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lunes, 23 de mayo de 2016

Mons. Ottavio Michelini - VIVEN EN LA SUPERFICIE

QUIEN COMO DIOS... NADIE COMO DIOS....

Confidencias de Jesús a un Sacerdote

Mons. Ottavio Michelini
21 de diciembre de 1975
VIVEN EN LA SUPERFICIE
Hijo, escribe:
"¡En Él somos, en Él vivimos, en Él nos movemos!" Cuántos prejuicios en vuestras almas en relación a mi presencia real en todas las cosas. He dicho: en todas las cosas.
Soy Infinito: dondequiera que tú llegues, no digo con tu cuerpo, sino con tu alma, Yo estoy allí.
Por esto he dicho: "Camina en mi presencia y serás perfecto”.
¿Se puede uno sustraer a la presencia de Dios? Lo creyeron neciamente Adán y Eva que se escondieron después de haber consumado su pecado; lo piensan muchos hombres, muchos cristianos en el acto de consumar su pecado. Lo piensa incluso alguno de mis sacerdotes.
¡Cuánta necedad y ceguera! Nadie puede escapar de la mirada de Dios. "En Él somos, en Él vivimos, en Él nos movemos". ¿No sientes hijo mío, la presencia de Mí, Verbo de Dios, Uno y Trino, en tu alma? 
Todo de Dios

Si los hombres usaran mejor las facultades de su alma, penetrando con la reflexión esta estupenda realidad divina, cuánto bien sacarían de ella. Pero los hombres hoy no piensan; pocos son los que meditan. Viven en la superficie.
Recordad: No sólo "en Él somos, en Él nos movemos, en Él vivimos" sino que todo lo que tenemos lo tenemos de Él.
No de nosotros nos hemos dado la vida, no nos hemos dado la fe, no nos hemos dado la vida sobrenatural de la Gracia, no nos hemos dado la Iglesia: ¡todo de Dios, todo de Dios!
Pero muchos cristianos y sacerdotes usan y abusan de los dones de Dios como si se tratara de cosas suyas, de su propiedad y es así que subvierten el orden natural, moral y espiritual establecido por Dios.
Sólo el hombre, criatura inteligente, creado con acto de amor infinito, para ser los fieles intérpretes del universo y rendir alabanza y dar gracias a Dios, se transforma en un elemento de desorden.
Piensa, hijo, si los astros un día cualquiera se salieran de su órbita y se pusieran a caminar por su cuenta, ¡qué cataclismo habría en el espacio!
A los hombres se les ha dado inteligencia, voluntad, libertad, no para crear el caos (como lo han creado y mucho más grande que el de Babel). Desorden en su vida física, desorden moral y espiritual, desorden personal y familiar, desorden social, desorden mundial...
Hijo, hasta los ciegos pueden constatar ésta realidad producida, con diabólica tenacidad, por los hombres de esta generación perversa. ¡Desorden hasta en mi Iglesia, desorden en la vida de muchos de mis sacerdotes!...
Los hombres de este siglo, en lugar de seguir el lógico curso de la naturaleza, de la razón y de la fe, en lugar de mirar hacia la estrella luminosa puesta por Dios para disipar las tinieblas de este mundo y volver más fácil y más seguro el camino hacia el logro de su fin, han invertido el orden y la armonía establecidos por Dios.
¿Cuál será, hijo mío, la consecuencia de este desorden de proporciones inauditas y que no tiene comparación con todos los males de los siglos pasados?
El cataclismo será a la medida de las causas que lo han provocado. 
No hacerse ilusiones

Que no hagan ilusiones los hombres. Abandonando a Dios, bondad infinita, se han dejado desviar por las potencias del Infierno, por los espíritus pervertidos, corriendo hacia su ruina, creando desorden y caos como nunca fue, destruyendo el orden preestablecido por Dios.
Dios es el orden, y en su orden el hombre encuentra la paz en la tierra, preludio y germen de su felicidad eterna.
Los hombres de buena voluntad deben colaborar. Deben colaborar Conmigo los obispos, los sacerdotes y los buenos cristianos para restablecer el orden moral semidestruido por el pecado, y unidos en el amor y en la penitencia, llevar a Dios las almas a Él arrancadas.
Los medios para esta colaboración, que Yo pido a todos mis hijos, son como siempre:
Fe, Esperanza y Caridad; prudencia y justicia, fortaleza y templanza. Son la oración, los sacramentos y la penitencia exterior e interior.
¡Usad los medios seguros, probados por todos los Santos!
Creed, amad, esperad sin medida y seréis prodigiosamente fecundos.
Hijo mío, te bendigo, ámame. No dudes nunca. Yo soy fiel a mis promesas.

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