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lunes, 23 de noviembre de 2015

Las ciencias fisiológico-patológicas nada pueden explicar de los éxtasis y raptos místicos.

QUIEN COMO DIOS... NADIE COMO DIOS....

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo V
… continuación

El caso admirable de Enriqueta Tomás.
Causa gran pasmo y está sujeto a paciente estudio del Dr. Miguel Balari, de Barcelona, el hecho de la estigmatizada Enriqueta Tomás. En 1920, esta piadosa mujer, por encargo de su confesor, recuperó una Sagrada Forma, que unos masones profanaban. Poco después, fue favorecida con visiones místicas, en una de las cuales, Jesucristo le aplicó su mano en la parte superior de los brazos de Enriqueta, que, desde entonces, ha venido sufriendo ciertos raros dolores, que le producen unas llagas, las cuales permanecen abiertas durante la Cuaresma, y se abren y cierran cada semana, en el resto del año, particularmente los viernes, período álgido de las mismas.
Estas llagas se presentan afectando formas hieráticas, entre otras, la cruz, el Corazón de Jesús y María traspasados con un dardo, el escapulario de la Virgen y el dragón infernal.
Hemos visto toda la valiosa colección cartularia, que pasa de 300 números, —Fecha 20 de Noviembre de 1932— con sus correspondientes fechas, brazos a que afectan, firmas y rúbricas de personas, entre éstas, reputados doctores, que asistieron a la observación de las llagas, más la fotografía respectiva, y que el nombrado D. Balari nos mostró, acompañando a cada número su pertinente explicación.
Asistimos, así mismo, el 18 de Noviembre de 1932, al examen experimental de estas llagas en casa del letrado D. Mariano Bordas, lugar donde se tienen dichas observaciones; y pudimos apreciar el hecho de la aparición, en el brazo derecho, del mencionado escapulario, en que estaba representada la Virgen, con espada en su mano derecha, más el alfa y la omega, a los dos lados de la cabeza; y, en el brazo izquierdo, la figura del dragón luciferiano. El dibujo es como si con un bisturí hubiesen cortado la epidermis y la dermis, de cuyo fondo manaba sangre fresca por todo el dibujo, acentuándose en nuestra presencia el hecho de la afluencia de sangre.
El diagnóstico es de lesiones.
Puestos a examinar, nos hizo notar al Dr. Balari (y lo vimos en las cartulinas) que el día anterior, 17, no había del dibujo más que cinco informes manchas; y que, al siguiente, el 19, el dibujo descrito se presentaba en la misma forma, pero seca la sangre, desapareciendo casi del todo al tercer día. Nosotros apreciamos los siguientes extremos:
  1. Es cierto que ningún agente humano interviene, ni la misma interesada se da cuenta, en la apertura y clausura de dichas llagas, lo cual pasma a cualquiera.
  2. Que, por tanto, a estas llagas no se las aplica ningún medicamento, ni en los brazos asepsia alguna, ni aún paños para impedir el roce de las ropas ordinarias; y, sin embargo, la interesada queda siempre indemne.
  3. Que ésta es una lavandera de profesión, que ejercita para ganarse el sustento; y sin embargo, tolera las llagas como si nada tuviera.
  4. Que no sufre picazón y escozor en los brazos, como debiera. Sólo experimenta un dolor penetrante, que no es efecto de las llagas y que le permite su trabajo.
  5. Que tanto para la aparición como para la desaparición de las mentadas llagas, según los principios de la ciencia médica y las observaciones ordinarias, se necesita el tiempo suficiente para que se produzcan; lo cual está en contra de la premura con que, en efecto, aparecen y desaparecen.
  6. ¿Qué son pues estas llagas? ¿Quién las produce? ¿Qué significan? ¿Para qué fin se producen? ¿Tienen relación con los hechos de Ezquioga? Nos consta que varios médicos barceloneses, que las han observado, están llenos de admiración; y al no atribuirles causa humana, pues la ciencia no se las explica, no se las atribuyen a la casualidad o al capricho de la naturaleza que no existe, sino a causa sobrenatural, relacionada con lo de Ezquioga. ¿Es así?
Nos asociamos al pasmo de estos doctores y les hemos dado razones patológicas y místicas, que fueron apreciadas. Se ha dado cuenta al Prelado de la Diócesis para que nombre una comisión canónica que entienda en el asunto, el cual, lejos de decaer, continúa fijo en los brazos de Enriqueta, como gran libro cuyas páginas hieráticas, a par que estupendas, instruyen y avisan.
