalmente con la fuerza del Espíritu (cf He 2,24; Rom 8,11; Ef 1,19-22…).
Entre los que han comentado Ap 12 durante los últimos diez años nos parecen dignos de mención especial U. Vanni (1978) y F. Montagnini (1984). En opinión de U. Vanni, el parto de la mujer fija plásticamente la tensión fatigosa, el espasmo diríamos, que siente toda comunidad eclesial al engendrar a su Cristo en su propio seno. A pesar de las fuerzas adversas, que tienen su peso terrorífico en las vicisitudes humanas, el grupo de los creyentes consigue expresar a Cristo para hacerlo crecer hasta la estatura completa (cf Gál 4,19; Ef 4,13). Es éste el hijo de la mujer, que es raptado hacia el trono de Dios. Es decir: aunque resulte débil y frágil en comparación con todos los manejos que prepara el mal, esa parte de fe y de amor que la iglesia consigue concretar en su existencia queda como asumida y hecha propia por la omnipotencia divina. Esos frutos parciales de la fe activa de la iglesia están ya en la línea del triunfo escatológico, el que Cristo sabrá conseguir al final de la historia de la salvación, cuando quede totalmente aniquilado el maligno. Bastante parecida es también la posición de F. Montagnini. Ap 12,5 —opina este autor— podría significar perfectamente el extravío, la dificultad con que tropieza la comunidad prepascual de los discípulos cuando se trata de aceptar a un mesías sufriente, siendo así que en su mente había otros proyectos muy distintos sobre la liberación de Israel. Pero la iglesia se vio a salvo entonces, ya que llegó a dar a luz a Cristo en armonía con la voluntad divina, con los designios del Padre, y también se siente hoy a salvo cuando, fatigosamente pero de manera victoriosa, llega a profesar su fe plena en Cristo Jesús salvador. Sin embargo, nos parece (lo repetimos una vez más) que en el fondo de la reflexión simbólica permanece en Ap 12,5 el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. En otras palabras, es el misterio pascual el que desempeña la función de motivo conductor desde el principio hasta el final de la obra (Ap 1,18; 2,8; 3,21; 6,6-13; 19,11-16…). Se trata de la transcripción figurativa de las palabras de Jesús: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera” (Jn 12,31). Estas palabras tienen un eco que se puede percibir en los siguientes versículos de Ap 12: “Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el seductor del mundo entero, y sus ángeles fueron precipitados con él. Y oí una voz fuerte en el cielo que decía: Ahora ha llegado la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la soberanía de su Cristo…” (vv. 9-10a). La mente de “los que escuchan las palabras de esta profecía” (Ap 1,3) difícilmente podrían disociar la escena dramatizada en Ap 12,5 de la experiencia central de Cristo muerto y resucitado.

