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martes, 16 de junio de 2015

La aniquilación de la religión en la escuela

La aniquilación de la religión en la escuela es un viejo sueño masónico y jacobino de evidente inspiración diabólica. Esta cantinela, periódicamente proclamada con cínica desfachatez por quienes anhelan matar a Dios y extirparlo del corazón de los creyentes, se convierte en un proyectil, relleno de propaganda, que las tropas de las tinieblas lanzan una y otra vez contra la Iglesia para acabar de una vez por todas con su presencia en la tierra.
Esta y no otra es la verdad sobre el tema. Pues no hay una buena razón para defender la desaparición de la religión de la enseñanza en las escuelas. Y los sofistas y revolucionarios de turno dirán lo que quieran.
Adoctrinar, para quien no haya reparado en el término, por pereza mental o indigencia intelectual, es “instruir a alguien en el conocimiento o enseñanza de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias”[1]. ¿Y no es precisamente la función de la escuela instruir? Desde luego, el profesor de religión adoctrina a sus alumnos si por adoctrinar entendemos realmente lo que es: comunicar sistemáticamente unos conocimientos o contenidos. Así, el profesor de religión enseña en qué consiste el cristianismo y quién es su fundador; qué hizo y dijo éste y cuál ha sido el alcance de su mensaje. Sin enseñar a las generaciones de jóvenes, escolarizados obligatoriamente por el Sistema, qué es una religión y cuáles son sus fundamentos, nadie entendería mañana para qué sirven los edificios con campanario que pueden encontrarse en todos y cada uno de los pueblos de Occidente. Por ejemplo. O qué significa estar bautizado, por qué han dedicado tantos esfuerzos para embellecer ciertos espacios los mejores artistas de todos los tiempos, o los ritos que se han realizado hasta entonces cuando un ser querido se moría. Se podrían alegar mil y una razones para defender la enseñanza de religión en las escuelas. Es, más aún, una materia angular y por tanto indispensable. Prescindir de ella implica desarmar una civilización. Entendemos entonces que es esto lo que se pretende.
Con todo, si somos serios, no adoctrina menos el profesor de biología que el de religión en las escuelas. El profesor de biología enseña por ejemplo la teoría de la evolución como si fuera parte de un credo religioso o un artículo de cualquier código legislativo, cuando no es más que una hipótesis científica. Pero la teoría de la evolución es hoy un dogma, o lo que es lo mismo, un principio innegable. El profesor de historia, por su parte, enseña a sus alumnos la Segunda Guerra Mundial; una historia escrita por los ganadores de la contienda, pero cuyos crímenes son hoy, gracias a Dios, conocidos por muchos. ¿Acaso la historia que se instruye en las escuelas no es también una doctrina asimilable por los jóvenes de todo el mundo? ¿Y alguien en su sano juicio ha levantado la voz para sugerir que la historia debería salir de las escuelas, ser extirpada de los planes de estudio?
Muy probablemente sin embargo el energúmeno de turno contraatacará con furia. Alegará su derecho a expresarse libremente cuando le convenga y negará ferozmente este mismo derecho a otro cuando éste se pronuncie contra sus deseos. Libertad de expresión para mí y mis ideas, prohibición y denuncia para todo lo que tú creas.
Reparemos, pese a todo, en que estamos rodeados de dogmáticos. Agobiados por principios innegociables. Envenenados por tanta propaganda, ignorancia y mala fe. El colmo de un necio es proclamar que no cree en ningún dogma cuando decir eso ya es someterse a uno. Pero por encima de los necios están los directores de orquesta. Las inteligencias maléficas que usan a los revolucionarios de turno para deshacer las obras de la Iglesia y suprimir el cristianismo. Estos ya se han encargado eficazmente de corromper hasta los cimientos del orden social, las buenas costumbres y el más mínimo sentido del pudor y la decencia, invirtiendo las virtudes y anulando —mediante sofisticados y numerosos opiáceos— la conciencia de las masas.
Pero es de necios querer erradicar de las escuelas un conocimiento capital. Silenciar lo que dijo y realizó un hombre que es al menos confesado hoy por dos mil millones de personas en todo el mundo. El hombre sobre el que más se ha escrito y del que más se ha hablado en toda la historia. No se entiende, sin pensar mal de quienes quieren sacar a Dios de las escuelas y del corazón de las gentes, que no se enseñen los fundamentos de la religión cristiana.
No se entiende, sobre todo, si no se toma conciencia de que la humanidad está divida en dos ciudades irreconciliables. Pues “el humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividió en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad[2].
En conclusión. La religión fuera de las aulas no es una idea razonable, sensata ni justa. Enseñar contenidos es la función específica de la escuela (“establecimiento público donde se da cualquier género de instrucción”[3]), ¿por qué enseñar entonces biología e historia y no religión?
Luis Segura

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