No decimos más sobre un asunto que, con el tiempo, ha de ser ilustrado peritalmente por el Dr. Balari, cuya obra, de espiritual reconstrucción, hemos estimulado, y que será, ciertamente, objeto de un precioso libro que con ansia esperamos.
Pero el Dr. Balari, el médico cristiano, de honda penetración y grandilocuencia, ha muerto. Ignoramos, aunque suponemos, que el hijo del sabio doctor, médico también, habrá heredado de su padre, no sólo el apellido, cuanto la fortuna espiritual, que tan alto ha dejado a éste, y nos hará saborear pronto el trabajo meritísimo de su padre y lo que él le adjunte con respecto a las producciones hieráticas de los brazos de Enriqueta. Nos consta que la formación de tales signos sagrados no han dejado de formarse hasta el presente, lo cual es no ya para admirarlo, sino para meditado y tomado en serio.
Desde que fue publicada la Circular contra Ezquioga, aparecen en los sitios de siempre de la paciente Enriqueta largos escritos en latín, que no dicen a quien van dirigidos, y el primero de los cuales, traducido al castellano, reza así:
“¡Qué frutos obtendrás de tus calumnias, oh lengua fraudulenta: Deteneos y sabed que soy Dios!” —De una carta de María Gloria de Sentmanat de Mencoa (Barcelona), 19 de Octubre 1933. Refiérense otros casos, no menos admirables, ocurridos en esta devota mujer, que no es este el lugar de aducirlos”.—
Una vez, pues, que hemos presenciado los éxtasis sin el dolor, según hemos demostrado en el anterior capítulo; y, ahora que los hemos estudiado con el dolor y sufrimiento anejo; y no pudiendo la ciencia médica, según acabamos de ver, explicarse sus fenómenos, tiene que declararse francamente impotente, y confesar que hay que buscar su explicación en los estudios de otras ciencias más altas y secretas.
Mas, no; todavía le quedan fuertes reductos a la ciencia médica para no darse por vencida en este linaje de estudios. Salgámosla al encuentro, viendo si, entre el catálogo de enfermedades que la patología registra, se encuentran las que se quiere suponer que afectan a los extáticos. 
Ya en este plano:
a) ¿Es acaso, el éxtasis místico parálisis histérica? Las parálisis histéricas, aunque no se limitan a músculos aislados, sino que comprometen uno o más miembros, reclaman preenfermedad nerviosa, enfermedad inexistente generalmente en los videntes.
b) Las crisis nerviosas son ya tan generales como comunes. No hay nadie que, aunque no sea nervioso, no sea atacado por la virulencia de alguna de estas crisis, que trae el método rápido, inquieto y apasionado de vivir. Por manera que, si las crisis nerviosas van a ser invocadas como rémora para que el éxtasis místico pueda producirse, entonces esa razón que se aduce, nada vale; porque, siendo general y casi común, como queda “advertido, lo que mucho prueba, nada prueba” al ser todo el mundo nervioso, o seudo nervioso, resultaría que es inútil ya aducir las crisis nerviosas como serio obstáculo para que se puedan producir estos fenómenos del orden sobrenatural. El aducirlas sería ridículo.
Con tal motivo, cierto doctor de un pueblo cercano a Ezquioga que, en 20 de julio de 1931 había recogido, con absoluta imparcialidad y con igual minuciosidad, los datos que pudo haber a su alcance acerca de las visiones de Ezquioga, advierte que “en todos los casos se encuentra, desde luego, algún indicio neurósico; porque, casi puede decirse que no hay persona que deje de tener algún antecedente patológico de esta clase; aunque la ciencia, sin embargo, ya apenas concede importancia a estos antecedentes neurósicos en los fenómenos psíquicos”.
Hasta aquí el doctor con su ciencia; y así realmente es; porque, de lo contrario, si a cualquiera, por impresionable, le vamos a negar la capacidad para entrar en éxtasis místico, entonces apenas encontraríamos en la humanidad sujeto alguno que fuese capaz. Todo el mundo se impresiona ante lo nuevo, lo extraño, lo asombroso, y como todos los fenómenos extáticos místicos lo son así, no es posible aducir impresionabilidad como causa para el no reconocimiento de tales fenómenos en los que la manifiesten. Por manera que el médico debe andar con mucho tiento, cuando reconoce a los videntes impresionados o algo alterados de pulso, que es el síntoma de la impresionabilidad, en rechazar sus éxtasis; porque, sin más causas, incurriría en el error, y daría motivo a consecuencias desastrosas en las vías místicas. Sobre todo, a los principios, no debe fiar ni de la impresionabilidad, ni de la alteración del pulso.
