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“…EN LA PERSECUCIÓN FINAL CONTRA LA SANTA IGLESIA ROMANA REINARÁ PEDRO ROMANO, QUIEN PASTOREARÁ A SU GREY EN MEDIO DE MUCHAS TRIBULACIONES. DESPUÉS DE ESTO, LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS SERÁ DESTRUIDA Y EL JUEZ JUSTO VOLVERÁ PARA JUZGAR A SU PUEBLO...




miércoles, 15 de julio de 2015

Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María: La Primera Hora Santa

Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María: La Primera Hora Santa

Tomado del Libro: Diario Espiritual Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María (1961-1981) (Con Aprobación Eclesiástica)
De: Isabel Kindelmann – Budapest, Hungría

Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María
Diario Espiritual Llama de Amor del Inmaculado Corazón de María (1961-1981)
LA PRIMERA HORA SANTA, ESFUÉRZATE PARA QUE ESTEMOS MUCHOS
Como me encontraba sola en la amplia iglesia, me postré a los pies del Señor como no lo había hecho nunca antes y le pregunté: ¿No estamos más que los dos?
Jesucristo.-
“Lamentablemente.”

Escuché Su Voz triste en el fondo de mi alma.
Jesucristo.-
“Esfuérzate para que estemos muchos.”

No hay palabras para expresar la gratitud y el dolor del corazón que brotó de mi alma hacia el Señor.
¡Oh, mi dulce Salvador! Nadie sabe mejor que Tú cuánto he andado a tientas hasta llegar, por tu Gracia, a Ti. Señor mío, ahora que has quitado la corteza externa de mi alma, siento que la abundancia de Tu Gracia me inunda.
¡Oh, Jesús Mío!, ve quitando las grandes faltas de mi alma a golpe de cincel, no me importa que me duela, para que el día que tenga que presentarme delante de Ti en la hora de mi muerte, puedas reconocer en mí la obra de Tus Santas Manos.
Mi amable Jesús, quiero arrepentirme tanto de mis pecados como no lo hizo jamás ningún pecador arrepentido y amarte a Ti como no Te amó jamás ningún pecador convertido.
Mi amable Jesús, Te ruego con profunda humildad que en adelante no pase ni un solo día de mi vida sin que la gratitud y el amor, que sienta por Ti, hagan brotar de mis ojos lágrimas de arrepentimiento. Humíllame, mi Señor Jesús, en todos los momentos de mi vida, para que yo sienta sin cesar lo pobre y miserable que soy.
Oh, mi Señor Jesús, mi corazón se estremece al pensar que ya ahora, aquí en la Tierra, puedo vivir Contigo, pero después de mi muerte, por algún tiempo tendré que separarme de Ti a causa de mis pecados. Dime, mi amable Jesús, ¿qué será de mis innumerables pecados?
Una angustia inimaginable vino sobre mí y, ¡cómo le suplicaba al Señor! Él entonces me hizo sentir que mis pecados se perderían en su amor misericordioso.
Quién sabe hasta cuándo me hubiera quedado allí olvidada de mí misma y postrada a los pies del Señor, si la hermana sacristana no me hubiera avisado que a las siete y media se cierra la puerta. Entonces no tenía la llave. No podía separarme del Señor Jesús y le rogué que viniera conmigo. Me dirigí a mi casa por un camino más largo por las calles silenciosas. Sentí que el Señor venía conmigo. No nos hemos dirigido una palabra. Hubiera querido postrarme en el polvo de la calle, tanto sentía su presencia.
Desde que Él me dio una casa tan grande, le visitaba cada noche con el alma humilde y arrepentida, movida por la gratitud y conforme al deseo de la Santísima Virgen, le adoraba y le reparaba.
¡Qué alegría siento cuando voy a Él! Él está siempre en casa y me espera. No intento describir estas horas íntimas porque sería imposible hacerlo.
El año de 1961 pasó en medio de estas conversaciones que por entonces no puse por escrito. Sólo comencé a escribir cuando el Señor me lo ordenó. Cuando el amable Salvador lleva una breve conversación conmigo, la escribo palabra por palabra. Durante las Horas Santas ocurre con frecuencia que las ideas pasan directamente a la conciencia de mi yo y luego me siento incapaz de expresarlas. En una ocasión le agradecí a él haberme asegurado eterno refugio.
Jesucristo.-
“¡Asegúrame tú también, Mi pequeña carmelita, un refugio eterno! ¿Sientes, verdad, cuánto los dos nos pertenecemos? ¡Tu amor no descanse jamás!”

Una vez me pidió que hiciera los lunes oración nocturna por las almas sacerdotales que están en el Purgatorio.
Otro día estuve de visita en casa de unas personas conocidas mías, en donde tenían una capilla. Terminada mi visita, no entré allí para despedirme de Él. Con dulce acento me reprochó mis muchas indelicadezas para con Él. Le dije: “Perdóname, mi amable Jesús. ¿No te pedí que desbarataras los rasgos ásperos de mi alma?” Me contestó con voz apacible:
Jesucristo.-
“Hijita Mía, ¡Me tienes que amar día y noche!”

