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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




miércoles, 8 de octubre de 2014

Semejanza con otras almas víctimas conocidas

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

Petrilla del Orden
Conocí a Petrilla, un Alma víctima
5… Semejanza con otras almas víctimas conocidas
Recuerdo que cuando vi una fotografía de la famosa víctima del Señor, la francesa Marta Robín, sentada en su única estancia: “la cama”, me recordó enteramente a Petrilla.
Y cuando leí el resumen de la vida de otra víctima del Señor, Luisa Piccarreta, en el pequeño libro titulado “LAS HORAS DE LA PASIÓN, me pareció estar leyendo un resumen de la vida de Petrilla.
Luisa Piccarreta, se pasó 64 años “en la celda mas pequeña del mundo”: su cama, y confiesan que aunque humanamente es imposible, jamás se la vio ni una sola llaga motivada por su inmovilidad.
La persona que amortajó a Petrilla, misión que Petrilla la pidió en vida, a pregunta del P. Rey, nos contestó que la piel de su cuerpo estaba limpia y sin la menor señal de estar llagada. Petrilla llevaba casi 75 años en la cama.
San Aníbal Mª de Francia, confesor extraordinario de Luisa, decía que la ciencia del “Divino Querer” que el Señor le había mostrado a ella, era sublime y necesaria de dar a conocer al mundo.
Y digo esto, porque una de las frases que más nos emocionaba escuchar a Petrilla, era cuando nos decía, que nunca había negado nada al Señor. Que siempre había cumplido Su Voluntad. Nunca lo decía por iniciativa propia, sino cuando se veía obligada a contestar la pregunta ya preparada con sana intención, y que se la hacía un servidor. Petrilla perdóname, pero era tan sencilla y edificante tu respuesta, a la vez que expresada con tanta fuerza, que nos edificaba y nos llegaba al alma.
En las innumerables visitas que realicé a lo largo de 30 años, siempre la encontré sentada en el mismo lugar y en la misma posición. A todos nos causaba la misma impresión, la de un cuerpo muy menudo que parecía desaparecer al encuentro con las sábanas.
Siempre con una serena sonrisa y atenta, muy atenta a lo que le dijese “su prójimo”.
Prójimo que podía interrumpir en cualquier momento con su llamada de teléfono, que Petrilla cuando contestaba, lo hacía sin el más mínimo signo de contrariedad o prisa, aún cuando las circunstancias pudieran parecer requerirlo.
Recuerdo una tarde que estábamos como de costumbre alrededor de su cama rezando el rosario del cenáculo de los jueves, habíamos empezado tarde y el grupo de Valladolid teníamos el tiempo contado.
Suena el teléfono, y por lo que hablaba, me di cuenta de que se trataba de una persona que la hizo sufrir muchísimo con su comportamiento. Petrilla contestó, sufriendo seguro, pero con una atención y un respeto, que demostraba con el ejemplo que cumplía con perfección el perdón que prometía en cada Padrenuestro.
Y he dicho que sufriendo, porque aunque Nuestro Señor amaba a Juan y a Judas, al primero lo hacía con gozo, y al segundo con un gran sufrimiento.

