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domingo, 7 de septiembre de 2014

Escuché muy claro en el fondo de mi alma… “Tu misión es la de salvar almas”

Escuché muy claro en el fondo de mi alma… “Tu misión es la de salvar almas”

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
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Tomado del Libro:
“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.

Capítulo II
Esposa y Madre 
“Ser esposa y madre no me impidió jamás la vida espiritual”

4. Ascensión Espiritual

Para comprender a Conchita no hay que buscar fenómenos extraordinarios: la suya es santidad en las diarias ocupaciones. Una breve frase de su Diario nos revela el estado de su alma de recién casada: “Al ver, a pesar de todo lo bueno de mi marido, que el matrimonio no era aquel lleno que yo me había figurado, instintivamente mi corazón se fue más y más a Dios buscando en Él lo que le faltaba; pues el vacío interior había crecido a pesar de todas las felicidades de la tierra”. (Aut. I, p. 112). En medio de las más grandes alegrías del amor, siente las limitaciones y el carácter efímero de todo amor humano.

La verdadera vida de los santos está toda “escondida con Cristo en Dios” (Col. 3,3). Se perciben sus efectos en su comportamiento exterior y con frecuencia ellos mismos nos descubren su principal secreto. En el caso de Conchita, tenemos en su Diario la clave de todo. Nos permitirá seguirla de los treinta y uno a los setenta y cuatro años. Lo utilizaremos como guía principal, sin descuidar las fuentes complementarias. Ella misma nos da a conocer su medio familiar, las gracias y los favores excepcionales recibidos desde su más tierna infancia, la trágica muerte de su hermano Manuel, verdadero punto de partida para una vida nueva que la orienta decididamente hacia Dios; la profunda posesión de todo su ser por Cristo desde los primeros días de su matrimonio y su constante ascensión hacia la perfección, a través de los menores acontecimientos de su hogar. En la trama cotidiana de su existencia de mujer, semejante en apariencia a la de todas las demás, Dios prepara a su Iglesia y al mundo una gran santa.
5. “Tu Misión es la de Salvar Almas”

Un acontecimiento inesperado le proporcionó la ocasión de tener un tiempo de intenso silencio, oración y contacto con Dios. Por primera vez asistirá a unos “ejercicios espirituales”, predicados y dirigidos aquel año de 1889 por el Padre Antonio Plancarte y Labastida, que fue más tarde Abad de Guadalupe. Conchita tenía veintisiete años. Casada y madre de familia, ama de casa, con un marido muy puntual y algo celoso, no podía aislarse en unos ejercicios de encierro. “Y concurría de entrar y salir porque no podía dejar mis niños”. (Aut. I, p. 159). Corre a las pláticas, encuentra como puede momentos de silencio y de recogimiento y regresa apresuradamente a casa. Pero el Espíritu Santo obra donde quiere. En el corazón de Conchita va a surgir, bajo el impulso irresistible del Espíritu, una llama apostólica que pronto se extenderá a las dimensiones de la Iglesia entera. En su sencillez y humildad no sospecha desde luego la amplitud de los designios de Dios. Su mirada no va más allá del marco habitual de una mujer en su hogar. Dios mismo va a abrirle los horizontes de la Redención.

“Un día en el que me preparaba con toda mi alma a lo que el Señor quisiera de mí, en un momento escuché muy claro en el fondo de mi alma, sin poder dudarlo, estas palabras, que me asombraron: “Tu misión es la de salvar almas”. Yo no entendía cómo podía ser esto; ¡me pareció tan raro y tan imposible!; pensé que esto sería que me sacrificara en favor de mi marido, hijos y criados. Hice mis propósitos muy prácticos y llenos de fervor, redoblando mis deseos de amar sin medida al que es Amor. Mi corazón halló su nido, encontró la paz en el retiro y la oración, pero tenía que salir al mundo y a mis obligaciones, con necesidad de andar entre el fuego sin quemarme. Con este crecido incendio en el corazón el celo me devoraba y ansiaba compartir mi dicha, con las enseñanzas sublimes que había aprendido”.
“En esos días tuve que ir con los niños una temporada al campo, a “Jesús María”, una hacienda de mi hermano Octaviano, cerca de San Luis; y al llegar lo conchavé para que juntando las mujeres de por ahí les diera yo unos ejercicios explicándoles lo que había oído. Este hermano que siempre ha sido excelente conmigo y me ha tenido especial predilección condescendió luego y se reunieron sesenta mujeres. A mí no me ocurrió tener vergüenza ni si estaría mal hecho esto, ni si erraría al hablar, ni siquiera pensé que pudiera ser pretensión o soberbia de mi parte; yo sentía quemarme y ansiaba comunicar aquel fuego a otros corazones y no más.
“Comenzamos pues en la Capilla de la hacienda; yo me sentaba en una silla abajo frente a ellas; y, como en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, a las pobres les gustaba mucho lo que les decía, y lloraban y se movían a contrición y hasta me querían decir sus pecados, cosa que yo por supuesto no les permití. Cuando concluimos vinieron sacerdotes, las confesaron e hicieron una comunión muy fervorosa. Yo me sentía feliz hablando de Jesús y cortos se me hicieron los días, volando las horas en tan dulce ocupación. A veces iba Octaviano a oír y Dios me ayudaba para no cortarme; todo por supuesto a puerta cerrada” (Aut. I, p. 159-162).
Conchita buscaba un director de conciencia para avanzar con mayor seguridad hacia Dios: “… quemándome los deseos de perfección, de encontrar la puerta, la vía, el camino por donde llegar a mi Jesús. Haciendo propósitos varios humillándome pasaba los días en aquella desolación y angustia y oscuridad. Notaba hambre de lo divino, sed ardiente de Jesús, pero como que me estrellaba, como que me perdía entre un camino de oscura fe y sin esperanza. Hablando yo a un sacerdote de lo que bullía dentro de mi alma, de los ideales de perfección que perseguía y no quería el Señor sin duda que me comprendiera, porque me hablaba él de poesía, de la naturaleza, de cosas de Él, pero no de Él mismo, de mi Dios! Y el mundo luchaba por arrastrarme y las criaturas me atraían. Recuerdo que me entretenía a ratos en ver periódicos de modas y me entraba tal remordimiento, hasta que me dijo el Señor que no las viera” (Aut. I, p. 198-199).
Decepcionada y apenada por haberse acercado a un sacerdote que sólo habló de cosas superficiales, cuando ella había acudido a él con ansias de encontrar a Dios, intensificó su oración. El Señor le envió entonces al Padre Alberto Mir, S.J., quien mucho le ayudó en los primeros diez años de su ascensión hacia Dios.
6. El Monograma de Jesús

