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domingo, 10 de enero de 2016

“Está cerca el fin del pecado, pero no el fin del mundo.”

QUIEN COMO DIOS... NADIE COMO DIOS....

“Está cerca el fin del pecado, pero no el fin del mundo.”

Tomado del Libro: “La Victoriosa Reina del Mundo” (1939-1987) 
Escrito por: Sor María Natalia Magdolna – Keeskemet, Hungría

MENSAJES A LOS SACERDOTES

“Sacrifíquense y recen por las almas”
Una noche, Jesús me dijo lo siguiente, dirigiéndose a los Sacerdotes: “Vine al mundo por el bien de las almas. Es su vocación y su deber salvarlas. Si ustedes permanecen en Mí y en Mi Amor, saldrán victoriosos”. 
Luego se volteó hacia mí y me dijo: “Esposa Mía, que padeces Conmigo, esta noche unos Sacerdotes Me van a ofender gravemente. Por los méritos de tu sacrificio libraré a algunos de ellos de sus pecados, pero ¿quién hará sacrificios por los otros? Moriría por ellos de nuevo, cada vez que ellos infieren sus heridas mortales a Mi Corazón”. 
Yo sufrí junto con Jesús por esas almas. Aceptaría todos los sufrimientos del mundo si pudiera evitar un pecado grave que ofendiera a mi Jesús. Le dije:
—Mi querido Jesús, estoy dispuesta a hacer cualquier sacrificio.

Él contestó:
—Flagélate hoy; así puedo librar a Mis extraviados Sacerdotes del pecado y acogerlos de nuevo en Mi Corazón.

En ese tiempo mis superioras me dispensaron de la oración comunitaria a causa de las Gracias extraordinarias que ellas veían tan claramente en mí, y así pude hacer en secreto lo que Jesús me pedía.
Jesús se queja de los Sacerdotes
En 1944 el Señor me dijo:
“Quiero enviar un Mensaje al Santo Padre para que reafirme la práctica del ayuno del viernes, porque, debido a esto, muchos Sacerdotes Me ofenden. Ni los hombres ni las almas a Mí consagradas están dispensadas de la abnegación. Mi Iglesia debe saber que, al disminuir el espíritu de renuncia, aumentan los pecados”. 

Después de la santa Comunión el Señor me mostró cómo un Sacerdote cae en el pecado por falta de espíritu de mortificación. Vi a un Sacerdote sentado a una rica mesa. El Señor le sugirió que no tomara el postre, puesto que ya había comido bastante. Él dudó un momento, luego rechazó la inspiración, con este pensamiento: “¿Abnegación, por qué?” El paso siguiente fue la pereza, luego vino la relajación, sus pensamientos se hicieron siempre más mundanos y el pecado entró a través de sus ojos. Entonces entró la muerte en su alma, y empezaron las dudas acerca de la presencia real en la Eucaristía. Finalmente dejó el sacerdocio y se volvió ateo. Fue especialmente doloroso para Jesús que por mucho tiempo ese sacerdote ofreciera indignamente el Santo Sacrificio.
En otra ocasión, para consolarme, Jesús me dijo que es un gran placer para Él bajar al altar cuando un Sacerdote lo llama con clara conciencia de sus actos. De estos Sacerdotes santos me dijo: “Son Mi deleite, Mi orgullo, Mi consuelo y Mi esperanza”. 
El amor a la Cruz
El Señor me dijo:
—Hay solamente unas cuantas almas sacerdotales que aman la Cruz. Muchos de ellos no quieren ni oír hablar del sufrimiento y la abnegación. Esto es porque ni siquiera Me piden tener amor por el sufrimiento. Los Sacerdotes deben pedir diario el amor a la cruz para ellos mismos y también para las almas a ellos encomendadas. Si hicieran esto, se les daría la Gracia del amor al sufrimiento, llegaría a serles agradable y podrían hacer actos heroicos. Yo aniquilaría en ellos todo lo que pudiera matar el amor y aumentaría en ellos el amor a la Cruz. Les daría el don del amor pobre y humilde. Recibirían la Gracia mística de poder enterarse de los secretos especiales de Mi Corazón. Me gustaría darles a conocer esta Gracia especial en este tiempo en que se aproximan los sufrimientos de Mis escogidos. 

