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sábado, 25 de octubre de 2014

“Tomo posesión de tu corazón; Me encarno místicamente en él para no separarme jamás.”

“Tomo posesión de tu corazón; Me encarno místicamente en él para no separarme jamás.”

CONCEPCIÓN (CONCHITA) CABRERA DE ARMIDA (1862-1937)
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Tomado del Libro:
“CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia”
Escrito por: Fr. Marie-Michel Philipon, O.P.


Capítulo III

Viuda
“¡Oh, noche de soledad, de dolor, de sufrimiento…!”

7. Favores Divinos

De esta manera avanza hacia Dios. Sus hijos la necesitan en casa. Sin descuidar nunca los deberes de estado encuentra tiempo para continuar su apostolado de la Cruz. Hace oración, escribe su Diario por obediencia al director espiritual. Camina hacia Dios a través de alternativas de luz y oscuridad, de dificultades cotidianas y de alegrías. La gracia divina la invade más y más. Hace esta confidencia a un obispo que fue para ella un padre y un amigo: 

“¡Oh, son innumerables los favores que Dios se ha dignado hacerme a pesar de mis ingratitudes! 

“Me lleva, me envuelve en su inmensidad, en sus atributos; me descorre como los velos de los misterios, y me hace, no sé cómo, sentir y como palpar, sin necesidad de la fe el misterio de la Santísima Trinidad, de la felicidad de Dios en la comunicación de las tres divinas Personas; de la Generación eterna; del origen altísimo de las virtudes teologales y de la virginidad; de aquel conjunto-unidad de la substancia divina, del Verbo, del Espíritu Santo, de la gracia de la luz, en fin, cosas indecibles, que, si no son de Dios serán del diablo, pero mías no. 

“Me da seguido luces de propio conocimiento que no me dejan levantar de mi propia miseria. Su presencia es a veces sensible, sobre todo en la Sagrada Comunión, traspasándome su luz, sus rayos, purificándome. Me dictó así, con su divina voz, aunque yo me resistiera, un tratado de virtudes muy perfectas y de vicios. Me hace escucharlo, aún cuando yo me disimule entenderlo, y después no me deja descanso hasta que escribo. 

“Dice que me ha regalado el don de la pureza y de la humildad; dicen mis confesores que esto es cierto, porque ciertamente no entiendo la impureza, ni puedo levantarme, ¡Oh, no! por su divina gracia, con lo que es suyo, puramente suyo. Entre tantas obligaciones, de marido antes (pues enviudé hace cuatro años) y de hijos, etc., no me deja el Señor, sino que siempre por medio del sacrificio me empuja a crucificarme, a anhelar el dolor, el martirio, a darle la sangre todos los días por la salvación de las almas, por las Obras de la Cruz que tanta gloria le darán. 

“Me han mandado a que examinen mi espíritu varios jesuitas (dos provinciales), el P. Visitador de los Misioneros del Corazón de María y otros varios sacerdotes, a beneplácito de mi confesor, de ciencia y virtud; y después de hacerme volver, y de pedir luz en sus oraciones me han asegurado todos que mi espíritu es de Dios, que las Obras de la Cruz son de Él, y que debo confiar y esperar, tomando los medios que están a mi alcance en su favor. 

“En los papeles que tengo escritos de cosas tan altas que yo no entiendo, como del Verbo, del Espíritu Santo, efectos espirituales, etc. me han dicho que en nada se apartan de las enseñanzas y doctrina de la Santa Iglesia (a la cual amo más que a mi vida y quiero someterme sin reserva, con todo el corazón), y que debo continuar los impulsos del Señor y la vida de martirio, ese voto de siempre procurarme padecimiento que hace años me pidió el Señor y Él me ayuda a cumplirlo. 

“Estos son los favores; pero mis pecados y mis miserias los sobrepujan. No sé cómo el Señor se ha valido de este pobre caño para hacer pasar sus gracias” (Relación hecha a Mons. Leopoldo Ruiz y Flores, 1905).