c) ¿Acaso, son crisis convulsivas histéricas? Estas crisis son de naturaleza psicógena y deben considerarse como descargas motoras de carácter emotivo. Después de un periodo de excitación, alucinaciones (bola epigástrica), sollozos, etc., sobreviene una fase de convulsiones tónico-clónicas, a veces de gran duración, seguida de un periodo terminal, durante el cual se producen sollozos, gritos, llantos, movimientos suspirosos, y en el gran ataque histérico se presenta una fase de actitudes pasionales, seguida de delirio. ¿Es aplicable todo esto al éxtasis y rapto místicos, según algunos médicos opinan? El lector mismo puede apreciarlo, teniendo en cuenta solamente que todas estas crisis van precedidas, como todas las crisis patológicas, de gran malestar, mientras que los éxtasis místicos son repentinos y dulces; y únicamente, cuando interviene el demonio, es cuando se presentan accesos violentos, que no dejan rastro, lo cual no reza con las crisis convulsivas histéricas.  — 7. Informe del Dr. Marti Rocafort—.
d) ¿Pero, son crisis epilépticas de carácter reflejo? Los accesos convulsivos generales o parciales que sobrevienen a causa de fuertes irritaciones periféricas o hasta de estímulos poco intensos, cuando está muy excitada la excitabilidad de los neurones motores no pueden rezar con los videntes de reconocida salud, y sobre todo, con los de temperamento no excitable, que son muchos, por la razón que en el párrafo siguiente se aduce.
e) ¿Son convulsiones generales de epilepsia esencial? Desgraciadamente son pocos los datos de valor que poseemos, dicen los autores de patología, para explicar satisfactoriamente la aparición paroxística de los accesos convulsivos, accesos que pueden presentarse aislados o agrupados en series de mayor o menor duración. Sin embargo, lo general es que estas convulsiones van precedidas de un “aura” de carácter variable (motor sensitivo-sensorial, psíquico, visceral) y luego de turbación de la conciencia, proceso que dura cortos minutos. Ahora bien; ninguna de todas estas tres fases de la epilepsia esencial se reconoce en los videntes, en los que el éxtasis es repentino, sin obnubilación de conciencia, antes, todo lo contrario, despejada inteligencia, con luz superior reforzada, lo cual se prueba durante el éxtasis y después de él, y dura muchos minutos y horas. — 7. Informe del Dr. Toríras Vilella—.
f) La insensibilidad extática, ¿no es acaso, anestesia total, o al menos anestesia disociada, que consiste en la parálisis de las terminaciones sensibles de la piel o de las mucosas? No; de ninguna manera, porque todos estos trastornos irritativos de la sensibilidad, como en las tabes, la mielitis y la meningitis, van precedidos, acompañados y seguidos, como queda advertido, del malestar, a veces del dolor, y siempre de efectos naturales de la misma sensibilidad, lo cual está ausente en el absoluto de los extáticos y raptados místicos.
g) Una observación semejante podemos hacer de las parálisis traumáticas de los nervios y de los aparatos sensoriales. El menos práctico puede comparar los éxtasis místicos con alguno de aquellos trastornos, y verá como en nada absolutamente se parecen.
h) ¡Fenómenos catalépticos! Todos los éxtasis de Ezquioga, se añade, son catalepsia. Ciertamente que en la catalepsia hay algo parecido, en su forma exterior, a los éxtasis; pero decimos “algunos” y, por tanto, no todos los fenómenos son iguales ni mucho menos, faltando algunos y sobrando otros.

Se nos permitirá un ejemplo, que enseña en pocas palabras lo que es la catalepsia. En cierto convento de religiosos mínimos hubo un padre cataléptico que, luego de estar varios días enfermo en cama, fue hallado como cadáver. Fue el doctor, y reconociéndole muerto, extendió el certificado de defunción. La comunidad, dolorida, procedió al ejercicio de los funerales, con el difunto, dentro de su caja, en medio del templo, según era entonces costumbre. Terminadas las exequias, se procedió al entierro, se cantaba el “requiescat in pace”, el religioso portador de la cruz, notó que el pretendido difunto movía el dedo meñique de una mano. Lleno de estupor y dado el aviso a los demás y suspendido el canto, observaron que el mismo dedo era movido con más celeridad, por lo que dijeron: “No cabe duda, está vivo”. Regresada la fúnebre comitiva al convento, y prestados los oportunos auxilios al difunto-vivo, éste explicó el caso, diciendo que, aún cuando, efecto del ataque cataléptico se hallaba insensible del todo, mantenía sin embargo, despierto solamente el sentido del oído, de forma que le permitía oír cuanto pasaba en derredor suyo. Así que, cuando el oyó el “requiescat in pace” y que le iban a enterrar, haciendo un supremo esfuerzo, pudo mover el dedo para indicar que no había muerto.