5. UNA IGLESIA TODAVÍA PERSEGUIDA

I/PERSECUCION: Jesús habla confiado a los suyos: “Si el mundo (= el maligno) os odia, sabed que me odió a mi antes que a vosotros… El siervo no es más que su señor. Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros” (/Jn/15/18-20). En el Apocalipsis el Espíritu le repite a la iglesia la profecía de Jesús: con alusiones continuas al AT, el vidente revela que la mujer que peregrina por el desierto de este mundo se verá expuesta a los ataques de Satanás durante 1.260 días.
a) El desierto, lugar de prueba. DESIERTO/PRUEBA: En el desierto, antiguamente, el pueblo de Dios llevaba a cabo su peregrinación hacia la tierra prometida, la tierra del descanso. Durante aquel largo itinerario Israel tropezó con mil adversidades que, pensándolo bien, no eran ajenas a la providencia amorosa de Yavé para con los suyos. Exhortaba el Deuteronomio de esta manera: “Acuérdate del camino que Yavé te ha hecho andar durante cuarenta años a través del desierto con el fin de humillarte, probarte y conocer los sentimientos de tu corazón y ver si guardabas o no sus mandamientos” (Dt 8,2).
La iglesia vuelve a vivir aquella experiencia, aunque en la novedad cristiana. Efectivamente, la mujer, después de haber engendrado a su hijo varón, tiene que huir al desierto (Ap 12,6). La serpiente-dragón se levanta contra ella (v. 13); desde su boca vomita contra la mujer como un río de agua para sumergirla (v. 15); y luego corre para hacer la guerra a lo que queda de su descendencia, es decir, a los discípulos de Cristo, a los santos “que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (v. 17; cf 14, 12) Y no sólo eso. Siempre en el desierto, Satanás moviliza a sus propios aliados, a quienes transmite su poder diabólico. Efectivamente, en el desierto pone su campamento otra mujer, que es la antítesis de la mujer-pueblo de Dios. Se trata de Babilonia la grande (¿la Roma pagana?), ebria de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17,3-6). Se sienta sobre una bestia color escarlata que tiene siete cabezas y diez cuernos, símbolo de los reyes que son gregarios suyos y que luchan contra el Cordero (17,3.9-14a; cf 13,1-2).
b) Los 1.260 días. NU/1260-DIAS NU/42-MESES: ¿Durante cuánto tiempo tendrá que permanecer en el desierto la mujer perseguida? Responde el vidente: durante 1.260 días (Ap 12,6). Esta cifra tiene su paralelo próximo en Ap 12,14, en donde se repite que la mujer encontrará de comer en el desierto “durante un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo”, fórmula claramente derivada de Dan 7,25 (cf 12,7), que la utilizaba en relación con la persecución de Antioco IV Epifanes (168-165 a.C.). Los 1.260 días corresponden también a todo el periodo en que se desarrolla la misión profética de los dos testigos (Ap 11,3). Además, el número mencionado es el producto de 42 X 30 (= 1.260); por consiguiente equivale con toda exactitud a los cuarenta y dos meses lunares (de treinta días cada uno) en los que muestra toda su perversidad tanto la persecución de los paganos que pisotean la ciudad santa (Ap 11,2) como el poder blasfemo de la bestia (Ap 13,5).
Así pues en sustancia, las tres expresiones (1.260 días, 1 + 2 tiempos + la mitad de un tiempo, cuarenta y dos meses) son semejantes y expresan una relación no aritmética, sino cualitativo-simbólica. Es decir, sirven para designar un periodo de fuertes tribulaciones, de violencia, de angustia, de calamidades, de muerte… Por lo demás, ya en el AT, fuera de Dan 7,25, tenemos antecedentes análogos también para los “tres años y medio”, es decir, cuarenta y dos meses (cf I Re 17,1.18, en la cita de Lc 4,25 y Sant 5,17), y el número 42 (Jue 12,6; 2Re 2,24; 10,14; cf también Núm 35,6; Esd 2,24, y Neh 7,28). Así pues, a pesar de todo, la persecución tiene un limite. De hecho, los “tres años y medio” son la mitad de siete, número perfecto. Se trata de una totalidad partida a medias. El simbolismo de los “tres y medio” tiene por tanto la función de subrayar que los tiempos de la angustia, aunque parezcan largos, son parciales y no afectan al tiempo de Dios. Satanás sabe que tiene “poco tiempo” (Ap 12,12).

