BIENVENIDO

“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




martes, 30 de septiembre de 2014

¡Oh, noche de soledad, de dolor, de sufrimiento!

¡Oh, noche de soledad, de dolor, de sufrimiento!

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
concepcion_cabrera

Tomado del Libro:
“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.


Capítulo III
Viuda
“¡Oh, noche de soledad, de dolor, de sufrimiento…!”

1. La Muerte de mi Esposo

“El día 17 a las siete menos cinco minutos de la noche se llevó el Señor a mi esposo que me había dado en la tierra durante dieciséis años, diez meses y nueve días. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó ¡Bendito sea su santo Nombre! Aquella horrible puñalada de la noche del 11, en la cual entendía sin querer entender, que el Señor me pedía el sacrificio de la vida de mi marido, al cual el espíritu estaba pronto mas el corazón de carne luchaba y se resistía: aquel dolor dentro del cual, postrada, me ofrecí a la divina Voluntad, continuó, continuó creciendo a la vez que yo comprendía y veía las realidades del sacrificio.

“¡Cuántas luchas, cuántas penas, cuánto sufrimiento! Aquella daga me traspasaba el alma sin lenitivo, sin consuelo. Aquella noche me presentó el Señor el cáliz y trago a trago me hizo apurarlo hasta las heces.
“Todos aquellos días me lo iba a traer del Sagrario a que me ayudara y fortaleciera, ¡Oh! si no hubiera sido por Él mi grande debilidad hubiera sucumbido. Veía, palpaba por momentos, que perdía la vida mi marido, y cómo fue modelo de esposos, de padres y de caballeros, cómo tan fino y delicado había sido para conmigo, tan respetuoso en sus actos, tan cristiano en sus pensamientos, tan honrado y cumplido en todas sus obras, ¡Oh, Dios mío!, mi corazón se despedazaba de pena y a fin de remordimientos por haberle guardado los secretos de mi espíritu. A la vez que veía más próxima su separación, crecía, se agigantaba el cariño de mi corazón. Sentía yo que no tenía cabeza, ni fe, ni razón, sino tan solo corazón. Sentía como horror a la vida espiritual… ¡Qué días, qué horas, qué noches!…
“¡Oh, gracia del Señor de lo que eres capaz! Cierto que yo no hacía durante todos aquellos días, ni podía hacer más oración que ésta: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, pero desde aquel momento sentí la fortaleza del Espíritu Santo para aceptar con serenidad el terrible golpe que venía directo a partirme el corazón, y a arrancar el padre a mis hijos”. (Diario T. 17, pp. 213-218, 27 septiembre 1901).
“Ya con anticipación me había ocupado de que se confesara y de que recibiera el santo viático… Le recé muchas veces las oraciones de los agonizantes, la recomendación del alma; lo exhorté cuanto pude hasta el instante de su muerte, con jaculatorias, actos de contrición, actos de amor y de fe y de esperanza, infundiéndole valor y confianza, que mil veces repetí con toda mi alma. Así pasé horas hasta que expiró, sufriendo con él mi corazón en su terrible agonía, asfixia y dolor. Pero no, no era yo sola la que entonces sufría, sino Dios conmigo, el cual me sostenía.
“Cuatro de mis hijos, los mayorcitos, rodeaban su cama hasta verlo morir. Impuse silencio en momentos tan solemnes y dos sacerdotes lo absolvieron. En seguida recé la estación de los difuntos, ¡Oh, Dios mío! lo que mi corazón sintió sólo Tú lo sabes. Luego inmediatamente ahí, de rodillas, ofrecí al Señor con todo mi corazón la perpetua castidad y pureza.
“Después le pedí perdón de cuanto lo hubiera ofendido, y ya que él veía todas las cosas, me pareció que comprendería el porqué de mis secretos espirituales para con él. Después de la extremaunción hice que aconsejara y bendijera a cada uno de sus ocho hijos y después se la pedí para mí, pidiéndonos ambos perdón. Y también, después que expiró, fueron uno a uno todos sus hijos e hice que me ofrecieran, ante el cadáver de su padre, ser buenos e imitar sus virtudes para tener una buena muerte. Después con mi hijo mayor bajamos a la caja al que fue mi compañero.
“¡Oh, noche de soledad, de dolor, de sufrimiento!” (Diario T. 17, pp. 219-221, 27 septiembre 1901).
2. Visita al Cementerio
“Día penosísimo para mi corazón de esposa y madre. Era el santo de mi esposo. Hice el acto, venciendo a la naturaleza, de ir a su sepulcro con mis hijos y pasar ahí la mañana, junto a sus despojos, rezando y llorando. Me acordé de cuando el Señor lloró por Lázaro…¡Qué realidades, Dios mío, qué puntos de meditación, qué terrible y seria es la muerte! Ahí se pesa el tiempo y la eternidad, el bien y el mal, lo fugitivo y transitorio con lo real y eterno. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Cuánto pensé, cuánto sufrí, cuánto entendí. Todavía está la tierra que cubre al que me fue tan querido, húmeda y recientemente removida. Las lágrimas de mis hijos y las mías mojaron aquella tierra de donde fuimos formados y a donde hemos de volver. Pasaron por mi imaginación, volando, a los años de mil recuerdos, penas, felicidad, ilusiones. Todo en un instante desvanecido como el humo por el soplo de la muerte. 