¿Qué había aquí?? Hubo enfermedad previa de catalepsia. Llegó un formidable ataque de la misma, que duró más de 24 horas, durante el cual ni el pulso ni el corazón ritmaban aparentemente ni había color sano en el pretendido cadáver, antes bien tal cadáver parecía, ni acusaba sensibilidad alguna. Lo que faltó al médico fue aguardar a que se manifestase la corrupción cadavérica, señal evidente de la descomposición y putrefacción orgánica, para expedir el certificado de defunción.
¿Mas, todo esto es aplicable al extático? Si es cierto que el éxtasis, como en la catalepsia, hay insensibilidad; en aquel, el corazón y el pulso funcionan normalmente, lo que no sucede, como queda dicho, en éste. Además, ¿qué linaje de insensibilidad es la del extático, que el corazón envía normalmente la sangre a todos los miembros de éste igual que si sensibilidad no hubiera? La prueba está en el color de los extáticos que, contra las leyes ordinarias de la insensibilidad, es tan normal como hermosos, más hermoso, a veces, que durante la normalidad misma. ¿Qué linaje de insensibilidad es la del extático, repetimos, que si se desploma, contra las leyes de la percusión y del magullamiento, no sufre alteración alguna su organismo, ni señal queda de todo el proceso del éxtasis: que, si en algo fuera igual a la catalepsia habría de sufrir malestar y postración subsiguiente?
A parte de que en la catalepsia, como en todo accidente semejante, el alma no funciona bien; mientras que los extáticos prueban, transcurrido el éxtasis, que su parte espiritual funciona de un modo tan maravilloso, que se sale realmente del marco de lo natural y penetra y vive en los misteriosos abismos de lo extranatural.
i) El corazón. Las investigaciones anatómicas y fisiológicas han demostrado que en el corazón humano existe un sistema intracardíaco de conducción de las excitaciones. Las arritmias y desigualdades en las pulsaciones del corazón, determinan la taquicardia o mayor frecuencia de excitaciones o del pulso; y la bradicardia, o disminución del número de dichas excitaciones, a base de que el número de excitaciones en el individuo sano es de 70-75 por minuto. Hay taquicardia y bradicardia fisiológicas esenciales en los individuos sanos. Hay taquicardia patológica en la parálisis del núcleo del vago y en las lesiones que interrumpan la conducción en un punto de su trayecto, etc.; Y bradicardia idem. siempre que está exagerado el tono del vago, producido por irritación nerviosa o por productos tóxicos.
Las taquicardias patológicas pueden originar los extrasístoles o estímulos anormales, debidos bien a lesiones cardiacas, bien a venenos externos o internos, tales como el alcohol, la digital, el tabaco, el café, ácido salícico y las sales biliares.
Ahora bien; en los verdaderos extáticos no se aprecia nunca taquicardia y bradicardia patológicas, sino que el corazón ritmia siempre con una regularidad admirable, tanto más admirable cuanto que las apariencias señalan que debiera haber arritmia.
j) ¿Síncope y Lipotimia? El síncope es la debilitación súbita y extrema de los latidos cardiacos, juntamente con la suspensión de los movimientos respiratorios y la obnubilación de las funciones superiores del cerebro. El síncope puede sobrevenir bruscamente e instalarse, luego de un breve periodo de malestar, vértigos, zumbidos de oídos, nauseas, vómitos, trastornos vaso motores y secretorios, palidez, sudor frio, presentando el sincopado, en todo caso, el aspecto cadavérico. ¿Se parecen, acaso, todos estos síntomas, y más todavía, los efectos del síncope, en que el sincopado queda por horas, y a veces por algún día, maltrecho, al extático? ¡Ah! No, de ningún modo.

Cuando el éxtasis va acompañado del desplome general del cuerpo, es entonces cuando éste parece presentar el “desmayo” producido por el síncope.  Más, nótese bien, uno a uno, todos los fenómenos que ofrece este linaje de “desmayo”, que nada se parece a los patológicos. El extasiado:
1º No lleva acompañados sus éxtasis de los síntomas que acompañan al    sincopado.