6. UNA IGLESIA VICTORIOSA.

Las palabras proféticas de Jesús sobre las futuras tribulaciones de la iglesia iban acompañadas de una promesa consoladora; lo mismo que él había derrotado al maligno, así también los discípulos tendrían la fuerza suficiente para superar todo cuanto se opone al evangelio. Es lo que decía el Señor: “En el mundo tendréis tribulaciones, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
El Apocalipsis repite sin descanso que el triunfo pascual del Cristo-mesías es compartido por sus fieles. “Al vencedor le daré el sentarse conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido, me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap 3,21; cf 2,26). Los cristianos podrán derrotar a su vez al dragón en virtud de la sangre del Cordero y gracias a su testimonio personal, llevado a cabo con firmeza hasta el final y rubricado en el martirio (Ap 2,26a; 12,11; 17,14).
Son éstas las certezas confortantes que infunden coraje a la iglesia, la cual “prosigue en su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (san Agustín, De civitate Dei 18,51,2, citado por la LG 8). Nos explicamos así cómo el Apocalipsis, a pesar de conocer las travesías que aguardan a la comunidad de los creyentes, no vacila en situar a la mujer en la esfera de la luz divina y en representarla con una corona sobre la cabeza (Ap 12,1). Elia ha conseguido ya la prenda de la victoria en la resurrección de Cristo. Cristo tiene el poder sobre la muerte y sobre los infiernos (Ap 1,18) y camina en medio de los suyos (Ap 2,1). Como un hábil contrapunto con el AT, el autor del Apocalipsis enseña que el Resucitado asiste a la iglesia en las etapas de su viaje por el tiempo, a fin de conducirla hasta él para la consumación final de la historia.
a) El desierto, lugar de la protección divina. En el transcurso de la antigua alianza el desierto fue en primer lugar el espacio del refugio. Efectivamente, allí Dios concedió descanso a Israel después de haberle hecho salir de Egipto (Éx 13,18), llevándolo como sobre alas de águila (Ex 19,4, Dt 32,11, cf Sal 103,5 e Is 40,31). En el desierto le proporcionó a su pueblo el alimento del maná, de las codornices, del agua (Éx 16,1-36; 17,1-7), de la misma manera que más tarde proporcionaría pan a Elías ( I Re 17,1-7). En el desierto la tierra se abrió para tragarse a Coré, Datán y Abirón con todas sus familias y sus seguidores (Núm 16,1-35). Sin embargo, el desierto no era el asentamiento definitivo, era más bien una etapa intermedia, aunque prolongada, hasta llegar a Palestina, el lugar que Dios tenía preparado para que descansara allí finalmente su pueblo (Éx 23,20). Estos antecedentes del antiguo pacto eran sombra de los bienes futuros, los del pacto nuevo sellado en Jesucristo (cf Heb 10,1). Y realmente el Apocalipsis vuelve a releer aquellas páginas dentro de una perspectiva cristológico-eclesial. También la mujer, figura del nuevo pueblo de Dios, experimenta de forma tangible el socorro divino. En el desierto hay un lugar de refugio preparado para ella (Ap 12,6a.14b) y puede llegar hasta allí volando, ya que se le han dado las dos alas del águila grande (v. 14a; cf Ap 8,13 y Ex 19,4, Dt 32,11). En el desierto, lejos de la serpiente, la mujer encuentra su sustento (Ap 12,6.14), que podría aludir al pan de la eucaristía, nuevo maná (cf Jn 6,48-58). Si Coré, Datán y Abirón desaparecieron tragados por las fauces del desierto, ahora la tierra abre un abismo para poder absorber el río que ha vomitado el dragón contra la mujer (Ap 12,16).
b) Una meta ultrahistórica: la nueva Jerusalén. Pero también para la mujer, a semejanza de lo que había ocurrido con Israel, hay una última cita que está más allá del desierto. Se le ha señalado una meta ultraterrena. Efectivamente, su vocación es la de convertirse en la “mujer-esposa del Cordero” (Ap 21,9), en la nueva Jerusalén (21,2), en donde ya “no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena, porque el primer mundo ha desaparecido” (Ap 21,4). El cambio de suerte que han realizado Dios y el Cordero se manifiesta ahora en toda su perfección. No es ya en el desierto, sino en “un monte grande y excelso” (Ap 21,10), donde aparecerá la nueva Jerusalén. Ni serán ya tampoco ahora el sol y la luna las fuentes de su esplendor ya que “la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23; cf Is 60,1-2.19-20). En una palabra, ¡se acabaron los días de luto! (cf Is 60,20).

7. ¿TAMBIÉN MARÍA ES LA “MUJER” DE APOCALIPSIS 12?

