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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




sábado, 20 de diciembre de 2014

Extraños hechos de la noche de Navidad con las almas del purgatorio

La Navidad es un momento especial para las almas.

Estamos en la puerta de la Navidad, y es un buen momento para sus historias. Ocurrió en una parroquia de Alaska y así quedó escrito gracias al sacerdote jesuita leonés Segundo Llorente Villa, misionero en el Círculo Polar Ártico. El padre Llorente transcribió el testimonio de otro cura del que no sabemos el nombre, pero que el jesuita y luego congresista de los Estados Unidos dejó escrito. Quizá fuera él mismo. 



El Padre Segundo Llorente (1906-1989) fue un sacerdote asignado a las misiones en Alaska. Durante cuarenta años, trabajó arduamente para llevar el Evangelio a los nativos de ese lugar. Escribió una reflexión titulada “Cosas extrañas suceden en la Noche de Navidad”, donde discute la importancia de venerar a la Santísima Eucaristía. Esta perspicaz pieza, que fue publicada en el boletín de la Sociedad Católica de Evangelistas de febrero de 1998, es relevante para nuestro tercer milenio cristiano. 

Un sacerdote me dijo que lo que le sucedió una vez en su primera parroquia.
Después de la Misa de Medianoche en Navidad él personalmente cerró la iglesia. Con las llaves en el bolsillo, se fue a su habitación y tenía un buen sueño. A las 7:30 de la mañana se levantó y se fue de nuevo a la iglesia con la intención de tener una hora de oración para él solo.
Abrió la puerta lateral que conduce a la sacristía, encendió una luz, y luego encendió las luces de la iglesia. Al abrir la puerta de la sacristía se dirigió a la iglesia, y literalmente, se congeló. Gente extrañamente vestida con la ropa más pobre ocupaban la mayor parte de los bancos y todos estaban en silencio total. Nadie siquiera se movía y a nadie le importaba  mirarlo. Un grupo pequeño estaba junto a la escena de la natividad del pesebre contemplándolo en silencio total.
El sacerdote se recuperó rápidamente y en voz alta les preguntó cómo llegaron. Nadie respondió. Él se acercó a ellos y les preguntó de nuevo.
“¿Quién te ha dejado entrar?”
Una mujer contestó totalmente indiferente: “Cosas extrañas suceden en la noche de Navidad.”
Y de vuelta el silencio total.
El sacerdote fue a ver la puerta principal y la encontró cerrada tal como la había dejado. Ahora estaba decidido a aclarar los hechos y volvió la cara a los bancos, pero ellos estaban vacíos. El pueblo había desaparecido.
Mantuvo este rompecabezas para sí mismo por algún tiempo. No fue posible mantenerlo más y me dijo lo que yo os he dicho. ¿Podría ayudarlo con cualquier explicación plausible?
Permítanme decir que el sacerdote en cuestión es un modelo de cordura y está tan bien educado  como la mayoría de los sacerdotes, si no mejor.