El amor de Cristo latía cada día más en el corazón de Conchita y animaba aún los más pequeños actos. Amaba apasionadamente a su marido y a sus hijos pero como “envueltos en ese mismo amor” (Aut. I, p. 105). Cristo no mutila el amor humano: lo transfigura y lo diviniza…

Durante su infancia en las haciendas de su familia, y a últimas fechas en la de su hermano Octaviano, Conchita había observado cómo se imprimía en el ganado con fierro candente la marca de su dueño. Ella también soñaba con llevar hasta en su carne el sello de Cristo. Se encuentran casos análogos en la vida de otros santos, como en el beato Enrique Suzó, dominico. El caso más semejante al de Conchita es el de santa Juana de Chantal, joven viuda, impulsada por su familia a volver a casarse y que, para poner fin a aquellas instancias, un día se retiró a su recámara y grabó sobre su corazón el Nombre de ‘Jesús’, cuyas cicatrices se encontraron aún cuando murió; únicamente la huella de la última letra ‘S’ se había borrado casi. San Francisco de Sales manifestó claramente que si él hubiera estado allí no lo hubiera permitido. Los santos son a veces más admirables que imitables. Se podría hacer la misma observación acerca de Conchita.
“Por fin de ruegos conseguí el permiso de mi director para marcar el monograma en mi pecho el día del Dulce Nombre de Jesús, 14 de enero de 1894. Corté el pecho formando letras grandes con la navaja, J H S en esta forma; luego que lo hice sentí como si una fuerza sobrenatural me arrojara al suelo y con la frente en la tierra, en los ojos las lágrimas y el fuego en el corazón le pedía al Señor con vehemencia, con un celo devorador la salvación de las almas: ¡JESUS, SALVADOR DE LOS HOMBRES, SÁLVALOS, SÁLVALOS!
“Yo no me acordaba de más: almas, almas para Jesús era lo que deseaba. Más eran los ardores del alma que los del cuerpo, y la dicha indecible que yo experimentaba siendo, como los animales de su dueño, yo de Jesús, de Jesús, de mi Jesús que salvaría a tantas pobrecitas almas que le darían gloria. Arrebatada de dicha pasé el día, con ansias vivas de soledad y oración, y con una visita a quien estar atendiendo” (Aut. I, p. 205-207).
Es un hecho que tiene su fuente en los carismas de Dios y en la locura del amor, en seguimiento de un Dios crucificado. Se explica por la misión excepcional de la fundadora de las Obras de la Cruz, llamadas a extenderse por el mundo entero. Una Teresa de Lisieux, que era sin embargo la santa preferida de Conchita, tenía otra manera de probar a Jesús que lo amaba con locura, soñando en ser en la Iglesia el amor que nada rehúsa. Hay que tener en cuenta la idiosincrasia de los pueblos, la gracia personal y de la misión de cada uno. Es el mismo Espíritu el que se expresa, con letras de fuego y de sangre, como también, y con fuerza no menor, en la fidelidad absoluta al más pequeño sacrificio. En el cristianismo, el heroísmo en lo pequeño está unido al heroísmo en lo grande bajo el impulso de un mismo Espíritu de amor.
El monograma inaugura una nueva fase cuyas repercusiones se dejaron sentir:
- en su vida personal,
- en su irradiación apostólica
- y, de un modo carismático, por medio de las iluminaciones divinas para bien de la Iglesia entera.

Así en la economía de la salvación: algunos actos privilegiados extienden a veces su influencia salvadora a todo el Cuerpo místico de Cristo. Así sucedió en forma sin igual con el “Fiat” de María que salvó al mundo. Guardada la debida proporción, el más pequeño acto humano repercute en la historia del mundo y sólo en el último juicio podrá ser debidamente aquilatado.

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