En cierta ocasión le pedí que me permitiera sentir su presencia llena de majestad y de bondad.
Jesucristo.-
“No pidas esto para ti misma, hijita Mía. Lo concedo a aquél por quien has hecho un sacrificio o por quiénes has ofrecido tus oraciones.”

Perdóname, ¡Jesús mío… ves, que egoísta soy!
Jesucristo.-
“Conozco tu imperfección y tu miseria, hija Mía. Pero esto no debe disminuir tu empeño en el futuro porque esto es un motivo más para que con mayor abandono cuentes con Mi amor.”

AYUDA A LA CONVERSIÓN DE LOS PECADORES
Entre el 4 y el 7 de marzo de 1962

No sé lo que pasó en el país. En esos días casi cada cinco minutos me urgía el Señor a que me pusiera de rodillas para ofrecerle reparación.
También en la primera semana de marzo ocurrió lo que voy a narrar.
Hacía mis labores de casa continuamente sumergida en Él y le rogaba me permitiera participar en la mayor medida posible en su obra Salvadora. Entonces el Señor en lo profundo de mi alma comenzó a hablarme:
Jesucristo.-
“¡Pide abundantes gracias! ¡Cuánto más pidas tanto más vas a recibir!

¡Pide para otros también! ¡No temas pedir demasiado!
¡Soy feliz cuando más puedo dar! ¡Sólo tus anhelos ya me hacen feliz! ¡Y qué diré si aceptas fielmente los sacrificios que te pediré para mi causa! Son muchos los que repetidamente Me piden que puedan participar en Mi obra, pero cuando tendrían que aceptar un sacrificio que Yo, con Mis Manos les ofrezco aceptar, se asustan de Mí…
¡No me dejes nunca sin tus sufrimientos y ayuda a la conversión de los pecadores! Si así haces, recibirás gran premio. Llegará el tiempo en que no sólo en lo profundo de tu alma oigas Mi Voz; la oirás sonora y alta y te bendecirá.
Hija Mía, mucho tienes que sufrir. No te daré ninguna consolación que te ate a la Tierra. Siempre derramaré sobre ti Mi gracia fortificante y estará contigo la fuerza del Espíritu Santo.
¡Tienes que quitar todo lo que en ti se inclina al mal y vivir en todo según Mi beneplácito! Yo te ayudo para que sigas el recto camino. ¡Sumérgete tan sólo en Mi enseñanza!”
A pesar de todo mi empeño, mi Señor, no noto ningún adelanto en mí.
Jesucristo.-
“¡Por eso, no te preocupes! ¡Comienza de nuevo cada día! Nuestra Madre te ayudará. ¡Pregúntale todo a Ella! Ella sabe cómo pueden agradarme.”

En ese tiempo el Señor Jesús me pidió muchas veces:
Jesucristo.-
“Hija Mía, ¡renuncia a ti misma!” Te pido esto con tanta insistencia porque sólo puedes participar en Mi obra redentora si totalmente, sin interrupción ninguna, vives unida a Mí en cada momento…

Ofrece esto a Mi Padre en todo tiempo, sin interrupción ninguna, también por aquellos que Me han consagrado su vida y, sin embargo, más viven para el mundo que para Mi obra redentora. No piensan en su vocación. Haz penitencia por tus pecados y al mismo tiempo por ellos también. ¡Cómo quisiera lavarle de sus pecados! ¡Ojalá vinieran a Mí! No te ahorres ninguna fatiga, hijita Mía.
¡No conozcas ningún límite! No te separes nunca ni por un instante de Mi obra salvadora, porque si lo hicieras, sentiría que tu amor hacia Mí se habría disminuido. ¡Cuánto ansío tu amor! ¡Ojalá sintieras siempre lo que Yo siento!….
El Señor me hizo tener contacto con una persona a quien hacía quince años no había visto y con quien, por lo demás, sólo me había encontrado tres veces en toda la vida. El Señor Jesús infundió en mí gran confianza hacia ella (porque soy de carácter muy reservado). Le hablé del estado de mi alma, y de cómo me encontraba en una gran oscuridad. Después de la conversación que tuvo lugar en la capilla, la Hermana (porque era religiosa) me dijo: “¡Puede ser autosugestión!”
Esto me impactó terriblemente. Me asaltaron pensamientos terribles y la falta de fe enturbiaba toda mi clarividencia. Me parecía que todo lo que pasaba conmigo era mera ilusión, o quizá el maligno, disfrazado de ángel de luz, quería perturbar la paz de mi alma que tanto costó conseguir.

1 comentario:

  1. los comentarios de luz de maria parecen sacados de las noticias que lamentable persona!

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