Con esto llegamos a la cuestión formal de nuestra reflexión: ¿es legítimo ver también a María en la mujer del “gran signo”? ¿Estaba presente la figura de la virgen María en la mente de Juan, autor del libro? A partir de los años cincuenta ha ido creciendo notablemente el número de exegetas que no vacilan en hablar de una extensión mariológica en el c 12 del Apocalipsis. La mujer —opinan— simboliza en primer lugar y directamente a la iglesia del pueblo de Dios de ambos Testamentos; pero indirectamente (in obliquo, por así decirlo) se incluye también allí a la virgen María. ¿En qué sentido? Aquí es preciso definir con la mayor exactitud posible las diversas categorías de aplicación Mariana. Algunas se apoyan en fundamentos bastante próximos al sentido literal del texto. Otras se derivan más bien de una reflexión global sobre la presencia y la misión de María según el NT o bien son fruto de inducciones de carácter teológico-especulativo. Pondremos algunos ejemplos.
a) María en la hora de la pasión, junto a la cruz. El parto doloroso de la mujer y el rapto de su hijo varón junto al trono de Dios, como hemos dicho, tienen todas las probabilidades de ser una escena dramatizada del misterio pascual. Una vez sentada esta premisa, podría resultar muy iluminador el que nos diéramos cuenta de que precisamente en Jn 16,21-23 este mismo misterio es presentado por Jesús mediante la imagen parabólica de la parturienta (véase supra, 4). Por consiguiente, si el parto de la mujer de Ap 12 se refiere a la pasión glorificadora de Cristo, entonces el cuadro de Ap 12 tiene que interpretarse igualmente a la luz de Jn 19,25-27. Es decir, está claro que la versión simbólica del misterio pascual de Cristo que se nos ofrece en el Apocalipsis recibe nuevas aportaciones de la versión histórica que da del mismo el cuarto evangelio. En efecto, gracias a Jn 19,25-27 podemos saber que en la hora en que Jesús pasaba de este mundo al Padre la comunidad mesiánica al pie de la cruz estaba representada por el discípulo que amaba Jesús y por unas cuantas mujeres (¿cuatro?), entre las que el evangelista concede el primer lugar a la madre de Jesús.
La mujer coronada de doce estrellas, en angustias de parto, representa en primer lugar la aflicción del resto fiel del pueblo elegido en el momento en que el mesías era engendrado a la gloria de la resurrección a través de los dolores de la pasión. La maternidad metafórica de la mujer no se extiende solamente al mesías resucitado, sino también a todos sus hermanos, es decir, a todos aquellos que guardan los mandamientos de Dios y son fieles al testimonio que dio Jesucristo. ¡Ése es el antiguo y el nuevo Israel! En segundo lugar, y por vía indirecta, en esa mujer estaría también incluida la virgen María. Todo ello debido a lo que escribe Jn 19,25-27. En el momento en que Jesús pasaba de este mundo al Padre, la comunidad mesiánica estaba representada principalmente a través de la presencia de su madre. En aquella hora Jesús revela que María tiene también una función maternal que cumplir respecto al discípulo amado, tipo de todos sus discípulos.
La diferencia que hay entre Ap 12 y Jn 19,25-27 consiste en que mientras la escena del Apocalipsis tiene una tonalidad eclesial, la del cuarto evangelio se centra más bien en la persona de María. Pero se trata de una diferencia complementaria. Por eso el c. 12 del Apocalipsis confirma el significado eclesiológico de María al pie de la cruz, y viceversa, la presencia de María al lado del Crucificado hace posible la extensión mariológica a la mujer del Apocalipsis, en lucha contra el dragón.
Este género de argumentación (propuesto especialmente por A. Feuillet) es uno de los más apreciables en el nivel del sentido literal. Efectivamente (como reconocen no pocos exegetas), existen frecuentes contactos entre la tradición codificada en el Apocalipsis y la de los escritos seguramente joaneos.
b) María, la “llena de gracia”. En la mujer revestida de sol los ojos de la fe podrán contemplar a María con pleno derecho. Debido a la misión única y excelsa a la que ha sido llamada por Dios, la Virgen se vio envuelta por la complacencia y por el favor misericordioso de Dios (cf Lc 1,28: kejaritoméne; 1,48).
c) María, “la parturienta de Belén”. Una vez admitido que la mujer de Ap 12 es también figura del antiguo pueblo de Dios, será preciso reconocer que solamente a través de la maternidad física de María la mujer-lsrael engendra de su seno al mesías. Por eso Ap 12 puede referirse también en sentido amplio al parto de Belén.
d) María, la “mujer” de la fe atormentada. En los dolores del parto, como decíamos, se expresa entre otras cosas el itinerario tan difícil de fe que lleva a cabo la comunidad prepascual de los discípulos para llegar a aceptar un mesías que sufre. Dentro de esta perspectiva es posible colocar con toda dignidad a la madre de Jesús, efectivamente, María acogió en su hijo al mesías tal como Dios se lo proponía y vivió ejemplarmente el drama de Cristo crucificado. De esta manera la Virgen engendró a Cristo sobre todo en el orden de la fe.
e) María, miembro de una iglesia perseguida por el mundo y socorrida por Dios. Pensando en las hostilidades de la serpiente contra la mujer en el desierto y en la asistencia divina de que se ve protegida, la mente del lector no podrá ignorar que también María fue partícipe del misterio de muerte y de resurrección que vivió la iglesia apostólica. En efecto la Virgen vivía en el seno de la comunidad de Jerusalén (He 1,14). Pues bien, esta comunidad fue muy pronto objeto de persecución por parte de las autoridades judías, mientras que al mismo tiempo experimentaba de manera tangible la fuerza liberadora de Cristo resucitado, su Señor (cf He 4,5-31, 5,17-41, 6,97,60; 8,1-3; 9,1-2; 12,1-19).
f) María, asunta a la gloria celestial. El término escatológico de la mujer de Ap 12 es el de ser glorificada en los cielos nuevos y la tierra nueva de la Jerusalén celestial, como “mujer-esposa del Cordero ” (Ap 21, 1-22,5). Levantando la mirada hacia esa humanidad transfigurada en Jesucristo, muchas voces de la tradición eclesial han encontrado abundantes motivos para celebrar en el gran signo de la mujer la asunción de María al lado de su Hijo. En ella redimida en la integridad de su persona, la iglesia se goza en saludar la primicia y la prenda de la gloria perfecta, que será comunicada a todas las criaturas como fruto de la salvación universal realizada por Cristo Dios-con-nosotros (cf Ap 21,34).
Para cada uno de los aspectos marianos que aquí hemos señalado como ejemplos, me parece que resulta muy adecuado el criterio hermenéutico formulado por U. Vanni. Este autor insiste en la connotación eclesial de Ap 12 y afirma en términos muy claros que la mujer no es María. Pero luego añade que “también es posible dar un paso legítimo en la dirección mariológica…; (y) esto no constituye ningún añadido devocionista y mucho menos se plantea como interpretación exegética alternativa o mera aplicación eclesial. Lo que hace más bien es subrayar la riqueza pluriforme, supraconceptual, del símbolo, que raras veces llega a explotarse colmadamente. También el gran signo alcanza su plenitud de significado sólo cuando el mismo llega a ponerse en contacto inmediato con toda la realidad de la vida eclesial”.