8. La “Gracia Central” de su Vida Espiritual

Ha llegado la hora, a los cuarenta y cuatro años, en que las preparaciones divinas van a desembocar en la “gracia central” de su vida espiritual: la encarnación mística. Durante largos años el Señor le había hecho presentir esta gracia de las gracias, fuente de multitud de otros carismas y favores divinos, todos ellos orientados hacia la identificación con los sentimientos interiores del alma sacerdotal de Cristo.

Conchita vuelve con frecuencia en sus escritos a referirse a esta gracia insigne, pero el relato principal, el más inmediato al acontecimiento y el más espontáneo nos es dado en su Diario. En él se disciernen claramente tres aspectos sucesivos: su preparación, su realización, sus múltiples consecuencias para su vida personal y su irradiación apostólica.
Preparación
“Prepárate para el día en que la Iglesia celebra la Encarnación del Divino Verbo; en este día bajé a unirme con María tomando carne en su purísimo seno para salvar al mundo. Ese día quiero unirme espiritualmente con tu alma y darte una vida nueva, vida divina e inmortal, en el tiempo y en la eternidad… Prepárate, purifícate, límpiate, porque es muy grande, muy grande, el beneficio que se te prepara” (Diario T. 9, pp. 33-34, febrero 17, 1897).
Después de haber comprendido esto el día 14 de febrero de 1897 sintió un nuevo impulso, una invitación del cielo, una grande sed de perfección y de pureza de alma; comprendió que debía ser santa, y año con año se preparaba para recibir esta promesa.
Conchita entró a Ejercicios el 20 de marzo de 1906, ávida de silencio y de recogimiento, resuelta a convertirse. El predicador era el Padre Mariano Duarte, S.J.
Desde los primeros días el Señor la prepara para esta gracia suprema en la línea más pura de su vocación particular a la Cruz.
“Estoy en retiro… Ya me impulsa el Señor a la práctica de las virtudes, ya siento su presencia que me envuelve, que me absorbe. Habla, Vida mía, a este corazón todo tuyo, en la soledad de tu Oasis, en el ambiente de tu Cruz… Yo sé que me previniste con gracias desde la eternidad…, yo sé que me sacaste de la nada y que desde mi niñez me adheriste al dolor, me enamoraste de tu Cruz, me transformaste en ella”. (Diario T. 22, pp. 117-120, 21 de marzo, 1906).
“Óyeme, Señor, que mi grito ahora en este retiro, en este silencio es más poderoso, más puro, mi Jesús, sin ninguna mezcla de amor propio; por eso lo vas a escuchar: “Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos, que no perezcan, que no caigan en el infierno, que tu Cruz los detenga y el Espíritu Santo los santifique”.(Diario T. 22, pp. 148, 22 de marzo, 1906).
En sus ejercicios, Conchita no piensa en sí misma. Lleva en su alma el celo por la salvación del mundo. Quisiera salvar a todos los hombres, sus hermanos.
“Siento el empuje del cielo para la perfección, para una vida nueva” (Diario T. 22, p. 151, 23 de marzo, 1906).
El llamamiento de Cristo se hace oír con más fuerza que nunca:
El 24 de marzo se siente arrebatada por el misterio de la Encarnación del Verbo que la liturgia debe celebrar al día siguiente: “¡El Verbo se hizo carne! ¡Esta meditación si que me hace estremecer! tengo un pendiente con este mi Verbo, de tiempo atrás”. (Diario T. 22, p. 160, 24 de marzo, 1906).
“Quiero que seas mía…, que me pertenezcas enteramente; que todos tus afectos sean para Mí; quiero limpio de todo polvo ese lugar de mi descanso; tu corazón” (Diario T. 22, p. 15, 23 de marzo, 1906).
Realización
Luego, sin énfasis, con una sencillez evangélica. Conchita describe esta gracia divina, anotando cuidadosamente este acontecimiento notable de su vida.