2º   No presentan aspecto cadavérico.
3º   Funciona normalmente el corazón.
4º   Actúan perfectamente las facultades mentales.
5º Terminado el éxtasis o salido del “desmayo místico”, no queda absolutamente ni turbación en la mente, que no la hubo, como queda dicho, durante el éxtasis, ni malestar alguno en el cuerpo. Y cuando, luego se sujeta al extático a un minucioso examen, es entonces cuando se admira plenamente el estado espiritual, que responde admirablemente en sus razonamientos, a lo que el espectador vio y oyó durante el éxtasis; notándose también entonces, que lo que pareció síncope y desmayo lo es de un orden extranatural, que, a poco que se vaya ahondando en el dicho examen, se ve que es de carácter sobrenatural.

k) El ojo. En el individuo normal las pupilas tienen el mismo diámetro. Tanto en circunstancias fisiológicas como patológicas, puede observarse un grado desigual del tamaño de las pupilas en relación con una diferencia de iluminación de ambos ojos. En patología se llama este fenómeno anisocoria.
En algunos casos se comprueba que la pupila se contrae perezosamente con mucha lentitud bajo el estímulo de la luz. Y al iluminar un ojo, sea sano o no, se nota que la otra pupila, enferma o sana se contrae también. Pero hay que advertir que la contracción pupilar determinada por el estímulo luminoso, no es permanente o que no dura tanto como éste, pues vuelve la pupila a adquirir pronto sus primitivas dimensiones.
Estos básicos principios ópticos, principalmente los del segundo párrafo, no tienen aplicación ninguna al ojo extático místico. Ésta vive contra todas leyes dichas de la óptica. Los ojos, ciertamente, de los extáticos místicos no ofrecen matiz de espanto, como parece deberían ofrecer; están fijos en un punto, con la notable particularidad de que dan a entender que no se hayan accidentados por vahídos, síncope, cardiatis, catalepsia, locura, etc., en cuyas afecciones las facultades anímicas quedan total o casi totalmente suspendidas; sino que, contra el proceso de estas enfermedades y con sus movimientos y actitudes de agrado, desagrado, sonrisa y lloro, expresan claramente que funciona la mente y el sentimiento.
Y, ¿cómo es esto, sin embargo, que funcionando estas cualidades del ánimo, no funcionan los órganos ópticos? ¿Cómo es esto, repetimos, que no obstante, los ojos resisten al tacto, a la punción, a la luz y al fuego? ¿Qué misterio es éste ante el cual la ciencia médica enmudece?
Es más todavía: Hay ocasiones en que los videntes dan a besar la cruz o regalan flores a algunos circunstantes. Los ojos, en este caso, siguen el ritmo del movimiento del cuerpo, aunque absolutamente sin ver. Hemos practicado el experimento. El organismo corporal está bien, parece normal y se mueve obedeciendo a una inteligencia. Pero los ojos, que ven una inmensa luz, a causa de ella quedan totalmente deslumbrados.
l) El tacto. Otro de los puntos que el patólogo necesita observar en los éxtasis místicos es el reflejo palpebral. De ordinario, y siempre que el organismo está atacado de alguna afección violenta, se nota enseguida en la epidermis algo raro y anormal. Los miembros o bien rígidos o bien muy laxos; el color de los mismos no es normal; y el tacto convenientemente buscado, reconoce en la temperatura fría o caliente y el roce de los músculos algo que revela que el estado orgánico no es regular, no va bien, que tendrá, ciertamente no buen desenlace.
Si aplicamos todos estos principios al extático místico cuyo miembros, de ordinario, están rígidos, notaremos que sus síntomas y desarrollo de los mismos, esto es, que sus fenómenos no están en armonía, no son secuela de lo que parece debieran ser; se suceden leyes muy en contradicción con las que presiden y acompañan a los estados de morbosidad violenta. Tal es el buen color (a no ser cuando el extático místico sufre la Pasión de Cristo o los dolores de la Virgen, que en esto, imita el color paciente de los Maestros) y la rigidez de los miembros. Esta rigidez no es constante. Sino intermitente, según requieren las funciones espirituales que el extático ejerce: lo cual contradice a lo que se observa en toda afección violenta que, mientras dura, permanecen los miembros siempre rígidos.  Además en la rigidez patológica es anormal el roce, mientras que en la extático-mística es normal, circunstancias todas que al patólogo hacen pensar en una afección extraña, rara y fuera de los dominios de la medicina.
m) Pruebas experimentales: Aplicaciones
  • Ígneas.