CONCLUSIÓN

Después de considerar como ya cumplida la redención, el autor del Apocalipsis proyecta sobre Gén 3,15 toda la luz del NT. La descendencia de Eva, a la que se le prometió la victoria sobre la serpiente, llega a identificarse para él con el pueblo de Dios, representado en la imagen de la mujer de Ap 12. Y este pueblo sale victorioso sobre la antigua serpiente (Satanás) a través de la obra del Cristo mesías. Hasta aquí llega el sentido literal-directo del gran signo, es decir, del importante mensaje que allí se encierra. Indirectamente, como si se tratara de un reflejo, en la mujer está incluida también María. Efectivamente, los demás escritos del NT revelan que, por disposición divina, con Cristo estuvo estrechamente asociada su madre. En otras palabras, la descendencia de la mujer-Eva (Gén 3,15) logra triunfar sobre la serpiente mediante la mujer-pueblo de Dios (Ap 12); pero a este pueblo es preciso incorporar, de manera eminente, a Jesucristo y a su madre.
Con esta lectura retrospectiva del AT, el Génesis y el Apocalipsis se vinculan idealmente entre sí como el primero y el último eslabón de una misma cadena, es decir, la cadena de los libros sagrados, en los que el Espíritu Santo dice a la iglesia todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y por nuestra salvación.
Fuentes: Serra-A., Diccionario de Mariología (Págs.368-379)

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