6… Petrilla y Santa Teresa del Niño Jesús

En muchas ocasiones Petrilla recordaba con verdadera alegría a los fundadores del Carmelo Descalzo: Santa Teresa y San Juan de la Cruz, teniendo siempre a mano sus obras completas.
Pero a mi parecer, de quien tenía un cariño muy especial era de Santa Teresa del Niño Jesús. Muchas veces al recordarla, daba la impresión de sentirse espiritualmente muy hermanada con ella. Es como si se entendiesen perfectamente, aprovechando el “hilo inalámbrico” de la Comunión de los Santos.
Quiero destacar la “inocencia” que las dos mostraron a lo largo de su vida. En el caso de Santa Teresa del Niño Jesús, no hay mas que leer “Historia de un alma”, para comprender que el bautismo la volvió a introducir en el Paraíso, y que ya nunca se salió de él. Lo mismo se concluiría de Petrilla, y en especial, y ya lo he mencionado anteriormente, cuando se veía obligada a responder que nunca dejó de cumplir la Voluntad del Señor ni en la más mínima cosa.
Para enriquecimiento de lo que estoy manifestando, voy a transcribir dos bellísimos ejemplos: uno, el de la misma Teresita, y como broche de oro, el de La Única que nunca salió del Paraíso: Nuestra Madre la Santísima Virgen María.
En su obra referida y que tanto bien a hecho a tantas y tantas almas, Teresita nos describe de esta manera su fidelidad al Señor:
“ ¡Ah!, lo sé; Jesús me veía demasiado débil para exponerme a la tentación; tal vez me hubiera dejado quemar totalmente por esa engañosa luz si la hubiera visto brillar ante mis ojos… No fue así; no he encontrado más que amargura allí donde almas más fuertes encuentran alegría y se desligan de ella por fidelidad. No tengo, pues, ningún mérito por no haberme entregado al amor de las criaturas, ya que fue la misericordia de Dios la que me libró… Reconozco que sin su ayuda hubiera podido caer tan bajo como Santa Magdalena, y las palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan con gran dulzura en mi alma… Yo sé que: “a quien menos se le perdona, ama menos”, pero sé también que Jesús me ha perdonado más que a Santa Magdalena, ya que me perdonó de antemano, librándome de caer.
¡Ah, cuánto me gustaría explicar lo que siento!… He aquí un ejemplo, que explica de algún modo mi pensamiento. Supongamos al hijo de un sabio doctor, y que tropieza en el camino con una piedra, cae y se rompe un miembro; acude inmediatamente su padre, le levanta con amor, cura sus heridas, empleando en ello todos los recursos de su ciencia y, luego, completamente curado, el hijo le demuestra su reconocimiento. Sin duda, este hijo tiene razón en querer a padre tan bueno. Pero, he aquí otra suposición. Habiéndose enterado el padre de que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura para ir delante y la retira (sin ser visto por nadie). Ciertamente este hijo, objeto de ternura tan previsora, si desconoce el daño que su padre le ha evitado no le demostrará su reconocimiento y le amará menos que si hubiera sido curado por él… pero si llega a conocer el peligro de que se ha librado, ¿no le amará aún más? Pues bien, yo soy ese hijo, objeto de amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo para rescatar a los justos, sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame, no porque me ha perdonado mucho, sino TODO. Él no ha esperado que yo le amase mucho como Santa Magdalena; ha querido que SUPIERA cómo me había amado Él, con un amor inefablemente previsor, para que yo le ame ahora hasta la locura…
He oído decir que no se había encontrado un alma pura que ame más que un alma penitente. ¡Ah, como me gustaría desmentir esa afirmación!…
Y ahora veamos lo que dice esa hermosísima niña llamada María y tesoro de la humanidad, a través de los escritos de M. Valtorta:
“De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita,… con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente. Parece un pequeño ángel. …Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos. Se dirige hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla. Ana ha depositado al lado el trabajo que estaba haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.
…-¡Mamá! ¡Mamá!. La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno. Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.
Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.
Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor… ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!…
Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.
Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.
Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor.
En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes, y que ha nacido allí, junto al fontanar, (se la ha cogido su papá de entre las espinas) está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya, muchos años, ¡oh, cuántos, cuántos antes; muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.
- Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo».
…Ana asombrada, la pregunta:
-¡Tesoro mío! ¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?
- No. No sé quién es. Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo. Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?….
-¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?
… Dime, mamá, ¿puede una ser pecadora por amor a Dios?
- Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo.
- Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase. ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?
Ana ahora atónita, no sabe ya qué decir. Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos.
- Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres – dice Joaquín.
-¿Sí, padre mío?- María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.
- Verdaderamente, pequeño amor. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?
- Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada.
- Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras.
-Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos… Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor, y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”. ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?
- Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?
-¡Mucho! Pero tú vendrás… y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?
-¿Y te vas a acordar de nosotros?
Siempre. Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida… hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo.

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