  • Lucíferas.
  • De simple roce.
  • De punzamiento y
Aquí tienen lugar para el buen observador, las pruebas experimentales: Nosotros las hemos practicado en tres linajes: la ígnea, la lucífera, la de simple roce, la de punzamiento y la psíquica.
  1. Mediante la primera, o sea, la aplicación suficiente de una llama, ascua o cauterio a la carne del extático, v. gr., al dedo, sin que éste asome el menor movimiento, como si nada por él pasara, viene a confirmar, por lo que al tacto y a la sensibilidad afecta, que nos hallamos en presencia de un fenómeno serio, que hay que escrutar.
    Esta aplicación Ígnea, como queda advertido, ha de ser lo suficiente para abrasar no solamente la epidermis sino la dermis, hasta hacer desprender el humo y olor especial a chamusquina y levantar ampolla.
    No es menester decir que el hombre, en estado normal, lo mismo que si está bajo la acción del sueño, de la locura y de la simple embriaguez, excepción hecha de cuando está completamente anestesiado, sea la anestesia natural, proveniente de los estados catalépticos y coléricos, absolutamente; y de los estados hipnóticos e histéricos, no en todos sino en algunos casos; sea la anestesia artificial, no resiste ordinariamente, la grave quemadura, sin mostrar repulsión y sin buscar la fuga natural para evitarla. Decimos ordinariamente, porque hay algún caso en que naturalmente puede resistirse, en el cual hay que echar mano de alguna otra siguiente aplicación.
    En nuestras muchas aplicaciones ígneas a los extáticos hemos visto confirmada esta ley, y subconfirmada, luego, cuando, después de la aplicación ígnea, y habiendo salido del éxtasis, el postextático no experimenta las sensaciones naturales de dolor, escozor, picazón; y aun cuando se inflame o infecte la quemadura, ni aun molestia alguna, lo cual da carácter de contraprueba de sobrenaturalidad, o al menos, de preternaturalidad al proceso de curación de tales aplicaciones ígneas. Téngase en cuenta que las notas de preternaturalidad son ausencia de totalidad, perfección y satisfacción, y presencia de sus contrarios.
  2. La aplicación lucífera es cuando se somete el globo del ojo extático a la acción de una lámpara potente, eléctrica o no. Entonces, si el globo del ojo no ofrece sensibilidad alguna (descontando siempre los casos de las enfermedades mencionadas en el párrafo anterior) es que el éxtasis es auténtico. La razón teológica mística es la siguiente: Cuando en el éxtasis aparecen Jesús y María es siempre inundados de una luz mucho más potente sin medida que la del sol. Y como el globo del ojo está acostumbrado, al menos mientras el éxtasis dura, a los grados inmedibles de esa luz; cualquier foco eléctrico, sea de los voltios que quiera, que se apliquen a dicho globo del ojo, no puede causar novedad alguna en él, y por tanto sensibilidad.
    Por el contrario; cuando el éxtasis es diabólico, y más aún si es natural o fingido, no está afectado por ninguna luz clara y potente, como la descrita y sí por tinieblas o por cierta luz fosforescente o tenebrosa, que es la luz que alguna vez se reviste el ángel de las tinieblas, y de que nos hablan los Libros santos; en cuyo caso al ser aplicado el foco eléctrico, como el globo del ojo no está acostumbrado a la luz clara y potente, en cuanto reciba la del foco eléctrico, de ordinario, ha de mostrar sensibilidad y movimiento. Decimos de ordinario, porque extraordinariamente, puede el diablo y hasta la naturaleza humana imitar la resistencia.
  3. Item, sometemos la epidermis de ciertos puntos del rostro del extático a la acción de las barbas de una pluma, la cual, por su roce, ha de determinar cosquilleo natural, y por tanto, movimiento aunque sea leve. Cuando tal cosquilleo no se determina es que no hay sensibilidad en el sujeto. Exceptúanse siempre los casos de enfermedad antes indicada.
    Pero ¿puede el demonio impedir el cosquilleo? Se sabe que la acción del demonio sobre un sujeto extático suyo no es tan completa ni ilimitada como la acción divina en uno de sus extáticos. Por consiguiente, si el roce de las barbas de una pluma no causa ni la más leve perceptibilidad en el extático auténtico, lo ha de causar, al menos perceptible leve y ordinariamente, en otro que no lo es.  A éste se le aplicará el caso anterior.