LA EXPLICACIÓN

Mi explicación era y sigue siendo la siguiente.
Esos fueron los muertos que estaban haciendo su purgatorio, o parte de él, en la iglesia. Es seguro asumir que reparamos nuestros pecados donde los cometimos.
Esas personas se sumergieron en un silencio total. ¿Por qué?
Considere la irreverencia cometida ante el Santísimo Sacramento; personas en la iglesia: charlando, riendo y mirando a su alrededor. Después de la misa algunas personas se reúnen en pequeños grupos alrededor de las bancas y convierten a la iglesia en una plaza de mercado sin tener en cuenta la presencia real de Cristo en el Sagrario.
¿Por qué desaparecieron?
Ellos no se desvanecieron. Ellos simplemente se volvieron invisibles. Pero ellos permanecieron atados a sus bancos, incapaces de pronunciar una sola palabra para expiar su charla irrespetuosa mientras vivían.
El Santísimo Sacramento es cosa de risa. Hay un precio por todo lo que hacemos o decimos. Al final es Dios quien ríe el último – por así decirlo.
Esas personas tenían que dar el Santísimo Sacramento la adoración y respeto que Cristo merece. 
¿Por cuánto tiempo?
Sólo Dios puede responder a eso.
¿Por qué el sacerdote los ha podido ver?
Así podía orar por ellos y por todos las demás pobres almas detenidas en otras iglesias.
¿Por qué otros sacerdotes no ven esas personas?
Bueno, tal vez ya saben, en teoría, que las almas pueden ser detenidas en las iglesias, así como en cualquier otro lugar, por lo que no necesitan un milagro.
¿Por qué estaban vestidos con ropa tan pobres?
Para expiar su vanidad mientras vivían. Las personas a menudo usan la ropa no tanto para cubrir su desnudez, sino como un símbolo de estatus para impresionar a los demás. Pero Dios no está impresionado por, digamos, abrigos de visón.
Asimismo, las personas entran a la iglesia con casi nada de ropa. En los meses de verano no es raro que las personas – en su mayoría mujeres – vayan a recibir la Sagrada Comunión en la ropa más indecente. El pastor puede o no puede tolerarlo, pero Dios tendrá en su día algo que decirt acerca de esto. Los harapos podrían ser un castigo apropiado para estos excesos.
Aunque la Iglesia no manda que tengamos que creer el cuento según relata el padre Llorente, es sin embargo, un saludable recordatorio de la reverencia a dar a la Santísima Eucaristía.
Sabemos que nunca podremos adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento como debemos. Pero hay que intentarlo. Se merece nuestros humildes esfuerzos y nos recompensa por nuestros esfuerzos.
¡Oh Santísimo Sacramento! ¡O divino Sacramento! ¡Todas las alabanzas y todas las gracias sean en cada momento tuyo!
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EL PADRE SEGUNDO LLORENTE

Segundo Llorente Villa S.J. (Mansilla Mayor, León, 18 de noviembre de 1906 – Spokane, Washington, 26 de enero de 1989) fue un jesuita, filósofo y escritor español. Pasó más de 40 años como misionero en Alaska. Fue diputado ante el Congreso de los Estados Unidos por el estado de Alaska, y es considerado co-fundador de dicho estado. Fue el primer sacerdote católico en formar parte de una legislatura norteamericana.
Fue enterrado en un cementerio indio en De Smet, Idaho, donde solo pueden ser enterrados nativos indígenas americanos, a petición de los mismos, el 30 de enero de 1989.
También fue nombrado hijo predilecto de su pueblo natal, Mansilla Mayor (León).
Una vez le preguntaron
¿Cuál es su principal anhelo?
—Poder predicar en lengua esquimal con la misma facilidad con que lo hago en inglés o lo haría en español. Los misioneros de Alaska venimos con el pecado original de no poder aprender la lengua lo suficientemente bien para predicar con holgura sin la ayuda de un indígena experto. Una cosa es entender y chapurrear el esquimal, y otra muy distinta levantarse delante de un auditorio y dispararles un sermonazo sin zozobras, mugidos ni titubeos.

¿Cómo se encuentra?
—Por aquí todo muy bien. Mucha nieve, mucho frío, noches larguísimas, muchos borrachos y la cárcel reventando de presos. Pero lo demás, todo a pedir de boca. Yo procurando hacerme santo, que no sé si lo lograré, porque hacerse santo es la carrera más difícil en esta vida. A todos nos gusta que no nos falte nada, y al santo le tiene que faltar casi todo. Ahí está la dificultad.

Siendo ya un anciano resumió su vida como misionero en una sola frase cuando un Padre en la Universidad Gonzaga le preguntó:
Padre Llorente, usted, ¿qué hizo cuarenta años en Alaska?. Y como se lo dijo en el tono de para qué perdió usted tanto tiempo allí, contestó:
Estuve cuarenta años enseñando a los esquimales… a hacer la señal de la cruz. Y con eso me doy por contento.

SIETE DÍAS EN LA VIDA DEL PADRE SEGUNDO

Un día un sacerdote en 1982 se enteró que vivía su inagotable juventud en Estados Unidos. Le escribió, y le contestó.
Y tras insinuarle que contase siete días de su vida en Pocatelo, Idaho, le envió un abultado sobre con esta observación:
Aquí le envío los siete días de mis labores sacerdotales por si le interesan.