En una ocasión Jesús me enseñó esta oración:
Señor mío, dame la gracia de amar
sufriendo como Tú lo hiciste.
Dame la gracia de llevar mi cruz
como Tú lo hiciste.
Señor mío, dame la gracia de poder siempre
reconocer y cumplir Tu Voluntad
y permanecer siempre unido a Ti,
glorificándote en todo lo que haga.
María, Madre de Jesús y Madre mía,
enséñame a amar sufriendo.
Amén.

En una de mis visiones, Jesús se dirigió a un grupo de Sacerdotes, diciéndoles:
—¡Sacerdotes Míos, los amo! Vengan a Mi Divino Corazón que está abierto para ustedes y los espera. Este Corazón no es solamente Mío, sino que pertenece a todos aquellos a quienes Yo amo. Vengan a este cálido hogar para que Yo pueda avivarlos; purifíquense y revístanse de Mi Poder Divino. Ustedes no necesitan más que amarme y estar unidos a Mí. Si Me aman de este modo, Yo los conduciré no solamente al Calvario sino también al monte Tabor. ¡Oh, alma! ¿Por qué estás tan vacía? ¡Oh, Gólgota! ¿Por qué estás tan abandonado? ¡Oh, pecado, oh, carne, oh, infierno! ¿Por qué están tan poblados? Algunos Sacerdotes están tan llenos del mundo y de sí mismos que no tienen ningún lugar para Mí en sus almas. Ni siquiera aceptan las Gracias que Yo quiero darles. Desprecian Mi Misericordia y dicen: “¡Es suficiente si amamos al Salvador!”, y nunca piensan que su amor debería parecerse un poco al Mío. Así bloquean Mis esfuerzos para aumentar su fe y la reemplazan con su amor fingido. El verdadero alimento del amor es el sufrimiento, y con este alimento Yo nutro a todas las almas.

La labor del confesor de Sor Natalia
—Dile a tu confesor que ya es tiempo que se cumpla Mi Palabra. ¡He traído fuego a la Tierra! ¿Qué otra cosa puedo desear sino que ese fuego arda? Mi llama todavía no ha purificado la Tierra completamente. Esta luz será difundida por Mis Sacerdotes de una manera maravillosa y no habrá fuerza alguna que pueda extinguirla. Con la llama de Mi Amor soldaré el Cielo con la Tierra. Mis Sacerdotes alimentarán este fuego; Mi Divino Corazón dará las Gracias necesarias y la gente sabrá qué tan dulce es Mi yugo y tan ligera Mi carga. Por medio de Mis Sacerdotes quiero repetir lo que hice en el templo de Jerusalén. Ahora estoy haciendo el látigo con el que expulsaré las oscuras nubes del pecado, primero de ellos, y luego a través de ellos, de las almas a Mí dedicadas.
Un poco más tarde, Jesús me dictó lo siguiente para mi confesor:
—Hijo Mío, Mi querido hijo, levántate y ve en busca de Mis hijos para salvarlos. Ve y conduce de regreso al rebaño los extraviados pastores, para que los sane y los santifique. No te mando a estudiar ni a enseñar, sino a ser un apóstol y a convertir. Toma el camino y vete hacia el mundo.

Pregunté: “Señor, ¿a dónde irá?”
El Señor me contestó:
—Debe ir de un extremo a otro del país. Quiero que Mi llama ilumine las almas y se extienda más allá de las fronteras. Quiero hacer volver del camino de la perdición a todos los Sacerdotes que viven en el pecado, dondequiera que vivan. Cuando el mundo marcha a una batalla, primero manda a los exploradores. Estoy dispuesto a luchar contra el demonio y quiero que Mis apóstoles, Mis hijos y servidores Me preparen el camino.