  4. Una cosa semejante podemos afirmar con respecto al empleo de punzadas en el cuerpo del extático.
  5. Últimamente, y tocante al empleo de la prueba psíquica, o sea, el concretar un pensamiento interno, sin que para nada aparezca al exterior, y aguardar a que el extático responda de conformidad completa con dicho pensamiento, hemos de consignar que esta prueba aunque la más segura, no siempre está en nuestra mano, por cuanto depende de la voluntad divina, que, rogada con humildad y reverencia, y en caso preciso, contestará, de ordinario.
n) Las taras. ¡Oh, que palabra tan escogida para despistar a los profanos! Las taras.Cuando nada se encuentre que explique satisfactoriamente el éxtasis, suele achacarse a las taras o a los defectos de los individuos; como si estos defectos que todos tenemos, (pues llevamos los más sanos y equilibrados, en nosotros, el germen de las enfermedades y de la muerte y también de las pasiones) no fuesen generales y absolutos, y sí sólo patrimonio de algunos. De lo que resultaría que los éxtasis, no sólo los recibirían (esta es la palabra) los videntes, sino cualesquiera otros, aun malvados, aun desequilibrados. Y como esto no se da en manera alguna, luego el alegato de las taras tampoco se da, y no es más que una desdichada salida.
ñ) ¡Casos de neurosis, de atavismo de radioactividad! ¡Otras palabras tan científicas como vacías de contenido! Con estos pomposos términos cubren su ignorancia aquellos médicos que, para explicar los fenómenos de Ezquioga, que no comprenden, nos atruenan a todas horas los oídos: ¡Neurosis! ¡Atavismo! ¡Radioactividad! ¿Saben bien ellos lo que son estas cosas, sus orígenes, sus fenómenos, sus detalles, sus excepciones, sus quiebras, sus diagnósticos, sus pronósticos y hasta qué punto llegan? Para hablar así, en nombre de una ciencia que, en estos puntos, está en mantillas, preferible es guardar silencio o confesar, como algunos pocos tan sinceros como eminentes, han declarado: “No comprendemos esto. La ciencia médica no llega ahí ni lo puede explicar. —Véase el caso de seudo neurosis y atavismo que, para explicar la curación sobrenatural de la ceguera del protagonista de “El amor de los amores”, aduce magistralmente el castizo poeta Ricardo León.—
o) ¡Ah! Exclaman, algunos doctores, como si pusiera una pica en Flandes: Los fenómenos observados en los videntes de Ezquioga pertenecen a una enfermedad desconocida. ¿Con que “desconocida”? A estos señores podríamos replicarles, aplicándoles el caso de los atenienses, a quienes, no habiéndoles dado ningún resultado los dioses que en su aerópago tenían erigidos, levantaron un altar al deo ignoto, “al dios desconocido”; valiéndose de este hecho San Pablo para increparles, diciendo: Este deo ignoto, que vosotros desconocéis, pero a quien habéis recurrido, luego de haber ensayado toda vuestra mitología, contra el verdadero Dios, es el que vengo yo a predicaros.

Pues bien, diremos a semejantes doctores: Esta enfermedad, que según vosotros, padecen los videntes de Ezquioga y comarcanos, y que os es desconocida, pero a la que, luego de haber ensayado todas las demás, habéis recurrido, contra la verdadera causa, es la que vengo a anunciaros.
Vosotros decís: Toda afección, todo accidente corporal, aunque lo ignoramos, pertenece de lleno, a la ciencia patológica. Y nosotros replicamos: Precisamente por ser desconocida puede ser y no ser patológica. Pues, ¿cómo puede nadie afirmar ni negar ni menos aún explicar una cosa que desconoce?  Pretenderlo, ¿no sería ridículo?
Lo cierto, lo evidente es que en el proceso de la afección dicha, hay fenómenos diametralmente en contra de las leyes de otros también. Y esto supone que la afección no es patológica, sino que pertenece a otro orden de causas, que nosotros explicamos a la luz de la teología mística. Aquí de la sentencia de los eminentes doctores: “La ciencia médica, en el respecto de los éxtasis, nada tiene que hacer”.
p) Pero, todos estos fenómenos, ¿acaso no podrían atribuirse a contagio colectivo?
¿No habéis visto, dicen los que todavía no dan su brazo a torcer, en épocas de contagio, v. gr. del cólera morbo asiático, a algunos que, al oír hablar solamente de esta enfermedad, notan enseguida sus terribles síntomas?