-“25 de marzo: La Encarnación del Señor.
“Me trajiste a estos santos ejercicios contra lo que la prudencia humana aconsejara; me has dado salud; me pediste luego, el primer día, los más grandes sacrificios del corazón, me pediste después que limpiara mi alma de todo polvo y afectos terrenos. Me diste después dolor de mis pecados y ansias vivas por limpiarte cuanto antes mi pobre alma. Todo esto ha pasado. Ayer me confesé de todas las faltas de mi vida; pero esperaba para hoy día, año por año, que me ha hecho temblar, esperando un algo que me había prometido el Señor. Yo me humillaba no más pensando que había sido soberbia mía aquello que hace ocho o nueve años me ofreció o pidió el Señor. A las doce y cuarto me levanté y con la frente en el suelo felicité al misterio sublime de la Encarnación que tanto, no sé por qué, me ha encantado siempre. A las cuatro y diez tomé las rosas (espinas) una hora. Después quise hacer la meditación de la Encarnación y no pude nada, nada. Tocaba hacer en los Ejercicios el de la Huída a Egipto.
Antes de la Misa, postrada ante el Sagrario me humillé cuanto pude, le pedí perdón, le renové mis votos, le ofrecí no llenar mi corazón de tierra como hasta aquí, y así vacía lo recibí en la comunión. Quería decirle muchas cosas en el “lncarnatus” y no supe a qué horas fue. Conque en los primeros momentos de la Misa voy sintiendo a mi Jesús junto de mí y escuchando su divina voz que me dijo:
-“Aquí estoy, quiero encarnar en tu corazón místicamente. Yo cumplo lo que ofrezco; he venido preparándote de mil modos y ha llegado el momento de cumplir mi promesa: Recíbeme”.
“Sentí un gozo con vergüenza indecible. Pensé que ya lo había recibido en la comunión, pero como adivinándome continuó:
-“No es así; de otro modo además hoy me has recibido. Tomo posesión de tu corazón; me encarno místicamente en él para no separarme jamás. Sólo el pecado podrá alejarme de ti y te advierto que también toda criatura que lo ocupe mermará mi presencia real, digo, sus efectos, porque Yo no me puedo mermar”. Y continuó: “Ésta es una gracia muy grande que te viene preparando mi bondad, humíllate y agradécela”.
-“Pero Señor, me atreví a decirle, ¿qué lo que me habías ofrecido, lo que me habías pedido, no eran unos desposorios?
-“Esos ya pasaron: esta gracia es infinitamente mayor”.
-“¿Es el matrimonio espiritual, mi Jesús?” “Es más, porque el matrimonio es una especie de unión más exterior; pero encarnar, vivir y crecer en tu alma, sin salir de ella jamás; poseerte Yo y poseerme tú como en una misma substancia, no dándome sin embargo tú la vida, sino Yo a tu alma, en una compenetración que no puedes entender, ésta es la gracia de las gracias. Ésta es una unión mística muy grande y elevada, la más grande que puede existir y no es de otro modo la del cielo, salvo que entonces se descorre el velo de la divinidad, pero como la divinidad no se aparta de Mí, la unión, la estrechez de la nada con el todo, es lo mismo”.
“Y sentía yo de veras una unión con Él viva y palpitante en mi alma, con los efectos que deja la comunión, pero más intensos y le dije sin embargo:
“¡Ah, mi Señor, si será todo imaginación y mentira!”
-“Por los efectos posteriores lo conocerás, me contestó, y prosiguió: qué fidelidad exijo de ti, llevarme siempre con presencia real, efectiva, en tu alma. ¡Oh, qué gracia de predilección! Contigo he derrochado mis gracias porque en tu alma he tenido un fin”.
“Pero si yo no merezco eso, mi Jesús.

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