Visión de las ruinas
Mientras el Señor dictaba lo anterior, en una visión vi poblaciones, granjas, conventos, sagrarios sucios y abandonados e iglesias en ruinas. Jesús se quejaba:
—Oh, Sacerdotes Míos, purifiquen las iglesias para que Yo no tenga que abandonarlas. ¡Ay de las ciudades y poblaciones en las que la Luz de la vida está por extinguirse!, pero más aún por los Sacerdotes culpables de que Yo Me vea forzado a castigar al mundo. ¡Ay también de los Obispos que viven en lujosos palacios, pero Me olvidan completamente!

Por un sagrario abandonado oí lo siguiente: “¡Sacerdote Mío, Sacerdote Mío! ¿Por qué Me has abandonado?” Vi a un Sacerdote que visitaba un templo abandonado. Vi cómo una gran llama irradiaba del doliente Corazón del Salvador, la llama de Su gozo. Y vi también que Él se regocijaba con aquellos Sacerdotes y Obispos que Lo reverenciaban y Lo amaban en la Eucaristía.
El Señor le dijo esto a un Sacerdote ferviente: “¡Tengo sed! ¡Dame almas! ¡Dame templos limpios! ¡Dame almas que puedan experimentar qué tan bueno y maravilloso es vivir cerca de Mi Corazón! ¡Muéstrales cuánto las amo, cuánto anhelo buscarlas, cuánto quiero estar siempre cerca de ellas!”
El Costado herido de Cristo
Vi la Llaga en el Costado de Jesús. Él abrazaba a uno de Sus Sacerdotes hacia la herida y le decía: “Hijo Mío, escóndete en esta Llaga y toma fuerza de ella para llevar la cruz que te he preparado”. Luego vi que el Salvador puso una cruz sangrante en el hombro de este Sacerdote. Era para simbolizar los sufrimientos, espirituales y físicos, que lo esperaban. Jesús me dijo: “Quiero que este hijo Mío persevere en su labor a pesar de todas las adversidades. Él debe mirar hacia delante, sólo hacia la Cruz. Por sus sufrimientos él podrá obtener una vida nueva para muchas almas”.
Amor purificador
—Hija Mía, si un alma no se purifica en Mi Amor, sus acciones no tienen mucho mérito ante Mí. El alma debe hacer su tarea con la más pura intención por Mi Gloria. Debe unir su sacrificio al Mío y al de Mi Madre Inmaculada; solamente así llegará a ser fructífero. Quiero esto de todas las almas consagradas a Mí.
Acerca de la penitencia
—Dile a tu confesor que en la Tierra Yo logré lo que el Padre Me confió con oraciones y sacrificios. Yo pasé muchos sacrificios. Tuve hambre, tuve sed, pasé muchas amarguras y cansancio; recé largamente durante la noche y acepté toda clase de sufrimientos para obtener de Mi Padre el poder de curar, de resucitar y de expulsar demonios. Por lo tanto no ordeno ni mando, sino que sólo pido. Con toda la humildad de Mi Corazón ruego a Mi Iglesia por medio de tu confesor. Congrega a todos los Sacerdotes que puedan hacer sacrificios para que por medio de ellos la Voluntad de Mi Corazón se lleve a cabo. Su sacrificio Me será agradable sólo si las almas no Me ofenden al mismo tiempo, ni con la lengua ni ofendiendo a su prójimo. Si alguien dice: “Señor, Te amo”, pero al mismo tiempo Me golpea la cara, ¿cómo puede amarme uno así? Dirijo este Mensaje especialmente a las religiosas. Las amo mucho y tengo Mis ojos puestos en ellas día y noche. Conozco su fidelidad, pero también su pereza. Por lo tanto quisiera exhortarlas para que mortifiquen la lengua y los sentimientos, porque estas dos cosas las inclinan a cosas malas y extinguen en ellas la llama de amor.
Pecados de la lengua
Jesús me dijo muchas cosas sobre los pecados de la lengua. Me mandó decirle a mi confesor que debe hablar sobre los pecados de la lengua y sobre otras imperfecciones, porque seremos castigados por todo esto. Con firmeza me enfatizó esto: “¡No permitiré ser despreciado ni que se burlen de Mí! ¡Apartaré Mi Vista de los sacrificios y de las personas que actúan bajo tales condiciones!”
Una vez vi la Cara de Jesús: Él estaba sufriendo visiblemente. Su Cara estaba llena de heridas. Me dijo:
—Mira cómo sufro por los pecados de la lengua. Dile a tu confesor que cuelgue en la pared del convento el siguiente texto: “Oh, almas consagradas, su lengua es más hiriente que una espada. Cada golpe que recibo es más doloroso que si fuera un puñal. Durante un solo día en un convento recibí 64 golpes por el pecado de la lengua. ¿Qué he hecho para merecer esto? Denme sus corazones, porque si no lo hacen, Me volveré contra ustedes con la misma espada”.