¿No habéis observado en la calle, dicen otros, que uno que está parado y mirando a un punto determinado, los que pasan cerca de este individuo se sienten arrastrados a mirar lo que él mira, y si éste dice que ve tal o cual cosa, los demás parece que lo ven también? Pues estos dos casos son parecidos a los que se realizan en Ezquioga, y se conocen por contagio de muchedumbres.
Respondamos por partes. Aquí se presenta el doble problema de contagio colectivo: el material y el espiritual
Para haber contagio se necesitan dos causas: 1ª, que preceda enfermedad; y 2ª, que haya predisposición a ella; y para que el contagio sea colectivo es indispensable, además, que todos o muchos de los presentes contraigan la dolencia.
Dejamos probado que los éxtasis de Ezquioga no pertenecen a ninguna enfermedad orgánica notoria. Por tanto, acerca de este linaje de dolencias no hay caso de contagio colectivo. Luego el ejemplo puesto arriba tocante al cólera, en apoyo del argumento expresado, no sirve.
Veamos si lo puede haber en las dolencias mentales. En efecto, cuantos van a la campa de Anduaga lo hacen con ánimo de rezar, de asociarse en espíritu a la Santísima Virgen, que pide oración, penitencia y sacrificio. Los hay que desean entrañablemente ver a la Santísima Virgen. Todos estos ciertamente, están predispuestos al contagio espiritual. ¿No es verdad? Pues entonces, ¿cómo es que en presencia de todos ellos se desarrollan los fenómenos del éxtasis, que son tenidos por los videntes y por nadie más; y si algún otro comienza a tenerlos, es para seguirlos después, lo que prueba que no es por contagio? ¿Cómo es que hay devotos que, en fuerza de su pía devoción, se imaginan que van a ver a la Virgen, y sin embargo, su imaginación termina en ilusión o deseo, al no realizarse jamás el fenómeno extático? ¿Cómo es que no hay ni un solo caso de videncias místicas en los que no son videntes? Si hubiera contagio colectivo, el fenómeno de las visiones y más de los éxtasis se realizaría siempre o casi siempre que hay videntes en éxtasis; pero, ¡que no haya caso siquiera de este linaje!
Además, sabemos hasta donde llega el poder de la imaginación. Tiene la fantasía un límite, detrás de la cual se palpan solo tinieblas. Por mucho que uno se esfuerce en alcanzar visión extranatural (podrá en tal caso decirse que hay predisposición) no la tendrá. Hallará solo tinieblas en su fantasía. La realidad del éxtasis huirá de él. Esto, en cuanto a los sujetos; porque, en cuanto al objeto o materia del supuesto contagio, tanto se esfuma que nunca se alcanza. ¿Quién ve y oye lo que los videntes oyen y ven? Y si artificiosamente se prepara algo, el examen lo sorprendería.
q) Hemos visto, finalmente, a titiriteros, acróbatas y charlatanes, en sus títeres, movimientos y charlas, seducir de tal modo a las muchedumbres, que éstas, involuntariamente, piensan, y hasta se mueven y hablan semejantes a los protagonistas del corro o de las tablas.
¿Hay algo de esto parecido a lo de Ezquioga?
Con probar que en la campa de las Apariciones no hay nadie que mueva artefactos ni que se mueva a sí mismo ni hable alto sobre el asunto que allí se tiene, sino que todo transcurre silenciosamente, excepción hecha de algún rezo y canto (lo cual no es fenómeno para seducir) quedaría destruido totalmente el argumento. Este, ciertamente, no tiene paridad alguna con lo que se verifica en Ezquioga. La prensa, que de tal cosa habló, fue para dar colorido al cuadro que ella misma pintara, pero que en nada se parecía a la realidad.
Luego nada de contagios colectivos, ni privados. —Cap. VI. El caso de un famoso hipnotizador, etc.—
Ahora las pertinentes:
Conclusiones
  1. Las ciencias fisiológico-patológicas nada pueden explicar de los éxtasis y raptos místicos ni aun de los preternaturales; puesto que, desde sus síntomas hasta su proceso y sus efectos, son ajenas a ellos. Aquí, no habiendo diagnóstico, tampoco hay pronóstico patológico.
  2. Todos cuantos argumentos se opongan a la existencia de los éxtasis y raptos místicos y preternaturales, en nombre de las predichas ciencias, carecen de valor y se desvanecen enseguida.
  3. Los éxtasis y raptos místicos y aún preternaturales, por consiguiente, se hallan fuera de las conclusiones fisiológico-patológicas. El oficio de estas ciencias, en este respecto, es solo poderosamente auxiliar.
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