“¡Oh, qué efímera es la vida, qué corta nuestra existencia, qué cerca se encuentra el presente del pasado! ¿Qué hacemos cuando este tiempo no lo empleamos en solo Dios?” (Diario T. 17, pp. 241-242, 4 de octubre 1901).

3. “Ése fue mi Esposo”

“Muy bueno, cristiano, caballero, honrado, recto, inteligente y con un gran corazón. Sensible a cualquier desgracia, cariñoso conmigo, excelente padre que no tenía más distracción que sus hijos; eran su dicha y sufría mucho cuando se enfermaban. Era muy correcto en el vestir, muy fino en su trato, muy obsequioso conmigo, un hombre de hogar, muy sencillo y respetuoso y delicado. Tenía un carácter fuerte, enérgico, que con el tiempo se le endulzó. Me tenía grande confianza y con frecuencia me hablaba de sus negocios tomando mi opinión aunque nada valía. Era hombre de orden y metódico.

“Desde el día siguiente de casados hasta que murió me dejó ir a comulgar diariamente; cuando me casé le puse esta condición que cumplió. Me cuidaba los niños mientras yo volvía de la Iglesia y ya muy grave me decía: “Anda a comulgar”. Como quedaba enfrente la casa del templo de la Encarnación iba a la hora de la consagración y me volvía luego a su lado. Nunca me leía lo que escribía, que a veces me encontraba haciendo mis “Cuentas de Conciencia”. “Son cosas de espíritu que tú dices y yo no entiendo”, me decía.
“Tenía que condescender en ir al teatro y bailes con él algunas veces, (más en San Luis). Nunca iba solo.
“Le tenía mucho miedo a la muerte y leyéndole el Kempis a menudo le salía ese capítulo y creía que yo lo hacía de propósito. Dos años antes de su muerte sí sentí que pronto se moría y se lo dije, rogándole que hiciera más por su alma.
“Era un poco celoso. Cuando me enfermaba de gravead, que fueron varias ocasiones, él me asistía de día y de noche, sin querer persona que velara. Todos los domingos iba a la Villa a encomendarse a la Sma. Virgen de Guadalupe.
“Para morir hizo confesión general y su miedo a la muerte se cambió en un perfecto abandono a la divina voluntad. “Según yo, decía, es el momento que más falta hago a mis hijos, pero Dios sabe lo que hace, y yo sólo quiero su voluntad”. Desde ese instante me consagré a Dios para ser siempre toda suya, con la frente sobre la frente del que fue tan bueno conmigo”. (Autob. Pp. 379-381).

1 comentario:

  1. Que hermosa historia, llena de sacramentos, temor y obediencia a Dios.

    ResponderEliminar

TODO COMENTARIO QUE NO CORRESPONDA A LA HERMANDAD ESPIRITUAL, SERA BORRADO, ASÍ MISMO LA INFORMACIÓN, MEDITACIÓN, PEDIDOS DE ORACIÓN, PERCEPCIONES PERSONALES SOBRE LOS ARTÍCULOS PUBLICADOS, SERA ANALIZADOS PARA PERMANECER O NO.-