En otra ocasión Jesús me dijo:
—Quiero que las almas consagradas guarden estrictamente el silencio porque sólo así el pecado se alejará de ellas y crecerán en la virtud. Deben estar atentas al toque de la campana. A través de la voz de su conciencia Yo Soy el único que les está diciendo: “Silencio”. En cambio el enemigo susurra: “No molesten, solamente hablen”. Soy feliz cuando veo que en ciertos conventos están floreciendo la obediencia, la humildad, el amor y las demás virtudes. Deseo que los superiores Me imiten, sobre todo en el amor, la bondad y la mansedumbre. Ellos deben consolar y animar al triste, a aquellos que sufren, como Yo lo hice durante Mi vida terrenal.

Después de esto se dirigió a Sus Sacerdotes, Sus cooperadores:
—¡No tengan miedo! ¡Siempre ataquen de frente, siempre! No piensen ni en su vida ni en su muerte, ni siquiera en los resultados. Todo está en Mis Manos. Esto será su tesoro y su gloria.

De vez en cuando el Salvador me decía que los Sacerdotes no deberían pensar en lo que les pueda suceder en el futuro ni cómo deberán adaptarse a la nueva situación que posiblemente será dominada por el enemigo. En cambio ellos deben pedir gracias al Padre Celestial y suplicar el perdón. En otra ocasión Jesús dijo a Sus servidores:
—Sacerdotes Míos, les di a conocer Mis Planes; vayan y llévenlos a cabo. Mientras haya tiempo ustedes deben hablar, escribir y trabajar; háganlo mientras la Luz esté con ustedes, porque cuando la Luz se les quite, será llanto y crujir de dientes.

Resistencia a los superiores
En 1941 Jesús me dijo: “Tienes que emprender valerosa y fervientemente la realización de Mi Plan Divino (El apostolado de la Reparación)”. En el mismo año, durante la cuaresma, vi cómo los superiores y algunos Sacerdotes hacían planes para mi confesor. El Señor no aprobó sus propósitos porque se oponían al apostolado de la reparación y me dijo: “Ellos no deben contrariar Mi Divina Voluntad. Mi meta es hacer que los Sacerdotes regresen a Mi Sagrado Corazón a través del camino escogido por Mí”.
Los superiores me dieron una pregunta para Jesús, en la que manifestaban que el proyecto de la reparación no podía comenzar sino cuatro o cinco años más tarde. Recibí la siguiente respuesta del Señor:
—Hija Mía, dile a tu confesor, y a través de él a tus superiores, que la reparación debe empezar ahora para que Yo pueda salvar a los Sacerdotes y a las almas consagradas. ¿Se puede posponer la cosecha si el grano ya está maduro? ¿O puedes hacer esperar a un huésped de alto rango cuando él quiere entrar a tu casa? Si ustedes no se apresuran, la lluvia y el granizo arruinarán la cosecha, y el huésped buscará otro anfitrión.