DOMINGO

Me levanto y me preparo mentalmente para las tres misas que me esperan. Desayuno y rezo el breviario. La primera misa es a las ocho, en inglés, medianamente concurrida. La gente se acuesta muy tarde. La luz eléctrica ha convertido la noche en pleno día. La tele ha cogido la mala costumbre de poner los programas más interesantes de noche. Como se acuestan tarde, son pocos los que madrugan el domingo. La misa de ocho es la misa de los buenos, de los que madrugan, que son los menos, y por eso los llamamos los buenos. Es siempre una misa rezada, silenciosa, en la que todo favorece al recogimiento. Cuando salen de misa, lo hacen en silencio y no abren la boca hasta que están en la calle.
La misa de las diez es también en inglés y es la misa de los menos buenos; la de los trasnochadores y soñolientos que son los más; por eso la iglesia se llena de gente. Dios los acoge a todos y yo hago lo mismo. Les predico el mismo sermón con escasas variantes. Hay música con himnos apropiados. Un poco de algazara. Cuando salen, empiezan a hablar antes de llegar a la puerta. Algunos levantan la voz y se oyen algunas risas. Es claro que los buenos son más amigos del silencio que los menos buenos.
A las doce en punto se llena la iglesia de mexicanos. Esta tercera misa tiene poco parecido con las dos precedentes. La llamamos misa mexicana; pero las dos terceras partes de los asistentes ni han visto a México ni lo verán jamás. Nacieron en los EE.UU., pero de padres y abuelos mexicanos. Se celebra en español con música en español y en un ambiente muy distinto. El sermón es largo y se hace hincapié en la doctrina que es lo que necesitan. El castellano me fluye como el agua de un río que va crecido. Tengo que levantar la voz, porque vienen cargados de niños de pecho y otros más crecidos que arman no poco barullo. A los padres no les molesta el ruido por estar acostumbrados, pero a mí sí; pero aguanto mecha y sigo voceando. «Dejad que los niños se acerquen a mí», dijo el Señor, «porque de ellos es el reino de los cielos». ¡Dichosos ellos que tienen el cielo asegurado!, digo yo para mis adentros. En cambio, los viejos tendremos que dejar muchos pelos en la gatera antes de colarnos en el cielo, si nos colamos.
Terminada la misa y cuando ya han salido todos, me traen un mocito de tres años para que lo bautice. Viene elegantemente vestido y me mira muy asustado con aquellos ojos negros y grandes de indio mestizo. ¿Cómo se llama el mozo? Nada menos que Juan Alberto Carlos Maldonado. Con ese nombrecito bien podría llegar a Presidente. ¿Por qué tardaron tanto en traerle a bautizar? «¡Ay, Padre, vivimos en un rancho muy lejos de aquí y los Padres de por allá no saben español; pero nos dijeron que ahora había aquí un Padre de España y dijimos: mira qué suerte la nuestra…!»
Cuando la iglesia se queda vacía, son ya las dos de la tarde. Aprovecho el silencio para sentarme en un banco y mirar al sagrario. El Señor y yo ya nos entendemos como esos que llevan muchos años de casados y se entienden sin palabras. Le pido permiso para ausentarme y me lo da, porque valga la verdad, estoy muy cansado y no me tengo de hambre. El Señor, que todo lo sabe de antemano, me ha preparado una familia que me ha invitado a comer. Se trata de una pareja de sesenta años cumplidos, con la familia colocada que viven solos. Pronto me encuentro ante una mesa bien repuesta y con un florero en el centro. Comemos sin prisa. Me cuentan muchas cosas de sus vidas y familia. La sobremesa se alarga. Buenamente llevo la conversación al plano sobrenatural y me admiro del buen sentido que tienen y lo hondo que han calado en las cosas de Dios.
A las cuatro estoy de vuelta en mi aposento. Luego rezo el rosario yo solo en la iglesia. Me acuesto más temprano que de ordinario para vengarme de no haber tenido siesta. Antes no me importaba la siesta. Ahora no la perdono, si puedo.

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