¿Puede suceder lo impensable?
Los superiores pensaban que sobraba tiempo para hacer reparación. Para ellos era increíble que la guerra pudiera perderse y que la contienda llegara a Hungría. “No puede ser”, dijeron, “no hay nadie en este país que quiera la guerra”, y pensaron en encerrarme en un manicomio.
Ni siquiera cuando sucedió lo impensable, quisieron admitir que en verdad ya había llegado el tiempo para que todo el país emprendiera muy en serio la orden de Jesús de hacer penitencia y reparación. Jesús, a petición de ellos, durante la guerra, hasta les había dado un signo. Jesús me dijo que la primera bomba que cayera en la ciudad destruiría el templo de Varosmajor. Finalmente, a petición del cardenal Mindszenty, se empezó la construcción de la capilla de la reparación. La comenzaría él mismo poniendo la primera piedra. Muchos llevaron piedras, en espíritu de penitencia, al lugar donde se iba a construir la capilla.
¿Quién será responsable?
El Señor advirtió:
—Si los superiores retardan el comienzo de la reparación, que contesten la siguiente pregunta: “¿Se hacen ellos responsables de las almas que se perderán, pero que podían haberse salvado por medio de Mis instrumentos?” ¡Deben pensarlo tres veces antes de contestar! Yo, el Señor de las almas, no puedo dejar que culpen a otros por su irresponsabilidad. Los superiores deben obedecer Mis Deseos y dejarme actuar libremente a través de Mis elegidos.

Resistencia a la petición del Señor
Cuando mis superiores decidieron cambiar a mi confesor a una escuela como maestro de religión, Jesús me dijo: “No quiero que el padre enseñe. Quiero que trabaje con Sacerdotes y con almas consagradas. Estoy esperándolo en los sagrarios sucios y abandonados. No puedo vivir más entre las desmoronadas paredes de los templos ni en las Hostias que han empezado a descomponerse. No puedo tolerar que muchas almas se pierdan por la negligencia de muchos Sacerdotes. Quiero que esta obra de reparación empiece tan pronto como sea posible”.
En otra ocasión, el Señor dijo hasta con mayor énfasis dirigiéndose a mi confesor: “Hijo Mío, ven. Estoy esperándote a ti y a tus seguidores. ¡No tengan miedo de la tarea! Estoy con ustedes y permaneceré con ustedes. Confíen en Mí, síganme y entonces verán Mis milagros en las almas y Mi gloria en la Iglesia”.
Algunos resistieron al apremio de Jesús. Él les contestó:
—¿Se sorprenden ustedes cuando una madre quiere salvar a su hijo de un peligro mortal? ¡Hipócritas! ¿No es el Amor del Señor más grande que el de una madre? He esperado por siglos para empezar la purificación de Mi Iglesia y destruir el pecado a través de Mis Sacerdotes, para derrotar a satanás y manifestar Mi Poder que es más grande que cualquier poder.

En una visión vi cómo esta purificación empezaba abarcando todo el mundo; su rapidez y eficacia dependían del celo de los Sacerdotes.
Fin del pecado, no fin del mundo
Cuando alguien le preguntó al Señor sobre el fin del mundo, Él contestó: “Está cerca el fin del pecado, pero no el fin del mundo. Pronto terminará la perdición de muchas almas. Mis Palabras se cumplirán y habrá solamente “un solo rebaño y un solo Pastor”.
Vi a gente de otras denominaciones entrar en la Iglesia purificada y santificada, pero solamente después que el pecado sea vencido y satanás encadenado.
¿Puede Jesús enviarnos Mensajes hoy?
Jesús contestó así a los que no creen que Él pueda enviar Mensajes:
—Sacerdotes Míos, que Me aman, ¿cómo pueden creer que Yo no pueda enviarles Mis Palabras para que las almas mejoren? Yo les dije: “Estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¿Puedo estar inactivo cuando estoy con ustedes? ¿Puedo estar mudo cuando sé que Mis Palabras pueden salvar miles de almas? ¡Puedo desenmascarar a los falsos profetas y lo haré! Si no pudiera, ¿cómo puedo ser el Dios de amor, luz y providencia? He pedido arrepentimiento hasta con los primeros hombres: Adán y Eva. He pedido arrepentimiento por medio de Mi precursor, Juan el Bautista. ¿No les he puesto Yo mismo el ejemplo de reparación y vida de sacrificio? Esta es la razón por la que permanezco en los Sagrarios, para llevar a las almas al amor y a la penitencia. ¿No es esto por lo que todavía vivo entre ustedes en los templos, en donde consuelo al Padre Celestial tan ofendido? Entonces, si Yo mismo bajo hasta ustedes con tan noble gesto, ¿por qué se apartan de Mí?

Unos días más tarde, después de la sagrada Comunión, Jesús me dijo: “Si Mis Sacerdotes pudieran ver al mundo a la luz de la verdad, verían que lo he conservado solamente por las obras de reparación de los justos. Las oraciones y reparaciones de los justos mueven Mi Corazón a tener Misericordia con Mi pueblo y a disminuir los bien merecidos castigos”.
Dignidad del Sacerdote
Fue duro y difícil para mí llevar estos Mensajes a los superiores, especialmente cuando se trataba de fuertes advertencias y reprensiones. Me era difícil escribir hasta una sola palabra por motivo de la santidad y dignidad de los Sacerdotes. Sentía mi insignificancia ante ellos desde el momento en que el Señor me mostró su dignidad. Sacrificaría mi vida miles de veces por los Sacerdotes. El Salvador —aunque censuró a los Sacerdotes por sus pecados— los protege ante Su Padre Celestial. Él oró por ellos de este modo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen; si lo supieran, no Me ofenderían sino Me amarían. Por favor, ten piedad de ellos, cese Tu Justa Cólera”.
Después de esta oración vi cómo el Salvador presurosamente llevaba Sus Gracias a aquellas almas sacerdotales por las que había rogado; las Gracias llegaron a los Sacerdotes en parte a través de inspiraciones y en parte a través de las palabras de otras personas.
—Hija Mía, ora y sacrifícate por aquellos superiores que rehúsan reconocerme en las almas. Sufro mucho por esos superiores porque los amo y deseo que Me reconozcan en las almas confiadas a su cuidado. Reza para que la luz se haga en ellos. Que sepan que Yo Soy el Superior de los superiores. Yo Soy el único Señor y puedo actuar libremente. Soy Aquél a quien nada ni nadie puede atar. Vicarios Míos, deberían saber por qué les dirijo estas palabras tan duras. Mi Reino no es el despotismo. Mi Poder no es la fuerza. Si hablo, es por consideración a ustedes; obedezcan antes que sea muy tarde.

Luego de esto, el Señor no volvió a hablarme de los superiores por dos meses. Después vi de nuevo al Señor. Parecía muy triste mientras miraba a aquellos superiores que preparaban cuerdas para atarlo. Me dijo: “Quitaré a estos superiores de Mi camino. Hija Mía, escribe Mis Palabras con tu propia sangre y envíaselas a ellos: lo que he comenzado, lo terminaré; lo que deseo, lo conseguiré; si no ha de ser con ellos entonces será con otros”. Entendí que el Señor señalaba la muerte de algunos superiores; la muerte era una gracia para ellos, porque así se les evitaba un mal mayor: la continuación en sus errores.
Obstáculos
Desde 1943 el Señor ha pedido siete veces a los superiores que le quiten las cuerdas. En una ocasión me dijo: “Deseo que lleves Mi Mensaje a Roma y a los superiores de Mi hijo, el padre G.; aparten de Mí los impedimentos si quieren ver Mi Gloria y quieren recibir Mis Bendiciones. Hija Mía, es Mi última advertencia a tus superiores. Si no permiten que, por medio de Mi hijo (el padre G.), Yo fortaleza a esas almas debilitadas y cansadas, no podrán evitar Mi castigo”.
Cuando el Señor me hablaba así, yo también sufría mucho. Hubiera preferido morir a ver a Nuestro Salvador en ese estado de agonía y escuchar sus quejas sin poder ayudarlo.
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